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ENTREVISTA Activista feminista y trabajadora doméstica

Jamileth Chavarría: “Muchas trabajadoras domésticas se tragan los abusos por su situación de vulnerabilidad”

Gabriela Sánchez

14 de febrero de 2026 22:22 h

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Jamileth Chavarría reconoce que la investigación sobre Julio Iglesias le ha causado un gran impacto. Y no habla de ella desde la distancia. Habla desde la cocina en la que trabajó sin contrato, desde los cuerpos de otras compañeras a las que apenas nadie escuchó, desde el feminismo antirracista que teje redes de apoyo para autoprotegerse. La activista feminista nicargüense, trabajadora doméstica y fundadora de una cooperativa de empleadas del hogar, contextualiza el impacto de la denuncia por trata de personas y agresión sexual contra el cantante español, que la Fiscalía ha archivado por falta de jurisdicción, desde el lugar de quien conoce qué significa trabajar en casas ajenas y el valor de enfrentarse a relaciones de poder difíciles de cuestionar.

Para Chavarría, el paso de Laura, Rebeca y Carolina, los pseudónimos tras los que se encuentran ex empleadas que hablaron en la investigación de elDiario.es junto a Univision Noticias, es “una ventana abierta” en “un muro” de silencios que esconde a tantas mujeres racializadas.

Para evitar ese aislamiento y unir fuerzas para defender sus derechos, la nicaragüense fundó junto a varias compañeras la cooperativa del sector cuidados La Comala, formada por trabajadoras migrantes. Desde Madrid, adonde emigró en su huida de la persecución en su país hace más de una década, Chavarría celebra y agradece la valentía de Laura y Rebeca por “hablar por las que aún no pueden hacerlo”.

Como trabajadora interna, durante muchos años en España, ¿qué supone que salga a la luz una investigación como la de Julio Iglesias? ¿Qué supone para usted y para el colectivo?

Supone una ventana abierta, porque acompaño a muchas mujeres que aún no se atreven a hablar. Y que las denunciantes del caso de Julio Iglesias lo hagan frente a un poder tan grande... No es solamente Julio Iglesias, es todo lo que le acompaña. Para una mujer hablar es como abrir una pequeña ventana en un muro gigante. Y para mí es esperanzador. 

La noticia me remontó a hace 20 años, en Radio Palabra de Mujer —un programa comunitario en el que participaba en Nicaragua—, donde analizamos la canción de Julio Iglesias que dice: “Me gustan las mujeres y me gusta el vino”. Hace 20 años, una niña del campo, de unos 14 años, decía que la letra parecía mostrar que las mujeres no valemos nada, porque el vino después se orina. Aquello me quedó en la memoria, y verlo hoy me parece increíble. Hay tanta verdad escondida en todos los mensajes que nos mandan con el amor romántico...

Profundizando en los testimonios de estas mujeres, ¿le resuenan a situaciones vividas por las trabajadoras domésticas en España, ya sea usted u otras compañeras?

Creo en esos testimonios porque he escuchado relatos similares de varias compañeras que no tienen papeles, y no pueden denunciar. Ahora que yo tengo una situación regularizada y con condiciones laborales justas, escucho a comentaristas en televisión que preguntan por qué esas mujeres no denunciaron antes a Julio Iglesias… Y me cabrea. ¿En qué momento va a denunciar una mujer que no tiene papeles, que es vulnerable, que su situación económica es la que es, que está viviendo con las uñas? Cada vez que se les pregunta eso se las revictimiza.

Usted acompaña a otras trabajadoras internas que están en esa situación de mayor vulnerabilidad. ¿Recuerda casos de abusos sexuales o laborales que, por sus circunstancias, no llegaron a ser denunciados?

Muchas se lo tragan por la situación de vulnerabilidad en la que están. Por ejemplo, muchas son madres aquí y son madres allá, donde se encuentran sus hijos. Tienen que llegar a fin de mes para tener resuelta su vida aquí y su vida allá. Si denuncian, ¿cómo van a salir adelante? 

Hoy conocí un caso de una joven que fue a una entrevista de trabajo tras ver una oferta de trabajadora doméstica. Ella iba con otra compañera, pero la obligaron a entrar sola. Estaban ahí dos hombres que le dicen que tiene que quitarse la ropa, que tienen que ver su silueta. Era un trabajo de cuidados. Ella salió corriendo de allí. Le dije de denunciarlo. Me dijo que no, que estaba buscando trabajo y no tenía ni tiempo ni dinero para denunciarlo. O me acuerdo de aquella mujer interna que dormía en su habitación con la silla detrás de la puerta. ¿Para qué? Para que el señor no entrara cada noche. 

