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Entrevista

Eva Quevedo, escritora: “Muchas personas con ansiedad se preguntan: 'Si lo tengo todo, ¿por qué estoy así?'”

Eva Quevedo, autora de 'Ansiosos anónimos'.

Anabel Cuevas Vega

16 de julio de 2026 21:44 h

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La ansiedad no siempre llega después de una gran tragedia. Tampoco convierte necesariamente la vida en un caos. Puede instalarse en personas con trabajo, pareja, amigos y una rutina aparentemente tranquila. De hecho, esa aparente normalidad es, muchas veces, lo que la vuelve más difícil de entender.

Sobre esa idea construye la publicista y escritora Eva Quevedo (Madrid, 1974) Ansiosos anónimos (Penguin Random House), una novela ambientada en una terapia de grupo en un centro de salud que recurre al humor y al realismo mágico para poner palabras a una experiencia que millones de personas viven en silencio.

La ansiedad también aparece cuando “todo va bien”

Miranda López Quintana ronda los cuarenta años. Tiene un trabajo estable, una pareja que la quiere y la apoya, amigos, salud y una vida que, vista desde fuera, parece completamente normal. Aun así, ninguna de esas certezas basta para mantener a raya la ansiedad. La novela arranca cuando recibe un correo de su centro de salud en el que la convocan a una terapia grupal para “tratar la ansiedad generalizada y crónica que padece”. Será en esas once sesiones donde conozca a otros pacientes cuyas historias permitirán a Quevedo explorar distintas formas de convivir con este trastorno.

La escritora construye a Miranda precisamente desde esa aparente contradicción: se siente “querida, valorada y acompañada”; no es rica, pero puede permitirse unas vacaciones; está sana… Y, sin embargo, como reconoce en la novela, “nada vale cuando el camión de la tristeza bascula su volquete con un movimiento hidráulico y vuelca toneladas de mierda sobre mis hombros”.

Con ella, la autora cuestiona una de las ideas más extendidas sobre la ansiedad: que siempre debe existir un gran acontecimiento que la explique. Cuando es una guerra, una catástrofe o una gran pérdida el motivo que despierta la ansiedad, Quevedo cree que es más sencillo reconocer que la padecemos. Tenemos una especie de respaldo que permite a la sociedad entender la causa del problema. Sin embargo, sin esta explicación la cosa cambia. “Muchas veces yo misma, amigas mías o conocidos nos hemos preguntado: ‘Si lo tengo todo, ¿cómo es posible que esté así de nerviosa?’, ‘Si en realidad no me pasa nada, ¿cómo es posible que no pueda dormir por las noches o que cualquier cosa me haga llorar?’”.

La novela parte de esta contradicción. La ansiedad no siempre irrumpe como una emergencia visible ni responde a una lógica fácil de explicar. A veces se instala en la rutina y acompaña a quien la padece incluso en los momentos que, sobre el papel, deberían ser felices.

El humor es casi mi única forma de poder enfrentarme a los problemas y a prácticamente todo en la vida. Es como si a un monstruo muy grande, en el momento en que eres capaz de reírte de él y de las cosas divertidas, lo hicieras pequeñito

El “enano” que se sienta en el pecho

“Sensación constante o frecuente de inquietud interna; mal estado general con molestias generalizadas o localizadas; pensamientos rumiativos; sensación de inutilidad o vulnerabilidad; autoestima baja con sensaciones de tristeza, de desesperanza, de apatía”... La ansiedad puede tener muchas caras, pero en Ansiosos anónimos deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una presencia corpórea. Miranda la bautiza como “el enano”.

El origen de este “enano” se encuentra en las propias experiencias personales de la autora. “Yo hablaba de mi enano cuando sufría un episodio de ansiedad a las siete u ocho de la tarde, de repente y sin que nada lo provocara. Lo llamaba así porque me costaba respirar y era efectivamente como si tuviera a una persona subida o sentada encima de mis costillas. Quise hacerlo corpóreo en la novela precisamente por eso, porque como dice la terapeuta de Miranda: ‘si yo lo siento, para mí es real’”.

