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Crítica

Ivor Bolton y Deborah Wagner vuelven a triunfar con 'Sueño de una noche de verano'

Simone Mcintosh (Hermia) y Sam Furness (Lysander)
12 de marzo de 2026 14:08 h

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Se alza el telón y aparece un roble boca abajo y unos niños con tutú. La orquesta se despereza con un rumor grave salpicado de glisandos. En el centro del escenario, un estrado cuadrangular. A la izquierda, un sembradito de trigo; a la derecha, unos troncos tumbados. De repente aparece Tytania, reina de las hadas, escoltada por un coro de voces blancas. La percusión se debate entre lo marcial y lo naíf. No llevamos ni cinco minutos de función y podemos darnos por enterados: en esta historia, nada sucederá de la manera habitual.

Benjamin Britten estrenó su Sueño de una noche de verano en junio de 1960. El libreto adapta la obra de Shakespeare adelgazándola hasta la mitad, trastocando algún versito aquí y allá y suprimiendo la primera escena. “Es desgarrador tener que prescindir de tanto texto maravilloso. El único consuelo es que, si no lo hiciera, duraría tanto como el Anillo”, confesó el compositor a William Plomer, uno de sus libretistas de confianza. Los recortes, sin embargo, no solo buscaban aliviar las fatigas lumbares de los espectadores: al saltarse la primera escena, el Sueño de Britten no comienza en la ordenada y sensata corte de Atenas, sino directamente en el bosque mágico. Así, para los espectadores, las hadas, los diablos socarrones y los filtros de amor no son la contraparte lúdica de una realidad cabal, sino el statu quo del mundo que propone la obra.

Dadas así las cosas, sinteticemos el argumento. En la foresta encantada reinan Tytania y Oberon. El matrimonio anda en crisis porque la doña tiene un nuevo paje (un chiquillo raptado de la India) que su marido ambiciona (los ingleses no prescinden del colonialismo ni en la fantasía). Para vengarse, Oberon convoca al geniecillo Puck y lo envía en busca de una planta cuya savia, aplicada sobre los párpados de los durmientes, logra que enloquezcan de amor por lo primero que vean, “sea león, oso, lobo, toro, mono presumido o simio atareado”. Hay que ver cuánto le gustaban a Shakespeare los venenos que se aplican en sitios raros.

Liv Redpath (Tytania), Clive Bayley (Botton), Pequeños Cantores de la ORCAM y niños actores y bailarines

Mientras el recadero atiende sus labores, dos parejas entran en el bosque: Lysander y Hermia, jóvenes casaderos que huyen de las prohibiciones paternas; y Demetrius y Helena, dupla mal avenida en la que ella lo ama a él y él ama a Hermia. Entristecido por sus cuitas, Oberon, magnánimo, decide encomendarle a Puck una nueva misión: tras emponzoñar los ojos de Tytania, aprovechará los restos del brebaje para hacer que Demetrius beba los vientos por Helena.

En esto, aparecen en el bosque una troupe de artesanos aficionados al arte dramático. Se han reunido para ensayar un Píramo y Tisbe (la historia en la que Shakespeare basaría su Romeo y Julieta) que esperan representar en la boda en la que Theseus (duque de Atenas) se desposará con Hippolyta (reina de las amazonas). Puck aprovechará un descuido para encasquetar a su líder —un fanfarrón llamado Bottom— una cabeza de asno, y conducirlo al claro donde reposa Tyrania, quien, poseída por el ungüento mágico, se enamorará perdidamente del hombre pollino. 

Pero, tristemente, Puck solo despacha bien medio encargo: confundiéndose con los atenienses, termina engatusando a Lysander en vez de a Demetrius, haciendo que el mozo se encapriche de Helena y descuajeringando la entente amorosa. Viendo que los zagales van a matarse si nadie lo impide, Oberon convoca a la bruma y a las tinieblas y sume a todos en un profundo sueño del que cada cual despertará amando a quien debe. También Tytania, cuyo castigo da por concluido. La ópera termina con los actores aficionados despachando su calamitosa función (un actor hace de luna, otro de pared, etcétera). Con todos felices y risueños, termina la función.