Quienes denunciaron a Iglesias se están arriesgando a un montón de cosas. ¿Cómo se las puede proteger cuando van contra un aparato agresor tan grande, con muchos medios de comunicación favorables? Es como ir a la montaña descalza.

Desde su experiencia como activista feminista y también como trabajadora doméstica organizada, ¿cómo operan las lógicas coloniales y racistas, además del género y la clase?

El agresor [de las trabajadoras domésticas] siempre tiene ventaja y evidencia la construcción colonial. Y, a su vez, muchas trabajadoras domésticas latinas no hemos deconstruido esa relación colonial porque la hemos mamado. De entrada, en las casas hay un patrón de servicio al señor. Y, como él es un señor, pues nosotras hasta cierto punto acabamos indirectamente al servicio del señor.

La reacción de Julio Iglesias tiene que ver con que el señorito cree que mantiene ese poder, esa superioridad, esa blanquitud sobre un sector de las mujeres, sobre las empleadas de hogar. Y es injusto. Es asqueroso.

En el caso de Iglesias, las denunciantes aseguran que literalmente no podían salir de las mansiones donde trabajaban. Los colectivos de trabajadoras domésticas migrantes en España suelen denunciar que algunos empleadores se aprovechan de la vulnerabilidad y apenas cumplen con los días de descanso mínimos. ¿Cómo afecta trabajar en esas condiciones?

Nosotras decimos que el trabajo de interna es como la esclavitud moderna, como la cárcel moderna. Y es precisamente porque las personas somos el tiempo que tenemos. Trabajas ocho horas y las otras horas son para dormir, para estar con tu gente, para salud personal... Pero cuando estás 24 horas en una casa, sin salir, sin tener redes de apoyo, dejas de vivir. Incluso hay mujeres a las que se les niega el uso del móvil en sus horas de tiempo libre. Y cuando vendés el tiempo, te olvidás de tu intimidad.

Lo más terrible es que ese encierro te va bajando la autoestima. Te va minando. Cuando tienes la autoestima baja, cualquiera te puede invadir. Y ahí has perdido las ganas de defenderte.

Por todo esto admiro a estas mujeres que se han atrevido a hablar porque ya han empezado a sanar. Cuando una habla, empieza a sanar. Si no se habla estamos guardando el secreto. ¿Y sabes lo que es secreto? Es toda la mierda que hay ahí adentro de uno. 

¿Cómo le ha afectado a usted emocionalmente esa falta de intimidad, esa “venta del tiempo”, ese encierro casi constante que describe de su tiempo como interna?

Yo siempre he sido una mujer optimista, siempre me he querido creer que me como el mundo. Pero a veces el mundo te come, por muy optimista que seas. Yo en Nicaragua era activista y vivía en un campo con un río. Y aquí ni tienes el río ni tienes el campo. Tu vida es insignificante cuando caminas por las calles, cuando vas a la compra y ni levantas la mirada, dejas de mirar el cielo.

Recuerdo que un día tendí la ropa en la terraza después de seis meses de trabajar como interna. Miré para arriba y vi la luna. ¡Cómo lloré ese día! Mirar la luna me trastornó. Porque me vinieron todas esas cosas que no valoras cuando las tenés a diario. Me di cuenta de que hacía tanto que no podía ni ver la luna. 

Yo venía de ser activista, de no parar. Y se me fue apagando esa luz. Cuando me di cuenta de lo que había pasado, ya era externa, ya había salido de interna. Como interna ni siquiera puedes analizar lo que te toca vivir, porque es que se te alborotan tus propios demonios ahí adentro. 

Cuando dejó de trabajar como interna creó junto a otras compañeras empleadas domésticas una cooperativa de cuidados. ¿Por qué?

Para protegernos las unas a las otras. Lo bueno de la cooperativa es que quien nos contrata también lo hace porque le gusta el modelo cooperativo, que se asegura de que se respetan los derechos humanos de las trabajadoras, que estamos en el régimen general y se cumple la ley. Entonces, eso ya es una ventaja.

Pero cuando empezó la cooperativa, para protegernos, íbamos a hacer limpiezas de dos en dos. Por agilidad del trabajo pero sobre todo porque era menos riesgo para nosotras ir acompañadas. Cuando una persona mete a alguien a su casa sabe quién va, porque le ha pedido una carta de recomendación, pero nosotras no sabemos a qué casa vamos ni quién vive allí.

¿Qué le diría a las mujeres que denunciaron a Julio Iglesias?

Primero, agradecerles y mandarles un montón de fuerza, de energía positiva. Les diría que no paren, que hay que denunciar, porque su voz es la voz de otras que están silenciadas, de las que no pueden denunciar, por las circunstancias que sean. La palabra es la que nos ayuda a liberarnos, a empezar a tirar del hilo y cambiar esta sociedad.