Entrevista Javier Echaguíbel, gerente de VESA

"La cultura ha sabido adaptarse a las nuevas exigencias de la pandemia"

Javier Echaguíbel, gerente de VESA

La calle de San Prudencio ha sido desde hace siglo y medio el epicentro cultural de Vitoria. De la mano de la Vitoriana de Espectáculos (VESA), han florecido en sus edificios el Gran Cinema y los teatros Circo, Príncipe y Principal. A pocos metros del lugar en el que su gerente, Javier Echaguíbel, recibe a elDiario.es/Euskadi para esta entrevista se proyectó un 1 de noviembre de 1896, en sesión vespertina y a través de un recién ideado ‘kinematógrafo’, la primera película que vieron los vitorianos. Era ‘Un baño de negros’. Muchos filmes y obras de teatro se han estrenado desde entonces, y, como atestiguan decenas de fotografías firmadas, en Vitoria han actuado, contratados por VESA, artistas de la talla de Irene Gutiérrez Caba, Carlos Larrañaga, Pepe Marchena y Esperanza Roy. Cuenta Echaguíbel la anécdota de que Francisco Rabal, sin preocuparse siquiera de quitarse el hábito de cura que le exigía la función, aprovechaba los entretantos para "potear" en los bares de San Prudencio. "En esta calle, el tiempo y el espacio se funden; el recorrido no es un medio, es un fin en sí mismo", apunta Echaguíbel. Ahora, a diez años de que VESA sople las velas del centenario, a la sociedad la aguarda un futuro incierto, agravado por el impacto de la pandemia. El auge de las plataformas digitales presagia batalla y el ‘reinventarse o morir’ le parece obligado.

VESA acaba de celebrar su nonagésimo aniversario. ¿Cómo se siente? ¿Llega la empresa en buena forma a esta marcada fecha?

Una empresa de noventa años, que ha convivido en el mercado, ha tenido que irse adaptando a las circunstancias y al medio. Sucede como con las especies, sobrevive el que ha tenido suerte y más facilidades de adaptación a las circunstancias. La sociedad la forman doce jóvenes en el año 1931. Eran comerciantes, empresarios que tenían iniciativa y la oportunidad de comprar el teatro principal. No les llegaba el capital para poder comprar y optaron por sacar una cantidad importante de pequeñas participaciones. Y ese es el motivo de que una serie de familias tenga una parte importante del capital y que luego haya una atomización total de accionistas. Todo viene de ese origen. Ahora en total somos 800 accionistas. Los hay sentimentales, a los que les gusta el cine, tienen ilusión en participar en la nueva sociedad y que luego también tienen unos pequeños descuentos por ir al cine.

En Vitoria han desaparecido cinco empresas cinematográficas. Desaparecieron los cines Azul, Mikeldi, Ester, Ábaco y Yelmo, que era una empresa española pero ahora es mexicana. El recorrido no es fácil, requiere un esfuerzo de inversión grande. Además, es difícil saber si esa inversión es la que le hace falta a la empresa. Muchas veces se hace una inversión enorme pero no se da con la demanda, y acelerar ese proceso de adaptación puede llevar a la muerte.

Guarda fotos de la plantilla en las que aparecen hasta un centenar de trabajadores. ¿Cómo han pasado de tener tantos trabajadores a estar apenas seis en plantilla? ¿Cuáles han sido las fases de ese descenso?

El teatro requería tramoya, requería la participación de mucha gente. Ahí se sumaron dos cosas: el deseo de la administración pública de captar la gestión de los teatros y el elevado coste de mantenimiento de un teatro. VESA pasó de tener tres teatros operativos, el Principal, el Guridi y el Florida, a no tener ninguno. El Principal pasó a manos del Ayuntamiento y entonces se quedó con un excedente de personal. Se tecnifica lo máximo posible y las costumbres van cambiando. Antes a una persona le tenías que decir dónde se tenía que sentar en una función numerada. Ahora va el propio espectador. Las tradiciones de coste y rendimiento van cambiando. La productividad de los trabajadores también es mucho mayor porque van a hacer más funciones.

En la calle de San Prudencio, el tiempo y el espacio se funden. Te encuentras a una persona y las distancias son distintas

Centrémonos ahora en la calle en la que nos encontramos, la de San Prudencio. ¿Qué ha sido, qué es y qué puede ser para Vitoria?

