Dentro del observatorio de Igeldo con el nuevo director de Aemet en Euskadi: “Puede desaparecer La Concha”
Una sinuosa carretera que parte del palacio de Miramar permite ascender al monte Igeldo. Allí, desde 1905, aunque homologado desde 1927, se yergue el observatorio meteorológico de Donostia, ahora gestionado por la agencia estatal Aemet. El factótum Enric Armengol (Barcelona, 1972), fotógrafo, ingeniero, apicultor o profesor, además de meteorólogo, claro, es su nuevo director desde abril y abre las puertas del viejo edificio a este periódico y explica cómo funciona la observación meteorológica, que es mucho más analógica de lo que se podía esperar en el siglo XXI.
—¿Cómo acaba un catalán diseñador de un coche de James Bond al frente de Aemet en Euskadi?
— [Risas] Porque soy un apasionado de la naturaleza y de la tecnología. Y, por supuesto, de la ciencia. Mi padre me colgó una cámara con cinco años y desde entonces no he parado nunca de hacer fotos. Esto ya te da curiosidad por cómo funcionan las cosas, por cómo se mueve todo. Como ingeniero electrónico, acabé en una multinacional en la que diseñábamos y se producían piezas electrónicas para vehículos. Ahí es donde tuve la oportunidad de participar en ese proyecto que decía, que era un rediseño del coche de James Bond. Un BMW Z3. Después, fui a la rama docente. Estuve de profesor de Universidad. Vivía en Reus, trabajaba en Barcelona, pegaba más horas que un reloj. Así que, por cuestiones de conciliación familiar, cambié de trabajo. Pasé a la docencia en Secundaria. Y al final me apunté al máster de meteorología. Siempre había mirado la ‘méteo’, pero quería entenderla formalmente. Salió una convocatoria de oposiciones al cuerpo superior de meteorólogos del Estado, saqué la plaza y me ofrecieron esta oportunidad.
La visita arranca en la parte baja de la estación. A la derecha, una biblioteca no muy grande con objetos de medición antiguos, libros estadísticos de toda la historia de Igeldo, algunos de ellos con décadas de antigüedad, y una pequeña colección de monografías perfectamente etiquetadas. Hay unas sillas para cuando llegan excursiones escolares. A la izquierda, la antigua “casa del observador”, es decir, el domicilio familiar de la persona que realizaba las estadísticas meteorológicas cuando la Diputación de Gipuzkoa ideó ese espacio en lo alto y frente al mar hace más de una centuria. Bizkaia también lo peleó, pero al final Donostia se llevó el gato al agua. En la Guerra Civil, tomado por los sublevados, fue un punto estratégico para sus objetivos militares.
En la sala hay un higrógrafo, aparato que permite medir la humedad relativa. Armengol detalla que adquieren su máxima eficacia usando “pelo rubio de mujer”. No es una broma. Estándares internacionales determinaron que el cabello largo y fino, el rubio, permitía realizar observaciones más precisas de los efectos de la humedad.
—Puede que haya parte de la población que no entienda que en Euskadi existan a la vez Aemet y Euskalmet, la agencia autonómica. Incluso las previsiones no son exactamente las mismas.
—Somos organizaciones distintas que dependemos administrativamente de instituciones distintas. Es normal que tengamos pequeñas discrepancias. Afinamos distinto. Pero pasa lo mismo con Meteo France, por ejemplo. Cada maestrillo tiene su librillo. Cada servicio meteorológico tiene sus modelos. Pero el mensaje no difiere mucho, ¿eh? Hoy, por ejemplo, coincidimos en un aviso amarillo. No sé si coincidimos exactamente en el intervalo de horas, pero será una hora más o una hora menos.
Es martes. Sobre Igeldo, durante la visita, el cielo está bastante despejado, con formaciones de nubes al fondo, en el mar, y también en el sur, en las montañas. En Álava, a la misma hora, estaba lloviendo. En ese punto de la costa guipuzcoana, en cambio, los pluviómetros no habían recogido precipitación alguna. Armengol sigue con la explicación sobre Aemet y Euskalmet:
—Ofrecemos servicios complementarios y estamos trabajando para coordinarnos más y para sacar partido y beneficio a la disponibilidad de dos redes. Si tenemos doble densidad de estaciones, tenemos doble de datos y podemos afinar más en nuestras predicciones si trabajamos conjuntamente, ¿no?
A comienzos de año, en los acuerdos alcanzados entre los Gobiernos central y vasco para completar el Estatuto de autonomía de 1979, se incluyó un punto para regularizar el reparto de funciones en materia meteorológica. Se trata de acuerdos de tipo económico y procedimental. Un antiguo edificio de Aemet en Donostia ha pasado a manos autonómicas para hacer viviendas, por ejemplo. Aemet, en todo caso, proporciona datos a los aeropuertos. Esta mitad de mayo está siendo fría y lluviosa, pero abril, el mes de estreno de Armengol, fue “extremadamente cálido y seco” para la época del año.
—¿Tendríamos que hacer pedagogía y pensar que eso no es tener buen tiempo?
—Tenemos más ‘buen tiempo’ que antes, en el sentido de que es un tiempo más amable para un mes de abril. Pero la lectura climatológica no es la misma. Algo está cambiando y mucho en los últimos años. Estamos batiendo año tras año récords de anomalías, de cosas que no son como eran.
