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La “oportunidad perdida” de los museos públicos que vuelven a apostarlo todo al modelo del “taquillazo”

Cientos de personas hacían cola a las puertas del Museo Reina Sofía en 2013 para ver la exposición de Dalí

Peio H. Riaño

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Un modelo “claramente cuestionable”. Así definía Pepe Serra hace dos años y medio, en plena pandemia del coronavirus, el camino del éxito que habían tomado los museos públicos. El director del Museo Nacional de Catalunya (MNAC) es uno de los responsables más comprometidos con el futuro de estas instituciones culturales, pero no fue el único que alzó la voz contra una deriva comercial que hacía rebosar las taquillas y ponía la maquinaria al límite. La venta de entradas es la primera fuente de ingresos propios de un museo: el Museo del Prado recaudó en 2019 en la taquilla 22,6 millones de euros y 3,2 millones de visitantes, ambas cifras históricas. Eso quiere decir que casi 8.900 personas visitaban a diario el museo (el sábado Santo, 14.333). Hasta ese año el Prado aportaba a su presupuesto anual el 73% y las subvenciones, el resto. Para Miguel Falomir, director del Prado, lo ideal es que el Estado llegue al 40% y rebajar la necesidad de montar taquillazos.

En pleno confinamiento, con los museos cerrados, no hubo director de museo que no expresara alivio ante lo que parecía el final de la carrera por las audiencias con grandes exposiciones de muy alto coste y corta duración, pensadas para atraer público de forma puntual. El paradigma de este modelo fueron las temporales dedicadas a El Bosco (Prado, 2016) y Dalí (Reina Sofía, 2013). Aquellos responsables que habían alimentado la lluvia de turistas cambiaban de acera y aseguraban que los museos turísticos “se resentirían para reencontrarse con su alma más pura, alejada de los intereses mercantiles y materiales”, como aseguró Miguel Zugaza. La especialista y conservadora de los Museos Nacionales de Berlín, María López-Fanjul, advertía que en ese momento vivíamos el fin de la tiranía de los récords de números de visitantes, “a favor de una experiencia museística centrada en el bienestar del público”.

“Ha sido una oportunidad perdida”, resume y zanja Pepe Serra, casi tres años después. “No nos hemos atrevido a pensar. Ha faltado coraje. Hay demasiada precaución y poco atrevimiento. Y si socialmente queremos estar legitimados no lo conseguiremos convirtiendo las salas en un espectáculo de blockbuster. Los museos no podemos depender de que lleguen los cruceros, porque un museo no depende del turismo. Hemos perdido la oportunidad de debatirlo y las Administraciones tampoco quieren debatir porque salen mal paradas”, lamenta Serra.

Un poco de perspectiva

Julia Pagel es la secretaria general de Network of European Museum Organisations (NEMO), una organización que actúa como paraguas de más de 30.000 museos en Europa. Durante la crisis sanitaria mantuvieron un estrecho seguimiento de la situación de estas instituciones. Pagel cree que los museos “han entendido que su museo de éxito es vulnerable como nuestra sociedad”. Han pasado una pandemia pero atraviesan otras, indica, como “los peligros que amenazan a la democracia, la brecha social creciente, la crisis climática o el desarrollo tecnológico exponencial”. Por eso Pagel cree que necesitan nuevas técnicas de procesamiento de información y de toma de decisiones, nuevos modelos de financiación y nuevos roles internos. “Sin adquirir nuevas competencias no será posible responder a los desafíos globales”, incide.

En sus reflexiones se muestra esperanzadora y ofrece una perspectiva muy diferente a la deriva que han seguido los museos españoles. Está convencida de que han entendido que para seguir siendo relevantes en el futuro, deben revisar su funcionamiento, sus tareas y su misión. “Los museos son algo más que espacios culturales: son lugares de encuentro que brindan espacios públicos en ciudades cada vez más mercantilizadas o en regiones con escasas infraestructuras”, sostiene. Esta descripción no coincide con el camino tomado por los museos españoles para salir de la crisis.

Durante la COVID-19 demostraron que pueden ser lugares de aprendizaje, de salud y de apoyo social, ahora los museos “no deben olvidar los aprendizajes”. De hecho, se mostraron “más innovadores y resistentes de lo que creíamos y de los que ellos mismos pensaban”. Además, “han aprendido que pueden marcar la diferencia en los cambios sociales contemporáneos”. Y apunta una de las enseñanzas fundamentales que parece haberse borrado del todo en España: “Con la reducción de los turistas en sus instalaciones, creo que los museos entendieron que sus comunidades de proximidad son la columna vertebral de su existencia. De hecho, nuestra encuesta COVID-19 mostró que la comunidad local ha jugado un papel esencial en los museos. Por eso creo que habrá menos exposiciones temporales, pero más fórmulas para involucrarse con ellas”.

Vuelta atrás

La realidad española no coincide con el análisis de Julia Pagel. La nueva normalidad ha dado paso a la antigua y los museos han corrido a las posiciones de las que renegaron durante el confinamiento. Vuelven las exposiciones temporales de alto coste, empujadas por la celebración de los 50 años de la muerte de Pablo Picasso. De nuevo salen a la caza y captura de los pelotones de turistas previos a la crisis sanitaria y, de momento, no los encuentran.