Siempre le he tenido mucho cariño. Esta me parece una calle golfa, en el buen sentido. Tiene un punto de entretenimiento, golfería, resistencia. Tiene un punto romántico de no tomarte la vida tal cual, sino de revolverte. Es una calle peatonal en la que pasan muchas cosas: hay un teatro, hay cines, gimnasios, peluquerías, restaurantes, librerías. Me encanta, me parece muy divertida. Y, en nuestro mundillo, el cinefórum, que es una pena que esté cerrado ahora. Me dio mucha pena cuando se terminó el documental ‘El olvido está lleno de memoria’ sobre la familia Martínez de Aragón. Salió un montón de gente y no tenían un bar donde ir. Esta es la calle para eso, para salir del cine y tomar unos tragos. Hay calles en las que la gente va a ritmo militar: en línea recta y muy rápido. En cambio, en esta calle el tiempo y el espacio se funden. Te encuentras a una persona y las distancias son distintas. El recorrido no es un medio, es un fin en sí mismo. Pasan cosas. Te encuentras con una persona, hablas y descubres que tienes un bar.  Entras y el camino es el café. El camino es en sí mismo un objetivo. Y yo creo que es muy bonito. Es una pena que las normativas sean tan estrechas y no se pueda hacer nada. Pese a todo, sigue habiendo vida y eso a mí me parece milagroso; que la gente tenga más fuerza que los políticos y la función pública. Para mí ese es el atractivo de la calle. Es un punto de encuentro tranquilo en que no vas a hacer cosas. 

Es bueno que haya un espacio de entretenimiento en el centro de Vitoria. Es positivo de cara a que haya sinergias. Me hace muchísima ilusión que haya mezcla de diferentes usos. Van al gimnasio, luego hacen una compra en el supermercado, luego tienen la peluquería y luego un ‘restaurant’ y luego un teatro y luego… Una cantidad de usos tan grande en un espacio concreto me parece bien.

En ese sentido, ¿no se pierde un poco la esencia de la calle al alquilar, como ha hecho VESA, locales a un gimnasio o a un supermercado, por ejemplo?

Al revés, al revés. Probablemente los funcionarios quieran un lugar de paseo de jubilados. Que tenga todo el mismo color, que haya el mínimo de luces, que esté todo apagado y sin ruido y que no haya ningún accidente ni haya nada de nada. Eso es la muerte. Lo bueno es que puedan convivir vecinos, que puedan vivir. Lo peor es un edificio vacío. Para mí es brutal que haya un edificio en Dato muerto de risa, sin ningún sentido. Que el edificio del BBVA esté prácticamente en chasis no tiene sentido. Que tengan que pasar decenios, no años ni lustros, sino decenios, diez, veinte, treinta, cuarenta años, hasta que se tome una solución me parece un desastre. El coste de oportunidad social que tiene un espacio sin utilidad, sin uso, me parece brutal. Aquí la subactividad no se valora, pero creo que habría que valorarla: la pérdida de trabajo, la pérdida de valor del inmueble, la pérdida de valor de todos los inmuebles que están alrededor, la pérdida de puestos de trabajo, de impuestos. Me parece que es un lujo que Vitoria no se puede permitir, el peor error que puede tener una ciudad: los espacios muertos. Y en Vitoria hay una afición horrible a que haya espacios muertos; es como el triunfo de un funcionario, conseguir cerrar edificios. 

Que no haya actividad, que no haya puestos de trabajo, que no haya cosas que hacer es un castigo. No me parece un motivo de satisfacción, ni mucho menos. Tampoco es bueno que, a partir de una hora, la ciudad esté muerta. Es bueno que haya vida por la noche. ¿Qué es lo que sobra? Un funcionario me decía que las luces y el letrero no están en normativa. ¿Cuál es el ideal de esa persona? Un circuito de jubilados. Que a poder ser esté todo apagado y haya un relax total.

Si tuviese la posibilidad de cambiar algo, lo que fuera, o reabrir algún local de la calle ya cerrado, ¿qué haría?

Libertad. Cumplir la normativa y cumplir la ley, pero libertad. No entendida como los salvajes, sino como que yo no me meto a evaluar ni condicionar la vida de los demás. Yo tengo una iniciativa que es válida con ese entorno y que no interfiere en la vida de los demás de forma sustancial.

Pero, si pudiera reabrir, por ejemplo, el Gran Cinema Vesa, ¿lo reabriría?

Uno de los problemas que está teniendo el entretenimiento, aquí y en muchos sitios, son las economías externas. Lo que produces de valor al resto está penalizado. Vitoria penaliza las economías externas. Por estadística, una persona se gasta unos 26 euros yendo a un espectáculo. Si va al cine y la entrada cuesta seis euros, se gasta otros veinte euros en el entorno. A priori la idea podría ser positiva, porque de alguna forma se dinamiza la zona. En cambio, a mí me castiga eso: cuanta más dinámica cree en mi entorno, más impuestos tengo que pagar de IBI, de actividades económicas... Un centro comercial, en cambio, analiza y contabiliza perfectamente las economías externas. ¿Cuál es la solución? ¿Que cierre los locales para que no vaya gente y baje de valor y así me salga más rentable? Ese es un problema muy serio y va a ser más serio todavía.

