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ANÁLISIS

¿Por qué se llega peor a fin de mes si el salario real mejora?

Mercado de alimentos, en Madrid
27 de julio de 2026 22:04 h

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Una queja recurrente es que el precio de la vida se ha encarecido en el tiempo, es decir, que con nuestro salario no podemos comprar las mismas cosas que antes. Si nuestra percepción es correcta, el salario real —que mide ese poder de compra— debería haber caído. Sin embargo, los datos oficiales señalan que el salario real está prácticamente estancado desde hace dos décadas y que incluso ha subido en los últimos años. En este análisis, vamos a explicar esta paradoja, y lo haremos profundizando en los componentes del gasto: veremos cómo todo depende de nuestra cesta de consumo y que, efectivamente, para una gran parte de la población la capacidad de compra se ha visto seriamente mermada. No es que los datos oficiales estén equivocados, sino que describen a un hogar promedio que se parece poco a muchos hogares reales.

Lo primero que tenemos que señalar es que es muy difícil, si no imposible, medir con precisión tal cosa como “el precio de la vida”. Lo que hacen las oficinas de estadística es calcular cómo evoluciona el precio de una cesta de consumo promedio, es decir, del conjunto de productos y servicios que los ciudadanos de un país consumen en un cierto período de tiempo. Pero aquí tenemos el primer gran escollo, un habitual de nuestros análisis: la media es un artefacto estadístico útil que, sin embargo, esconde las desigualdades dentro del grupo. Por ejemplo, no todos los precios de los productos y servicios evolucionan igual en el tiempo ni tampoco todas las familias compran las mismas cosas.

Usando datos de referencia en 2008, año en que comenzó la crisis económica, podemos ver en el siguiente gráfico cómo han variado desde entonces y hasta 2024 los precios de diferentes productos y servicios, así como del salario nominal medio. Como sabemos que el IPC general ha subido un 33,5% en todo el período, y que la remuneración por asalariado ha crecido un 37,5%, podemos concluir que el salario real se ha elevado durante ese periodo. De nuevo, se trata de un promedio para asalariados, y la cosa es distinta para beneficiarios del SMI (sobre todo a partir de 2018) y para perceptores de otras rentas no salariales. Pero eso no afectará la idea general que trabajamos aquí.



En el gráfico comprobamos que hay productos cuyos precios han subido mucho más que el IPC general, como el alcohol y el tabaco (88,8%), el alquiler (54%), los alimentos (50,7%) o la energía (41,4%)—, otros que han subido menos —como la sanidad (16,2%) o el vestido (10,1%)— y otros cuyos precios incluso se han reducido —como el de productos electrónicos (-26%)—.

Estos datos señalan que, si nuestra cesta de consumo estuviera formada únicamente por alimentos y el pago del alquiler, nuestra pérdida de poder adquisitivo desde 2008 sería notable. Si, por el contrario, nuestra cesta de consumo estuviera formada exclusivamente por vestidos y productos electrónicos, entonces nuestro salario real habría subido desde 2008. Lo importante es señalar que los precios de los diferentes productos y bienes evolucionan de manera distinta porque su producción y comercialización sigue pautas muy distintas.

Por ejemplo, los productos textiles y electrónicos son casi todos importados y se producen en países con salarios bajos y aprovechando economías de escala que favorecen que el precio de la unidad final sea muy bajo. En el caso de la electrónica ocurre además un fenómeno peculiar, ya que los institutos estadísticos ajustan la mejora de calidad de los productos mediante los llamados precios hedónicos: un ordenador actual cuesta parecido al de hace veinte años, pero ofrece prestaciones enormemente superiores, por lo que estadísticamente su precio efectivo se considera menor. Si solo tuviéramos presente el precio de estos productos, sería evidente que nos habríamos enriquecido mucho desde 2008 (aunque hay que recordar que su producción depende de minerales críticos y recursos naturales que son objeto de crecientes disputas geopolíticas).