Desde el Museo Reina Sofía confirman esta proyección. En 2019 el gasto en temporales fue de 3,8 millones de euros (y 16 exposiciones). En 2020 y 2021 la inversión quedó en dos millones de euros (con 7 y 9 temporales respectivamente). En 2022 el gasto ha subido a tres millones de euros y once exposiciones. Será el mismo número de muestras que se inauguren en 2023, pero con un presupuesto previsto que crecerá hasta los 4,5 millones de euros. Los transportes han aumentado su coste, los seguros también. Regresar al modelo anterior parece ser la peor de las ideas para la sostenibilidad de las instituciones públicas.

El director Manuel Borja-Villel cree que la crisis sanitaria “ha marcado sin duda un antes y un después en la visibilidad de cuestionamientos fundamentales sobre nuestros modos de existencia”. Para el director el tiempo post-covid se caracteriza por ser un momento en el que “diferentes modelos entran en tensión”. De ahí que Borja-Villel crea que estas instituciones atraviesan “una reconfiguración fundacional de la concepción y del trabajo de los museos”. Aunque aclara que “no se trata de negar o de abandonar las exposiciones sino de reconfigurar profundamente los procesos que las constituyen”, explica.

Según el parecer de Borja-Villel el programa de exposiciones y actividades que organiza el museo hoy, “pone de manifiesto que el modelo instalado en el éxito de audiencias y en los grandes nombres está siendo sustituido por un quehacer más anónimo y participativo en el que el cuidado y los afectos son fundamentales, cuestionando los propios dispositivos”. El director del Museo Reina Sofía pone como ejemplo las exposiciones de Alejandra Riera o Maquinaciones. “En el Museo Reina Sofía apostamos por el modelo de colaboración y participación social, con nuevos escenarios en los que se desafíen las representaciones y los modos de hacer y sentir”, asegura.

Sin embargo, en octubre el Museo Reina Sofía presentará Picasso 1906: la gran transformación, una muestra polémica basada en los descubrimientos que el pintor malagueño hizo el verano de ese año en el Pirineo (en Gosol) sobre el arte románico y el arte ibérico, esenciales en el cambio que lo llevó a pintar Las señoritas de Avignon (1907).

Inflación sin control y gasto desatado

Para los mismos fastos picassianos, el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza propone Picasso y Chanel, que costará un millón de euros el “transporte especial” y casi 200.000 euros en montaje. Es el primer blockbuster que llegará esta temporada al museo gestionado por Carmen Cervera y dirigido por Guillermo Solana. De hecho, el Thyssen es la institución pública que más dinero está destinando a exposiciones temporales. No ha esperado a 2023 para romper la barrera de los cuatro millones de euros: en 2022 gastará 4.066.516, indican desde el museo.

La institución pública, gestionada por la Fundación Colección Thyssen-Bornemisza, recibe anualmente del Estado, a fondo perdido, una cantidad variable en función de los gastos generados. Ningún otro museo público cuenta con esta prebenda. El Tribunal de Cuentas reclamó al Ministerio de Cultura, en 2013, un mayor control del gasto de este museo e introducir “mecanismos de control sobre la cuantía del déficit dotable”.

Tras la curiosa mirada sobre Picasso y moda, llegará una muestra ansiada por Solana desde 2013, la dedicada al pintor Lucian Freud (1922-2011). Aquel año era el Museo del Prado quien debía montar este taquillazo, pero comunicó que no podía asumir el gasto de su transporte y montaje debido a la recesión económica. Entonces se la quedó el Museo Guggenheim de Bilbao. Ahora, con la inflación por las nubes y la guerra en Ucrania, el Thyssen inaugurará otra retrospectiva sobre Freud en febrero y pagará por el transporte “especial” de las 60 obras casi 800.000 euros. Antes abrirá sus puertas en la National Gallery de Londres. Hasta finales de octubre no tendrán la previsión del gasto en exposiciones temporales para 2023, que podría superar los 4,5 millones de euros.

¿Y la sostenibilidad?

Estas cifras contrastan con las gestionadas por Pepe Serra en el MNAC: en 2019 invirtieron 1,2 millones en exposiciones temporales; en 2020, 400.000 euros; en 2021, 1,7 millones de euros; y en 2022, 1,3 millones de euros. Por su parte, el Museo del Prado ha contenido el gasto en 2022 en los 2,4 millones de euros. En 2019 fueron 4,3 millones de euros y en los años de la crisis sanitaria gastaron 2 millones de euros (en 2020) y 2,2 millones de euros (en 2021). La previsión del gasto de 2023 no está cerrada pero ya hay designada una partida de un millón de euros para organizar el embalaje y transporte de las obras que formarán parte desde marzo de Guido Reni y la España del Siglo de Oro. A los altos costes del transporte hay que sumar otros 270.000 euros a pagar por el montaje y desmontaje.

La utopía que planteaba reflexionar sobre los modelos museísticos agotados y mirar las muestras desde la investigación más que desde la espectacularidad apenas duró los meses del confinamiento. La sostenibilidad se hunde bajo estos números de gasto en exposiciones temporales, a pesar de haber sido encumbrada en la nueva definición de museo aprobada por el ICOM. Hace dos años Pilar Fatás, directora del Museo Nacional de Altamira, nos decía que la sostenibilidad es un término contrario al consumismo cultural masificado. Esta idea no ha calado en las instituciones de referencia españolas. “Nosotros hemos cambiado y programamos mucho desde la colección, hemos reducido los formatos y somos más sostenibles”, asegura Pepe Serra. Si la sociedad española se aprieta el cinturón del gasto, si el mantenimiento de los museos se han disparado, como ya adelantó este periódico, ¿qué harán los museos para estar a la altura de la sociedad?

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