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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Nacionalismo y choque de patrias

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el president de la Generalitat, Pere Aragonés

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Si algo caracteriza a los diversos nacionalismos que hemos venido padeciendo en nuestra andadura democrática (desde el catalán hasta el español, pasando por el vasco, algo rezagado últimamente), es el hecho de que ninguno de ellos puede vivir sin el enemigo externo, que justifica su razón de ser; y, de paso, les permite zafarse de los verdaderos problemas que aquejan a la inmensa mayoría de los ciudadanos: que no son otros que los generados por el crecimiento de la desigualdad en todas las esferas de la vida pública. De ahí que priorizar la "agenda nacional" es el mejor invento del nacionalismo, que por algo es de derechas, para tapar o poner en un segundo plano la "agenda social". Lo suyo no es alimentar el acuerdo pensando en el bienestar común, sino fomentar el choque de patrias. ¿Ejemplo práctico? Lo que está ocurriendo con motivo de los indultos del Gobierno a los políticos encarcelados por el 'procès'.

No es nada nuevo. Todo esto ya lo vivimos en Euskadi en la etapa de Ibarretxe, con ETA matando a los insumisos nacionales y el "euskotema" a toda potencia; con planes autodeterministas como alternativa a la anunciada muerte del Estatuto; con un José María Aznar en la Moncloa que hacía los mismos esfuerzos por entenderse con el Lehendakari que los que hacía éste último en sus "diálogos hasta el amanecer"; y con un Arzalluz en la trastienda animando con descaro al presidente del Gobierno de España a meter más caña al PNV y su Gobierno, porque así aumentaría en votos en elecciones futuras.

Años después, y salvando algunas distancias, la historia parece repetirse en Cataluña. Su 'procès' ha fracasado, pero las emociones nacionales que dejaron a su paso permanecen muy vivas. Prueba de ello es que dos partidos independentistas que no se pueden ni ver han podido formar Gobierno, aunque el anterior hubiese fracasado en toda regla. ¡No iba a estar al frente del Govern un partido tan español como el PSC, que encima se tomó la libertad de ganar unas elecciones, que era lo mismo que robárselas! A las derechas, por su parte, que Cataluña se haya convertido en un asteroide extraño que sobrevuela España contaminándola de aburrimiento y desesperanza, no le produce preocupación alguna. Al contrario, reactiva el nacionalismo español y, según cree, fortalece su electorado.

De ahí que los grandes objetivos, para el nacionalismo catalán, sean la amnistía de sus presos y la independencia; y, para el nacionalismo español, defender la unidad de una España supuestamente traicionada por los indultos. Unos indultos, muy condicionados, que el Gobierno de Sánchez ha concedido a los presos independentistas, como primer paso de un diálogo necesario para superar una crisis territorial no resuelta y cada vez más enquistada. A nadie se le ocultan sus dificultades. Pero nadie con dos dedos de frente piensa que ante una situación semejante lo mejor es no hacer nada y seguir como estamos.

Eso es justamente lo que piensa una gran parte del nacionalismo catalán, que necesita seguir teniendo mártires para no perder poder (y siempre que entre los mártires no esté Puigdemont). Y lo que piensan las derechas carcelarias que pueblan la oposición. A su juicio, lo único que hay que hacer es seguir manteniendo en prisión a los presos independentistas hasta el total cumplimiento de sus penas. Lo contrario es humillar a España y pagar peajes indebidos al nacionalismo catalán. Es su monotema: salvar a España de quienes la traicionan; que en los delirios de Casado y Abascal (y de lo que aún queda de Ciudadanos) pueden ser todos; incluso el mismo rey, que, con la que está cayendo, no tiene mejor cosa que hacer que ponerse a cenar en compañía de indeseables como Sánchez y Aragonés. Una felonía que, por su gravedad, hasta podría acercar al país a una tercera república (seguramente presidida por Ayuso). Y, si no, al tiempo.

Menos mal que Casado está al quite para que esto último no acabe ocurriendo, porque, según sus previsiones, Sánchez tiene los días contados y la derecha está al caer (y nunca mejor dicho), para que España recupere su verdadero espíritu. Ya lo dijo hace unos días, poniéndose en modo Felipe II, ante los representantes parlamentarios del PP: "Preferimos perder votos antes que perder el alma". Por eso, él no se va a confundir ni a desviarse de sus objetivos. Ahora es el tiempo de la defensa de España, y no de esas prioridades tan ficticias de Sánchez como son acabar con la crisis sanitaria y reconstruir económica y socialmente al país. Casado no está dispuesto a caer en esa trampa: en la "red elitista y opaca" generada por los fondos europeos. La España del futuro que el PP con la ultraderecha nos prepara será antes una España honrada, pero sin fondos, que una España con fondos, pero sin honra. Dicho a la manera de Arzalluz, cuando estuvo especialmente sembrado: una España para plantar berzas.

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28 de junio de 2021 - 21:45 h

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