La clave es entender que no existe una única lógica detrás de la inflación. Cada mercado responde a mecanismos distintos: la globalización abarata la electrónica, los impuestos encarecen el tabaco, la regulación contiene parcialmente servicios públicos como la educación o la sanidad y mercados como la vivienda o la energía responden además a fuertes tensiones de oferta y demanda. La capacidad del gobierno para intervenir en los precios de esos productos es muy limitada y desigual.

Una vez que sabemos que no todos los precios evolucionan igual, el segundo problema que debemos abordar es que no todos los hogares consumen el mismo tipo de productos. Aunque los precios son iguales para todos los hogares, éstos no tienen los mismos presupuestos: para muchos hogares una vez pagas alimentos, vivienda y energía tampoco queda mucho margen para consumir algo más. Como se ve el siguiente gráfico, los hogares más pobres tienden a dedicar mayor parte de su renta al consumo de bienes básicos tales como alimentos o energía, pero también al alquiler de la vivienda porque los hogares más pobres son los que menos vivienda en propiedad tienen. Por ejemplo, los hogares más pobres dedican más del 60% de su renta a esos tres conceptos, con una diferencia de hasta 16 puntos respecto a los hogares más ricos.



Por el contrario, los hogares más ricos dedican mayor proporción de su renta a gastos como transporte o restaurante y hoteles. Aquí las diferencias se invierten su dirección, pero son también muy elevadas: hasta 10 puntos en transporte y 7 puntos en restaurantes y hoteles. En otras categorías como sanidad, enseñanza o vestido las proporciones son similares.

Hay que señalar que además existen otros problemas metodológicos que distorsionan la imagen que obtenemos a partir de datos oficiales. Por ejemplo, el IPC general incluye la evolución del precio de la vivienda de alquiler, pero debido a las diferentes formas en que se recogen los datos ese indicador es muy distinto del que vemos en otras series que monitorizan el precio en el mercado abierto. Según el INE, el precio de las viviendas en alquiler ha crecido un 18,7% desde 2008 hasta 2025, pero según el portal idealista los precios de alquiler han crecido un 70% en ese mismo periodo. Es una diferencia muy grande que supone que, en los datos del INE, se minimice el problema de la vivienda. Un problema que, además, es aún mayor en determinadas zonas geográficas y que la media estadística no recoge.

Conociendo el peso de cada componente de gasto según grupo de hogar, podemos deducir cuál es el impacto de la subida de los precios de ciertos productos sobre el poder de compra de los hogares. Por ejemplo, la subida del precio de alquiler, alimentos y energía provoca que los hogares más pobres tengan que destinar más recursos a estas categorías. Esas subidas son iguales para los hogares más ricos, pero éstos tienen más margen para absorberlas. Por eso decimos que la inflación no es simétrica, sino que implica impactos muy desiguales según hogares.

Aunque las diferencias puedan parecer pequeñas, de forma acumulada suponen trayectorias del poder de compra muy diferentes. Además, los hogares más pobres adaptan mucho más sus patrones de consumo para evitar que el poder de compra se deteriore demasiado, lo que se consigue recurriendo a productos más baratos que, por lo general, también son de menor calidad. Es decir, los hogares más pobres tienden no sólo a perder más poder de compra, sino también a perder calidad en su consumo.

Como dijimos al principio, este análisis muestra que los datos oficiales no están equivocados. Lo que ocurre es que describen una economía promedio que cada vez se parece menos a la experiencia cotidiana de millones de personas, algo acentuado por el aumento de la desigualdad. Cuando las familias destinan una parte creciente de su presupuesto precisamente a los bienes que más se encarecen —la vivienda, la alimentación y la energía—, el salario real medio deja de ser una buena medida de su bienestar. Lo que revelan estos datos es que la desigualdad también determina cómo vivimos la inflación y cómo evoluciona realmente nuestro nivel de vida.

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