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Triángulo de amor científico: la vida novelada de la antropóloga Margaret Mead

Margaret Mead y sus amigas de Samoa

Para disfrutar Euforia no hace falta conocer a la antropóloga Margaret Mead, ni al psicólogo neozelandés Reo Fortune, ni al biólogo británico Gregory Bateson. La cuarta novela de Lily King se sostiene sin la ayuda del famoso triángulo que la inspiró. Pero merece la pena entrar con algo de contexto, porque hace casi un siglo que despierta una gran fascinación. Y es una buena iniciación a la historia temprana de la antropología; está basado en un episodio de la biografía que Jane Howard escribió sobre Margaret Mead en 1984. 

Concretamente, relata el viaje que hizo en 1933 al río Sepik, en Nueva Guinea, con su segundo marido, Reo Fortune. Allí se encontraron con Gregory Bateson, un biólogo británico acosado por varios fantasmas. King los transforma en Nell Stone, el posesivo y exuberante australiano Schuyler Fenwick (Fen), y el sensible e inhibido Andrew Bankson. La historia de ese triángulo amoroso es tan intoxicante y memorable como el de Anais Nin, Henry Miller y su mujer June en el Paris de los 20 pero, a diferencia de los Trópicos de uno y los Diarios de la otra, no es lo más interesante del libro. Aquí hay más y mejores historias.

El difícil arte de trabajar con maridos

Está por ejemplo el nacimiento de una disciplina cuyas herramientas están aún por descubrir. En ese sentido, el momento más memorable describe lo que podríamos llamar un instante eureka de iluminación científica, cuando el trío lee el manuscrito de una colega y se encienden como bengalas, inspirados por la audacia del trabajo. "Mirándonos a la cara cualquiera habría dicho que estábamos enfebrecidos y medio locos, y quizá con razón, pero el libro de Helen nos hizo sentir que podíamos arrancar las estrellas del cielo y escribir el mundo de nuevo".

Como en un trance dibujan en el suelo una herramienta nueva - la matriz- y la perfilan a seis manos con gran efervescencia hasta que el ego aflora y los separa. Otra de las historias que cuenta es, precisamente, la de una científica ambiciosa y brillante que lucha por mantener su independencia en un entorno de natural hostilidad entre dos egos hambrientos de reconocimiento y poder.

"Si estuviera casada con un banquero -se pregunta Nell- ¿podría disfrutar más de este éxito? ¿Podría enseñarle la carta del director de la Asociación Antropológica Nacional o la invitación de Berkeley? Estoy tan acostumbrada a que Fen le quite importancia a mi éxito que se me está pegando, hasta el punto de que, en cuanto me concedo unos minutos de placer privado, enseguida me reprimo yo misma".

"Estoy seguro de que habrás oído hablar de Henrietta Schmerler", le dice Bankson. Y ese nombre no es ficticio. Henrietta Schmerler era una joven alumna de Ruth Benedict y Franz Boas -los mentores de la propia Mead/Nell- que consiguió una beca en 1931 para investigar una reserva india. Una chica "estudiosa de conducta ejemplar" que fue violada y asesinada por su objeto de estudio.

"La conclusión de las autoridades locales fue que Schmerler había violado las costumbres apache comportándose de manera provocativa, haciendo preguntas sobre prácticas sexuales y aceptando la invitación de ir a cabalgar sola con un muchacho", escribió Joyce Milton en su deleznable ensayo The Road to Malpsychia. Occidente pensaba que, si una mujer joven se va sola a la selva a estudiar a los aborígenes -sean indios, africanos, malayos o italianos de Roma- se merece todo lo que le pase. Y en estos 80 años, no ha cambiado mucho de opinión.

El dilema del antropólogo

A King le interesan las motivaciones de los tres personajes, las razones que llevan a cada uno de estos tres académicos a adentrarse en la oscuridad de una jungla que rezuma bichos, peligro y podredumbre, y las diferentes cosas que esperan encontrar en ella. Esta es la parte más interesante del libro, la que negocia con la eterna cuestión del estudio de las culturas ajenas, y el impacto que el estudio mismo tiene sobre la cultura en cuestión. Escribe Bankson, en amarga retrospectiva:

Cuesta creer, ahora que escribo este relato, que faltaran solo seis años para la siguiente guerra mundial o que en nueve años los japoneses arrebatarán el control del Sepik y de todos los territorios de Nueva Guinea a los australianos o que yo acabara permitiendo que el gobierno de los Estados Unidos me interrogara a fondo para sacarme hasta el último dato que pudiera darles sobre la zona. Contribución antropológica, lo llamaban en la Oficina de Servicios Estratégicos. Un generoso eufemismo para la prostitución científica. 

Como relato postcolonial, Euforia carece del lenguaje deslumbrante y del aura visionaria de El corazón de las tinieblas, El jardín de los suplicios o Ancho mar de los sargazos de Jean Rhys, pero es un buen contrapunto. Contra la visión implacable y anti-roussoniana de aquellas, se impone el análisis neutralizado que la propia Mead quiso traer a su proyecto de investigación y no pudo. Coming of Age in Samoa, el libro que la hizo mundialmente famosa a los 25 años fue un escándalo porque el comportamiento sexual de los adolescentes de la isla de Ta’u era inadmisible para la sociedad postvictoriana de 1928. No hace falta decir que fue un bestseller absoluto.

Pionera y feminista

Pero su intención no era esa. Mead fue famosa por su trabajo y por su resistencia, pública y notoria, a la injusticia. Protestó contra las bombas nucleares, contra la disgregación racial, contra la desigualdad de género y, sobre todo, contra el interés morboso que despertó su trabajo en el típico americano que, para diferenciarse de "hombres y mujeres negros con la nariz atravesada por un hueso (...) los meterá en un saco con la etiqueta 'salvajes'". Había culpa; Norteamérica había plantado su sociedad sobre las ardientes ruinas de los "salvajes" locales. "Cuando me vengo abajo -se lamenta su alterego Nell- me da la impresión de que mi papel consiste simplemente en documentar estas culturas extrañas lo antes posible, antes de que la minería y la agricultura occidentales las aniquilen".

Cuando Margaret Mead murió, al borde de los 77 años, su trabajo había sido canonizado, repudiado y reivindicado varias veces. Hubo muchos honores póstumos, de los que destacan dos: Jimmy Carter le entregó la Medalla Presidencial de la Libertad, considerada como la concesión civil más alta en los Estados Unidos y su aldea favorita de Nueva Guinea plantó un árbol en su honor. Si estuviera viva y hubiera tenido que elegir, sin duda habría ido a celebrar el segundo.

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Publicado el
3 de abril de 2016 - 19:16 h

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