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Lo que de verdad no se toca

Cartel de la plataforma ‘La Cruz no se toca’

Sandra Moreno Quintanilla

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El debate sobre la Cruz ocupa estos días cada rincón de Cáceres. Hay quien la defiende como símbolo de memoria; hay quien la señala como vestigio de una dictadura. Entre unas posturas y otras, la ciudad parece partida en dos mitades que discuten, argumentan y se atrincheran.

Ayer, sin embargo, alguien me habló de otra frontera. Me habló de una niña. De su miedo. De los años en los que su cuerpo dejó de ser suyo porque un hombre adulto decidió cruzar todos los límites. Y me dijo algo más: ese hombre, hoy, es uno de los rostros que enarbola una pancarta que reza que “la cruz no se toca”.

Hay frases que, cuando cambian de contexto, se vuelven insoportables.

Porque entonces una no puede evitar pensarlo: la cruz no se toca, pero a una niña sí se le puede tocar. Durante años. En silencio. Sin que nadie levantara una pancarta por su derecho a no ser invadida porque ella, con su corta edad, ni siquiera era consciente de lo que estaba ocurriendo.

No escribo esto para simplificar el debate público ni para convertir una discusión compleja en un titular fácil. Lo escribo porque hay una verdad que siempre sale a la luz, incómoda: seguimos protegiendo con más firmeza algunos símbolos que los cuerpos femeninos.

Y desde el feminismo eso duele especialmente. Porque llevamos décadas diciendo que lo personal es político, que las violencias íntimas no son asuntos privados, que lo que ocurre dentro de las casas también define quiénes somos como sociedad. Y que la impunidad histórica hace que un hombre que durante años abusó físicamente de una menor se atreva a llevar un cartel conminando a no tocar algo.

Ahora sé qué hombre, uno más, encarna todas las condenas que han cumplido las mujeres por el hecho de serlo.

Es la sacralización de lo inerte frente a la profanación de lo vivo. Que alguien que ha violado el templo más sagrado que existe —la integridad y la infancia de una niña— se atreva a visibilizar un cartel bajo el lema “no se toca”, convierte la frase en pura obscenidad.

Aquella niña, ahora mujer, sigue sin poder verbalizar en un juzgado todo aquello que vivió, paralizó y la ha aterrorizado de por vida. Ahora, solo tengo ganas de preguntarle a ese hombre cuando le vea con el cartel en la mano que reza: ‘La cruz no se toca’ que qué es, de verdad, lo que no se debe tocar. Qué rabia, qué impotencia, qué asco.

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