¿Cómo les ha afectado la pandemia? ¿Cómo sienten las restricciones que se están aplicando al sector cultural?

Me duele cuando dicen "¿qué prefieres: la salud o el negocio?" Es que es absurdo. ¿Cómo me pueden hacer esa pregunta? Obviamente es la salud. El único tema es quién paga. Entiendo que cerremos porque es bueno para todos, sobre todo al principio cuando no había conocimiento científico del problema, Pero nadie nos retribuyó por la contribución a la salud. Y encima se ha discriminado, ha habido sectores económicos que han salido fortalecidos de esta situación. Eso es lo que a mí me parece injusto. 

La cultura ha sabido adaptarse a las nuevas exigencias de la pandemia. Cuando abrimos después del confinamiento teníamos todos los procedimientos ya en marcha, teníamos todos los productos preparados. Los consensuamos con la Federación de Empresarios de Cine de España y con las autoridades sanitarias de Euskadi. Primero estaba dar total seguridad y segundo, que la sensación de seguridad por parte del espectador fuese abrumadora: queríamos generar confianza. Antes de declararse la pandemia, ya llevábamos geles y redujimos el aforo al 50% ‘motu proprio’. Estuvieron de moda los guantes, luego otros equipos y se ha ido poco a poco perfeccionando. Pero hay un elemento clave: la ventilación de los cines. Las instalaciones de los cines tienen por propia necesidad sistemas de aire acondicionado. No pueden hacer ruido porque es molesto cuando estás viendo una película. El tamaño de los tubos está sobredimensionado para que no haya fricción, y esa es una ventaja muy grande, porque hace que la renovación de aire sea muy rápida.

¿Por qué se decidió cerrar los cines Guridi? ¿Cree que se resiente la ciudad por el hecho de que la oferta cultural se concentre en las afueras? Los cines están en un centro comercial de las afueras (el Boulevard) y en otro (Gorbeia) que ni siquiera está en Vitoria. 

La crisis anterior fue terrible, tuvimos pérdidas de 300.000 euros al año. Si no hubiéramos cerrado los Guridi no sé dónde estaríamos, pero dando cine no. Fue una crisis para todos, mucho más homogénea que esta, que está siendo muy perversa porque hay gente que está ganando. En la anterior crisis hicimos un plan estratégico desde el año 2008 al 2014 y otro desde 2014 hasta 2022, en los que solo había un objetivo: sobrevivir. Para ello, unas de las decisiones claves fue el cierre de los cines Guridi y la estimulación del Florida dando otros servicios de hostelería.

El año en que cerramos los Guridi, con los dos cines hicimos 258.000 espectadores. En 2019 hicimos 248.000. Además, con los del Gorbeia, cuyos espectadores eran nuestros, sumamos otros 150.000. ¿Perdimos o ganamos? Hemos ganado de otra forma. Primero, estando vivos. Segundo, en Gorbeia. Yo creo que estamos dando también un cine a gente que le cuesta más, porque cada vez es también más difícil venir al centro. Además, dentro de la programación siempre hay películas españolas y europeas, siempre hay buen cine. Es lo que nos marca sobre nuestra competencia.

Y ¿cómo ve el futuro de VESA? ¿Cómo cree que llegará a su centenario?

La ecuación es complicada. Hay y va a haber una lucha por tener un producto que pueda competir contra las plataformas digitales en cuanto a calidad o velocidad de entrega. La venta ‘in situ’ tiene que ser una experiencia, tiene que saber jugar con los atributos que puede ofrecer, como la venta de un producto sensitivo, por el olor, por la textura o por el conocimiento físico de una persona.

Y luego hay otra fuerza determinante que es el coronavirus. Tenemos un público adulto en el que la percepción de riesgo normalmente es directamente proporcional a la edad de la persona. Cuanto más mayor, mayor es la percepción de riesgo. No sabemos qué va a pasar con todo esto cuando cojamos velocidad crucero de nuevo. Damos por hecho que va a haber una pérdida de espectadores, pero estamos intentando bajar el perfil de nuestro público, porque pensamos que un 15% de la juventud tiene una demanda intelectual importante.

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Publicado el
2 de mayo de 2021 - 21:30 h

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