Subimos por unas escaleras de madera a otra planta. Allí trabaja el observador, que cubre un turno de doce horas cada jornada. Tiene una zona de descanso, pero ya no vive allí. En una ficha plastificada tiene algunas “efemérides”. El máximo viento registrado fue de 187 kilómetros por hora. Fue en 1982 y coincidió la visita del papa Juan Pablo II. También la temperatura bate plusmarcas. Zarautz, por ejemplo, tuvo a principios de abril una “noche tropical”, es decir, aquéllas en que el mercurio no baja de los 20 grados centígrados.
—Tenemos escenarios que tienen sus impactos en la naturaleza y en la población. Veremos episodios de sequías, veremos episodios de incendios y, en definitiva, veremos con mucha más frecuencia episodios extremos. Cuando la atmósfera se calienta, es capaz de contener más agua en forma de vapor, es decir, que tiene más capacidad de carga y, cuando descarga, lo hace con más fuerza. A eso es a lo que nos dirigimos. Lo vemos en el Mediterráneo. Aquí no tenemos las lluvias torrenciales del Mediterráneo, pero ya nos estamos ‘mediterraneizando’. La lectura no es muy positiva.
Seguimos subiendo en el edificio. Entramos a una sala de reuniones con ventanales “a los cuatro vientos”. La aguja de un aparato de factura antigua se mueve lentamente mientras se produce la entrevista. Esto pasa en muchas salas. Aquí, va registrando la dirección del viento. En esta estancia se ve el mar.
—Hay algunas predicciones que auguran que la subida del nivel haría desaparecer incluso la playa de La Concha.
—Sí, sí, por supuesto.
—¿Esto es real?
—Sí, esto es así. Esto es así. El agua que tenemos en fase sólida, en forma de hielo, si se funde, causa una crecida del nivel del mar. Son crecidas que se han estimado en varias decenas de metros. No sabría decir exactamente las cifras, pero no veríamos la arena de La Concha. Seguro.
—Sin embargo, hay un grupo de negacionistas bastante fuerte en torno al cambio climático.
—Sí, y es preocupante. No es lo mismo opinar que argumentar. Y dentro de una argumentación, no es lo mismo hablar con hipótesis serias y con deducción, que es lo que hace la ciencia, que sobre conjeturas. Las personas que son negacionistas del cambio climático, por sí solas, me preocupan poco. Lo que me preocupa mucho es que se les haga caso o que personas que tienen mucha más proyección mediática les hagan caso. Esto sí que hace daño. En el momento en que se genera una corriente de desprestigio de la ciencia, entramos en un terreno pantanoso. La persona, bien sea un político u otra persona que pueda tener influencia sobre la sociedad, que afirma o niega la existencia de este cambio climático, lo que está haciendo es provocar más cambio climático.
Pasamos a la azotea. Allí están los aparatos más vistosos. Uno de ellos capta la radiación solar. Funciona tan simplemente como quemando un papel donde aparecen las horas. De esa manera, se sabe la intensidad de la luz. En este lugar, por cierto, se trabaja con la hora solar, ahora mismo dos por detrás del reloj. Es como si Igeldo estuviera en Dakar, la capital de Senegal. Aquí está también el medidor de viento que transmite los pulsos a la aguja del piso inferior. Y una caja metálica con el escudo del Consejo de Seguridad Nuclear. De prestado, han colocado allí un receptor de radiación que podría detectar problemas incluso a 400 kilómetros, bien entrada Francia.
Desde allí se ve movimiento en el jardín de abajo. Las instalaciones tienen una zona trasera. Ahora mismo unos obreros realizan unos trabajos de mejora. “Cuidado con los aparatos, por favor”, les recuerda Armengol al entrar. La zona verde está llena de ellos. Hay un termómetro a 15 centímetros del suelo para tener ese valor estandarizado, por ejemplo. Y pluviómetros. También justo antes de salir, hay una pequeña sala con puerta acristalada con dos grandes termómetros y otro aparato que podría pasar por calentador de agua en un hotel. En el suelo, un pequeño bolo metálico, a modo de 'stolpersteine', garantiza que la nivelación es perfecta para las mediciones.
Baja el observador. Cada tres horas, con papel y bolígrafo, rellena un parte con las mediciones que va recogiendo en su ronda por todos los aparatos o incluso con observaciones visuales del cielo. Abre una pequeña caseta de madera y, con una lupa, apunta unos valores. En otros aparatos hay una especie de retrovisor de coche para ver con nitidez los indicadores. Aquí se sigue usando mercurio, por ejemplo, aunque en las casas hace años que se pasó a los termómetros digitales. Otro trabajador comenta que se encarga de los aparatos que tienen esparcidos por el territorio para las mediciones automatizadas. Una mujer, con un colgante azul que la identifica igualmente como funcionaria de la agencia, saluda con amabilidad.
—Ustedes que miran al cielo, este mes de agosto es el gran eclipse. ¿Qué puede aportar la observación meteorológica para interpretar este fenómeno tan excepcional?
—Diría que la meteorología del día va a ser esencial para la visibilidad del fenómeno. Si hay nubes, no lo vamos a ver. Si hay calima, no lo vamos a ver o lo que veamos va a ser más rojizo. Podemos también tener ciertos fenómenos de refracción y hacer que el disco se vea como más achatado, incluso un poco aumentado. En fin, la meteorología puede influir, puede variar en algunas cositas. Sobre todo en la nitidez y en la visibilidad del eclipse.
—¿Y cuál sería un buen lugar para verlo?
—¿En nuestro entorno? Tendríamos que ir un poquito más al sur. Sí, más al sur. La traza que sigue el eclipse va bastante con el valle del Ebro.
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