Un boquete en el sistema democrático
Las manifestaciones del pasado veintiséis de octubre, protagonizadas por jóvenes y adolescentes para protestar por la llegada inminente a Bilbao de un provocador profesional de extrema derecha, se desarrollaron de forma pacífica. Eso sí, dieron al provocador una audiencia extraordinaria; le convirtieron en el personaje del día.
Por absurdo que resulte, la bronca se armó, precisamente, tras saberse que el personaje, finalmente, no haría acto de presencia. Muy probablemente esa era, de hecho, su intención original. Los protagonistas pusieron en práctica todos los desmanes a su alcance. Sus consecuencias quedaron reflejadas en los periódicos de los días siguientes y en los informativos de medios audiovisuales.
La prensa atribuye la vandalización que sufrió el vecindario afectado a militantes de organizaciones radicales disidentes de la izquierda abertzale 'oficial', a miembros de bandas de aventajados aprendices de delincuentes, y a seguidores radicales de los clubs vascos de la primera división de fútbol. Y todo ello aderezado con buenas dosis de testosterona. Curioso cóctel. Curioso y verosímil, sí. Pero, desde luego, no antifascista.
De algunos incendiarios podría decirse que son seguramente adeptos a una ideología totalitaria, sí. Pero otros se sirvieron del caos para desvalijar comercios. Y de bastantes diría, simplemente, que se divirtieron. Dieron quizás un sentido a sus vidas.
Con esto no quiero decir que lo ocurrido no fuera grave. Fue muy grave. En primer lugar por las consecuencias, materiales, emocionales y morales de las algaradas. Y políticas también, por supuesto: la extrema derecha cosechó un buen puñado de adeptos el día veintiséis.
Pero también por razones de más largo alcance. Si ese tipo de tumultos violentos se reproduce o, peor aún, se cronifica, las consecuencias para nuestra comunidad pueden ser devastadoras. Conviene, por ello, que nos tomemos muy en serio lo ocurrido. Cosas semejantes han pasado en otras ciudades europeas, sí. No se trata de un fenómeno único. Pero creo que en nuestro país existe el riesgo de que estas cosas enraícen y se enquisten.
Es cierto que la mayoría de vándalos no vivieron los años de la kale borroka y, por tanto, no tienen referencias directas de aquellos actos de terrorismo callejero. Pero también es cierto que la mayoría de la (autodenominada) izquierda independentista no ha querido deslegitimar social y políticamente el ejercicio de la violencia. Pues bien, en la medida en que un sector amplio –si bien minoritario— de nuestro país sigue considerando que la violencia puede tener justificación –sea esta la que sea— le asigna un significado y, por ende, le otorga un valor. Y ese significado y valor son veneno para los jóvenes que se mueven en entornos en los que la violencia sigue siendo –porque nunca ha dejado de serlo—un modo válido de hacer política.
Cosas semejantes han pasado en otras ciudades europeas, sí. No se trata de un fenómeno único. Pero creo que en nuestro país existe el riesgo de que estas cosas enraícen y se enquisten
Y los otros, quienes la practican como mecanismo para dar rienda suelta a sus frustraciones adolescentes o como forma de diversión, se valen de los tumultos que provocan los primeros para aportar su parte.
La violencia con intenciones políticas –no solo la que se ejerce, sino la que, llegado el caso, a juicio de algunos estaría justificado ejercer— es tóxica para una sociedad democrática.
Por eso, en tanto no se produzca su completa (o virtualmente completa) deslegitimación, permanece un boquete abierto en el sistema democrático por el que la violencia y sus (variadas) motivaciones pueden llegar a anegar, de nuevo, nuestras calles y plazas. No es un escenario inverosímil. Si a eso añadimos las veleidades proto-terroristas de esa minoría que añora los años negros de plomo y bomba lapa, ese escenario se puede hacer realidad.
¿Es esto una exageración? No lo creo, aunque tampoco lo puedo descartar; al fin y al cabo, el gato escaldado huye del agua fría. Sea como fuere, prefiero ponerme en lo peor para poderlo prevenir, aunque, como es lógico, confíe en que no llegue a ocurrir.
El estrambote
Los sucesos del veintiséis han acabado teniendo un estrambote difícil de calificar. Un nombre bajo el que se han manifestado algunos perfiles de redes sociales de la internet ha conseguido que decenas de establecimientos comerciales y hosteleros de nuestras capitales se cerrasen para protegerlos de unos incidentes que, como el provocador profesional, finalmente tampoco hicieran acto de presencia. Un nombre, ni siquiera una organización de cuya existencia haya constancia real lo ha conseguido.
¿Es esto lo que nos espera? ¿Un estado de ansiedad social semipermanente? El mal puede ser banal de diversas formas, alguna, por lo visto, tan absurda y desvaída como esta.
Sobre este blog
Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
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