Anoche, el Teatro Real estrenó una versión del Sueño de una noche de verano dirigida por Ivor Bolton y Deborah Wagner, dupla bien conocida entre los habituales del coliseo madrileño por ser los autores de dos de los espectáculos más memorables y brillantes que se han presenciado en el teatro: Peter Grimes (2021) y Billy Budd (2017). Felizmente, no hay dos sin tres. No era, conste, una empresa fácil: Britten escribió una partitura llena de sutilezas y los pocos músicos del foso se pasan la velada ejerciendo de solistas. Los percusionistas no dan abasto, los vientos van de obbligato en obbligato y parecería que todo en la música obedece a una concepción teatral que fuerza a los intérpretes a una expresividad intimidante. Para aumentar la dificultad, el compositor establece ámbitos musicalmente diferenciados para las realidades que confluyen en la trama y dota a cada uno de una orquestación singular. Si las hadas se desenvuelven entre agudos clarísimos y cadencias diáfanas, los amantes cantan en tonalidades contrapuestas y los actores hacen los suyo en staccato, como si la cortedad de las notas reflejase la de sus entendederas.

El actor Daniel Abelson (Puck), Pequeños Cantores de la ORCAM y niños actores y bailarines

La habilidad con que Bolton logra pasar de lo etéreo a lo caricaturesco o de lo sublime a lo procaz, obtiene su justa réplica en el esmerado trabajo que Wagner ha realizado en la dirección de actores y en una concepción escénica que debe resolver de manera creíble los mismos bandazos. Lysander, el amante cabal (viene de jurarse amor con Hermia “por la candidez de las palomas de Venus, por lo que entreteje almas y hace crecer amores”) debe transformarse en un pretendiente hiperventilado dispuesto a “cruzar un incendio” por una señora a la que acaba de conocer. Bottom ha de hacer el burro con la misma verosimilitud con la que el sádico Oberon (papel escrito para contratenor, registro excéntrico en tiempos de Britten) ha de parecernos señorial a pesar de sus muchas trapacerías.

La función no solo se apoya en el admirable y sobresaliente trabajo de unos cantantes capaces de satisfacer las exigencias escénicas del papel, sino en una cuidada puesta en escena en la que se combinan hallazgos elogiables (como desdoblar al personaje de Puck entre un actor —Britten no le dio música— y un bailarín aéreo mostrando así la naturaleza especular de ese bosque de ensueños y malentendidos), un prudente histrionismo (el Príamo y Tisbe es descacharrante, más considerando que Britten lo concibió como una parodia belcantista), pocos pero bien empleados recursos escénicos y la inserción de unas coreografías infantiles que rebajan convenientemente la solemnidad general.

Yendo al capítulo de voces, quisiera destacar el timbre hermosísimo y la claridad del canto de Liv Redpath en el papel de Tytania y el exquisito Oberon de Iestyn Davies (su I know a bank sonó con la delicadísima frialdad que requiere su personaje). También, el fabuloso cuarteto de amantes desparejados (Sam Furness como Lysander, Simone McIntosh como Hermia, Jacques Imbrailo como Demetrius y Jacquelyn Wagner como Helena) y los divertidísimos Clive Bayley como Bottom, Ru Charlesworth como Flute y a William Dazeley como Starveling. También a los Pequeños Cantores de la ORCAM.

Al caer el telón, el público aplaudió enfervorecido. Y no solo a los músicos y a los cantantes, ¡también a la dirección de escena! Esto, en el Real y en una función en la que no salen ni pelucones ni miriñaques, es un verdadero acontecimiento. Resulta curioso: habrá quien se tenga por moderno y vanguardista por dedicarse al metateatro o por minar sus actuaciones con errores calculados sin reparar en que todo eso ya lo hizo Shakespeare. Cuánta ventaja nos sacan los del siglo XVI.

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