Alberto Ginés: la cumbre de lo humano
Algunos nombres se escriben en la historia con el esfuerzo de los dedos y la resistencia del espíritu. El de Alberto Ginés ya es eterno. A sus 23 años, este joven cacereño no es solo un deportista de élite; es el hombre que inauguró una era al colgarse la primera medalla de oro olímpica en la historia de la escalada (Tokio 2020). Su palmarés es incuestionable: podios en la Copa del Mundo, éxitos en Campeonatos Europeos y una constancia que lo mantiene en la vanguardia de la verticalidad mundial. Pero lo que hoy me trae aquí no es su fuerza física y mental fuera de toda duda, sino su imponente musculatura intelectual.
Es fascinante ver a un icono de la Generación Z, con el peso de una medalla de oro en su cuello, recomendando lecturas que van desde la delicadeza de Seda (Alessandro Baricco) hasta el humor ácido de Estupor y temblores (Amélie Nothomb). En sus manos pasan con la misma naturalidad los clásicos como Cumbres Borrascosas que la intriga de Patricia Highsmith o la narrativa contemporánea de Luis Landero. Alberto no lee para la foto; lee para entender, para crecer y para compartir una pasión que rompe cualquier estereotipo sobre el deportista de élite, sobre la juventud actual y sobre los índíces de lectura de nuestro país.
Apuesto además porque esa pureza e inocencia que desprende no es falta de experiencia, sino una elección consciente de ser auténtico. Su trato con la prensa es de una educación exquisita, y su ideología progresista —siempre desde el respeto absoluto a todas las personas— lo convierte en un referente ciudadano ejemplar. No necesita filtros tampoco para mostrar el amor por su compañera ni para defender un mundo más tolerante. Es un chico de Cáceres que, sin perder el norte, tampoco ha perdido el sur, conquistando todo territorio que pisa.
Verlo rodeado de libros nos devuelve algo que a veces creemos agotado: la manida esperanza. Alberto nos asegura que el futuro puede ser brillante, culto y humano a la vez. Nos enseña que se puede ser un competidor feroz en el muro y, al bajar, ser un joven sensible que busca respuestas en las páginas de un libro de Anagrama.
Desde luego, para mí, Alberto Ginés no solo ha conquistado el oro; se ha ganado mi total admiración y casi mis lágrimas de emoción cada vez que le veo recomendar lecturas de tal nivel literario.
Alberto es, en esencia, un recordatorio necesario. En un panorama actual que a menudo nos empuja al cinismo o al pesimismo generacional, encontrar a un campeón como él que prefiere la pausa de un libro al ruido de un titular nos reconcilia con todo. Ver a este chico extremeño, con su medalla de oro guardada pero su curiosidad siempre encendida, no solo nos ilumina; nos quita un peso de encima. Nos hace sonreír frente a la pantalla pensando que, si el relevo tiene esta sensibilidad y esta nobleza, a lo mejor es que tenemos que poner el foco en otro sitio, en otras personas diferentes a quienes lo están acaparando ahora. Porque sí, ya sabemos que leer no nos convierte automáticamente en mejores personas, y que quizá lo decisivo no es cuánto leemos, sino qué hacemos después con lo que comprendemos.
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