Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.

El morbo que mata dos veces

Medios de comunicación, en Hornachos, cubriendo la información sobre el asesinato de Francisca Cadenas
17 de marzo de 2026 11:36 h

1

La cobertura del caso de Francisca Cadenas se ha convertido en un espejo incómodo y revelador de hasta dónde están dispuestos a llegar algunos medios de comunicación para arañar unos puntos de audiencia. No se trata solo de errores, prisas o torpezas informativas, sino de algo más grave: la decisión deliberada de exprimir hasta la última gota de morbo de un asesinato, de un cuerpo y de una familia devastada, aunque para ello haya que pisotear derechos fundamentales y dinamitar cualquier código ético mínimamente digno.

Francisca no es un personaje de ficción ni una protagonista de true crime en una plataforma de streaming. Es una vecina de un pueblo pequeño de Extremadura, de Hornachos, una mujer con hijos, con nietos, con una vida cotidiana que ha sido arrancada de raíz y transformada en espectáculo. Lo que se está haciendo ahora con su caso por parte de algunos medios no es periodismo: es explotación emocional con estética de periodismo.

Lo más grave es que todo esto se hace contra dos principios que están escritos negro sobre blanco. El primero es legal. La legislación española protege el honor, la intimidad y la propia imagen, y no como una abstracción académica, sino como límites concretos a lo que se puede publicar cuando hay víctimas, cuando hay investigaciones en marcha, cuando la vida de una familia entera está siendo diseccionada en prime time. Es una hipocresía monumental ver cómo algunos programas se llenan la boca con la palabra “justicia” mientras vulneran, una tras otra, las garantías básicas que hacen posible esa justicia.

El segundo principio es ético, y aquí la responsabilidad es aún más directa. Cualquier estudiante de primero de Periodismo ha leído o escuchado que el dolor de las víctimas no es materia prima con la que rellenar minutos, que no se puede confundir el derecho a la información con el derecho a fisgonear. En la práctica, sin embargo, hemos normalizado la idea de que si algo puede contarse, debe contarse; que si una cámara puede acercarse a la puerta de una casa, a un tanatorio, a un registro, entonces tiene casi la obligación de hacerlo. Y no. Hay límites que no son de acceso, sino de pura decencia.

Me preocupa especialmente el contexto en el que ocurre todo esto. En un pueblo pequeño, cualquier “dato” lanzado a la ligera desde un plató se convierte en rumor multiplicado, en estar en boca de todos, en que hablen de lo más íntimo de las personas. En concreto, de una mujer.

Además, este tipo de tratamiento mediático no solo daña a la familia: también entorpece las investigaciones. La policía y la Guardia Civil tienen que lidiar con pistas falsas que nacen de conjeturas televisivas, con testigos contaminados por lo que han visto y oído, con versiones de los hechos diseñadas para el espectáculo y no para la verdad. Se nos vende la idea de que “la presión mediática ayuda a que los casos no se olviden”, pero olvidamos añadir la letra pequeña: esa presión mal ejercida puede desviar el foco, puede forzar declaraciones, puede empujar a los investigadores a trabajar con ruido en lugar de con datos.

Hay otro elemento que me indigna: la impunidad cultural con la que se hace todo esto. Los códigos deontológicos están ahí, sí, y de vez en cuando cae alguna sanción. Pero la sensación general es que sale rentable tirar de morbo. El castigo real no se mide en euros, sino en reputación, y la realidad es que muchos de estos formatos viven precisamente de eso: de ser “los que se atreven a contarlo todo”. Lo que no dicen es que “contarlo todo” significa, muchas veces, ignorar que hay derechos que no son suyos para ser negociados.

Como periodista, me cuesta aceptar que esta forma de trabajar se confunda con nuestro oficio. Informar sobre un crimen, sobre una desaparición, sobre una investigación judicial compleja, es necesario. Hay preguntas legítimas que la sociedad tiene derecho a hacerse y a ver respondidas. Pero informar no es recrearse en los detalles más escabrosos, ni ir un paso por delante de los investigadores inventando móviles, ni exhibir el sufrimiento ajeno en plano corto. Informar no es convertir a una familia desesperada en decorado dramático.

También me parece importante hablar de algo que casi nunca se menciona: el consentimiento. ¿Quién ha decidido que la vida de Francisca, sus rutinas, su carácter, sus relaciones, pueden diseccionarse públicamente hasta ese nivel? ¿Quién ha decidido que la voz que representa su memoria es la de un programa que no la conoció, pero que lleva días hablando de ella como si formara parte de su universo? La familia, por supuesto, tiene derecho a buscar altavoces que les ayuden, pero eso no convierte a los medios en propietarios del relato ni mucho menos aún de los detalles íntimos.

Y hay un riesgo adicional con el que las mujeres llevamos lidiando desde que existen los medios de comunicación: explicar mal ciertas cosas a veces equivale a justificarlas. Cuando se detalla una obsesión o un deseo como móvil de una violación o un asesinato machista, se corre el peligro de naturalizarlo, de presentarlo como una fuerza inevitable que “explica” la violencia, cuando es obvio que las mujeres también podemos sentir deseos obsesivos o impulsos intensos sin que eso nos lleve a actuar con brutalidad. Los hombres, en cambio, violan o cometen atrocidades no solo por deseo, sino porque sienten que pueden hacerlo, porque les ha sido concedido un poder estructural e impunidad que a las mujeres nunca se nos ha otorgado, y ese privilegio de actuar “porque se puede” es lo que los medios, al no explicarlo, terminan blanqueando.

A Francisca le debemos algo mejor. Le debemos un silencio respetuoso allí donde el detalle solo sirve para excitar la curiosidad ajena. Le debemos preguntas incómodas dirigidas a quienes tienen poder para esclarecer su asesinato, no a quienes se quedan sin defensas frente al foco. Y nos debemos a nosotras mismas un recordatorio sencillo: ninguna exclusiva, ningún pico de audiencia, ningún “bombazo informativo” merece el precio de convertir la vida y la muerte de una mujer en un espectáculo miserable, ni de perpetuar narrativas que justifican la violencia como inevitable en lugar de como un abuso de poder deleznable.

Frente a esa maquinaria, toca levantar una ética firme y feminista que ponga límites, que incomode y que recuerde lo esencial: ninguna audiencia vale más que la humanidad y la intimidad de una mujer. Y algunos medios extremeños, con buen criterio y gran profesionalidad, lo han demostrado.

Etiquetas
stats