Al convertir la ansiedad en un personaje, Quevedo desplaza el foco de los ataques puntuales —la parte más visible del trastorno— a esa presencia constante con la que muchas personas conviven sin que su entorno llegue a percibirla. “Una persona con ansiedad probablemente sea perfectamente funcional. No es igual que una depresión profunda que te paraliza en la cama (...) Hay gente que a lo mejor no puede subirse en el metro pero puede ir caminando a trabajar, o gente que no es capaz de subirse a un avión pero busca una alternativa para poder viajar”, explica. Todos estos casos pueden pasar desapercibidos. Por eso, asegura, “somos muchas las personas con enanos”.

El “enano” funciona así como una metáfora: una compañía incómoda que no siempre desaparece, pero que tampoco impide necesariamente seguir adelante. Quevedo utiliza el humor no para restar importancia a la ansiedad, sino para hacerla más cercana y poder hablar de ella.

Reírse del monstruo para hacerlo más pequeño

Este enano es solo uno de los recursos de los que se vale la autora para retratar las verdades y experiencias de los pacientes que acompañan a Miranda en sus sesiones de terapia grupal. Quevedo nos presenta a Mariló —que después de un desengaño amoroso ha perdido la capacidad de escuchar a los hombres—, Olga —que poco a poco se ha ido volviendo invisible y es capaz de viajar gratis en los taxis y comer sin pagar en los bares— o Casandra —a quien le crece la cabeza cuando está muy preocupada o tiene que procesar mucha información—.

No hay ningún tipo de pudor en contar a toda la oficina que has tenido cólicos y te has quedado sentado en el váter toda la noche. Sin embargo, a nadie le cuentas que llevas seis meses sin poder dormir o con taquicardias

Abordar la ansiedad desde el humor era una decisión imprescindible para la autora. “El humor es para mí casi mi única forma de poder enfrentarme a los problemas y a prácticamente todo en la vida. Porque es como si a un monstruo muy grande, en el momento en que eres capaz de reírte de él y de las cosas divertidas, lo hicieras pequeñito. Es una forma de quitarle hierro”, explica. En la novela, esa mirada permite hablar de una realidad incómoda de una manera más cercana: “Ya es difícil una conversación sobre la ansiedad, pues hagámoslo de la forma más agradable posible”.

Dejar de esconder al “enano”

La ansiedad no solo se enfrenta a través de herramientas para gestionarla, también contra el silencio que todavía la rodea. En Ansiosos anónimos, los personajes no solo aprenden a convivir con sus síntomas, sino también a hablar de ellos en voz alta y compartirlos con otros. Para Quevedo, romper ese aislamiento es una parte fundamental del proceso, demostrando cómo uno de los grandes obstáculos sigue siendo la vergüenza.

“No hay ningún tipo de pudor en contar a toda la oficina que has tenido cólicos y te has quedado sentado en el váter toda la noche, aun con el riesgo de que la gente te imagine en esa situación; es algo que consideramos normal. Sin embargo, a nadie le cuentas que llevas seis meses sin poder dormir o con taquicardias”, explica la escritora. En el caso de un alimento en mal estado o una enfermedad hay “un tercero” al que echarle la culpa, pero cuando se trata de un problema de salud mental, parece que “el fallo está en ti, que no sabes gestionar bien tus sentimientos”, y esto hace que lo ocultemos.

Esa presión se intensifica, según Quevedo, en una sociedad marcada por la exigencia constante. “Nuestro día a día tal y como hemos construido nuestro sistema social nos obliga a ser los mejores en todo. Todo son obligaciones (...) Además, ves lo que está pasando en tantísimas partes del mundo que se te cae el mundo a los pies. Todo esto también hace una presión sobre la propia persona. La sociedad está construida ahora mismo con unas prisas y exigencias constantes. Todo eso son clavitos que nos generan más ansiedad”.

Cree que debemos eliminar “el estigma de pensar que por tener ansiedad eres una persona débil”. Más aun viviendo en un “mundo de ‘tiburones empresariales’ donde no se nos permite ser débiles, porque al débil se le rechaza”. Y añade: “La gente que llora o empatiza no es más débil, al contrario, esa sensibilidad podría hacer del mundo un lugar mejor”.

Por eso, no es casualidad que Ansiosos anónimos transcurra en un centro de salud público y alrededor de una terapia de grupo. Para Quevedo, igual que acudimos al médico ante una dolencia física, deberíamos poder encontrar en nuestro ambulatorio un lugar donde pedir ayuda cuando la ansiedad se convierte en una compañera permanente. La novela no busca ofrecer un manual sobre salud mental, sino recordar a quienes conviven con ese “enano” que no están solos.

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