El escritor de hoy frente al niño “que no dijo nada”: Vicente Ferrer denuncia en su novela cómo fue víctima de un profesor pederasta
El caso salió en la prensa, pero el Vicente Ferrer de 1996 no contó entonces que él estaba entre las víctimas del profesor pederasta de su colegio privado en Valencia. Ahora, cuando ya han pasado más de dos décadas y el delito ha prescrito, publica su primer libro, Despiece (Dos Bigotes, 2026). Es un relato de lo que le sucedió, pero también el retrato de una época, de la vida de una familia de clase trabajadora y de un país en el que pasaba de todo, pero se hablaba de poco. Y asimismo una denuncia, aunque sea a través de la literatura, de cómo el sistema le falla a las personas que se supone que debe proteger.
El motor que puso en marcha la elaboración de estas memorias noveladas fue el Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, dirigido por Jorge Carrión. Allí tenía que desarrollar un proyecto de novela y debía escoger entre narrar ese daño que llevaba dentro desde hacía tanto tiempo o hacer otra cosa diferente. Y optó por lo primero porque si no lo hubiese sentido no como una mentira, pero sí como algo “deshonesto”: “Como si no me hubiera atrevido a revelar la historia que realmente quería”, dice a elDiario.es durante una entrevista en Barcelona. Tanto Carrión como otra alumna, la escritora Belén López Peiró, fueron “figuras clave” para sacar adelante el texto.
La narración tiene una voz en dos tiempos distintos: la del menor y la del hombre en el que se ha convertido. Ferrer explica que para él fue más difícil la parte adulta que la infantil aunque, de entrada, pudiese parecer lo contrario, porque los abusos ocurrieron en el colegio. “Cuando empecé con las clases entendí de una manera bastante rápida que escribir a partir de tu memoria, de algo que ha pasado hace 20 años, es mentira. La memoria pone literatura a absolutamente todo”, comenta. Eso le liberó de la sensación de esclavitud que se había impuesto de relatar cómo había ocurrido exactamente, de documentarse al máximo, algo que le queda de su licenciatura en Periodismo.

Ferrer no quería centrarse solo en el drama, sino reflexionar sobre la época, hablar de su familia, de sus amigos y de sentimientos que puede tener un crío, como el despertar sexual. “Si todo fuese el drama, no se entendería por qué el niño no dijo nada”, afirma. Hay un punto álgido en el libro que, casi de forma inevitable, le fue duro de rememorar. “El proceso estaba muy maduro, no fue la primera escena que escribí. Pude acercarme muy de cerca, verlo, observarlo, sentirlo, redactarlo, quedarme ahí e irme”, explica.
El autor grabó a sus padres y a su hermana para captar la esencia de lo que después serían sus personajes. Tras leer el libro, se han visto muy reflejados y les ha parecido muy entrañable porque les ha traído recuerdos. Y muchos que hayan sido niños o adolescentes en la década de los 90 en España también podrán reconocer escenarios comunes. “La vida no es solo ser una víctima, ni aun cuando estás en el peor de tus momentos”.
Sin reparación
Seis víctimas, de entre ocho y 12 años, de aquel profesor de gimnasia presentaron una denuncia. El juicio fue a puerta cerrada, así que solo declaró el docente, que fue condenado a 220 años de cárcel y se declaró insolvente. El colegio, privado y considerado uno de los mejores de Valencia, se escabulló y tampoco soltó ni una peseta. Así que no hubo ninguna reparación para los denunciantes. “A mí esto me parece escandaloso. Después de todo este tiempo es lo que más me duele junto con mi propio caso”, dice. “Ni siquiera te llega lo que se supone que te pertenece por ley. Es como una doble vergüenza”, añade.
Además, una persona que no tiene recursos —tanto económicos como de conocimiento— para enfrentarse a una situación así, lo tiene muy complicado. En los años 90, muchas familias de clase trabajadora dedicaron todos sus esfuerzos a que sus hijos estudiasen y llevasen una vida mejor que la suya. Por eso Ferrer, cuyos padres eran carniceros, pudo estudiar una carrera, habla varios idiomas y se ha relacionado con gente que también tiene estudios superiores: “Yo tengo amigos abogados, arquitectos, periodistas, médicos. Pero los de mis padres eran amas de casa, electricistas, campesinos o cerrajeros. Cuando les llega una carta de la Administración Pública se vuelven locos, porque si no hablas el idioma del sistema, te quedas fuera”.
Él sabe quiénes son los que denunciaron, pero no se ha puesto en contacto con ninguno. No quería que, bajo ningún concepto, se dudase acerca de sus intenciones, de si quería sacar provecho de ellos de alguna manera. Además, tampoco se sentía cómodo al llamar a la puerta de alguien que quizá no quisiera recordar un hecho traumático o no esté preparado para ello. “Antes de este libro, estuve en terapia, no podía haberlo escrito sin haber hecho este proceso”, confiesa. “Ya nos han desrrespetado tanto, ya nos han hecho tanto daño, que lo último que querría es que sintieras siquiera un atisbo de dolor por mi parte”, sostiene. Su obra también es una forma de poner el tema sobre la mesa y si alguno se quiere dirigir a él, puede hacerlo.
La España que calla
¿Cómo era posible que ese profesor abusara de los alumnos durante años y el colegio no se diese cuenta? ¿Nadie sospechó nada? Aquel hombre se encerraba durante los recreos con niños y, hasta que estos no hablaron, nadie del centro educativo vio señales de alerta. La condena, de más de 200 años, especificaba que podía acogerse al límite de 30 años de reclusión efectiva según el Código Penal de 1973. Y una vez en la calle, podría haber vuelto a dar clases seis años más tarde, al concluir su inhabilitación. En 2013, con el fin de la doctrina Parot y cuando el pederasta ya gozaba de tercer grado, su condena quedó extinguida.
Ferrer expone que está claro quién es el malo, pero también quería sacar a relucir el silencio que reinaba en los 90 acerca de muchos temas como los feminicidios, el colectivo LGTBIQ+ o los derechos de los niños. “El libro de Cristina Rivera Garza, El verano de Liliana, habla de la falta de vocabulario, de léxico para poder describir lo que ocurre. Y acordémonos de cómo eran los 90. Si no se habla de nada, nada existe”, sostiene. “Yo no sé hasta qué punto se puede impedir que una una agresión sexual no ocurra, lo que creo que donde sí se puede trabajar mucho es en que todo eso tenga un nombre, que no haya un silencio alrededor, que haya métodos para poder detectar esto de una forma mucho más rápida”, dice.
Y, de paso, que los organismos encargados de proteger a las personas, lo hagan. “Soy una persona, como el Vicentín ‘el empollón’, que sigue las reglas, que cree en el sistema en general y que trato de ser justo y obviamente quiero que me traten con justicia”, verbaliza Ferrer. Pero cuando algo ocurre y ese sentimiento en el que se confía no responde, “el sentimiento es de desamparo”. Y como en esta novela ocurren otras cosas, decidió que si la justicia no va a estar ahí “pueden estar mi familia, mis amigos, la industria editorial, las orientaciones lectoras”. Y cualquiera que quiera leer su historia.
0