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CRÓNICA

No rompes nada en Galicia y con eso ganas las elecciones

Cinco monjas hacen cola en un colegio electoral de Santiago el domingo.

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Parece inaudito escribirlo, casi inconcebible, pero se podría decir que la clave de la campaña gallega la dio hace unos días un tertuliano de la TVG, la televisión autonómica. “Rueda tiene la ventaja de que no rompió nada en el tiempo que lleva de presidente”, dijo en uno de los elogios menos entusiastas que se puedan hacer a un jefe de Gobierno. El electorado vino a darle la razón este domingo. Después de un año y nueve meses de presidente de la Xunta, Alfonso Rueda apenas podía presentar algo como activo, nada que lo distinguiera de su antecesor. Contaba con algo más sólido: la maquinaria electoral del PP gallego.

Con Rueda hay que poner el listón muy bajo en las expectativas personales. En ese sentido, era todo un reto para su partido, que podía haberse quedado sin recursos después de cuatro victorias consecutivas, las tres últimas muy fáciles. No fue el caso. No podía apostar por la brillantez del candidato, pero sí por la fortaleza de la marca. No tenía ninguna idea nueva, sino más de lo mismo. Fue suficiente.

Como estamos en tiempo de carnaval, Rueda se disfrazó de Gandalf, el mago. Buena elección en teoría. A quién no le cae bien Gandalf. Pero iba vestido de gris y por tanto era Gandalf El Gris, antes de su metamorfosis. Alguien no había tenido reflejos suficientes, o sencillamente nadie se atrevió, para decirle que igual no era buena idea, porque el color recordaría una de sus características más definidas como político. Rueda es gris. Su carisma o falta de él es la del hombre corriente. Nunca esperas de él una idea original ni llamativa. Al final, pedía que le votaran para seguir haciendo lo de antes. Sin romper nada.

Con todo eso, el Partido Popular acabó obteniendo el 47,4% de los votos (dato con el escrutinio al 98%) que resulta que son sólo unas pocas décimas menos que la victoria clara que consiguió Feijóo en 2020, que nunca estuvo en peligro.

La falta de energía del líder del PP gallego, unida a la irrupción estrepitosa de Alberto Núñez Feijóo quitándole todos los focos al sucesor con su torpeza en un encuentro con periodistas, hizo que la campaña del BNG brillara mucho más. Ana Pontón obtuvo los réditos de sus cuatro años de oposición y un mensaje de ilusión que levantó las expectativas de los nacionalistas hasta lo más alto. Hay que suponer que dio un bocado brutal al electorado socialista, que esta vez huyó espantado de su partido y de su candidato.

El BNG disfruta ahora del mejor resultado de su historia –seis diputados más y el 31,5% de los votos– y consolida para mucho tiempo su papel de liderazgo de la izquierda gallega. Para ellos, la gran meta no era sumar más escaños, sino ser el estandarte del cambio político. “Nuestro objetivo era abrir un tiempo nuevo en este país”, afirmó en la noche del domingo Ana Pontón. Por eso, dijo entender la “decepción” de la gente que votó al BNG.

Los dos partidos del Gobierno central salieron medio muertos de Galicia. Las opciones de Sumar eran de entrada muy escasas. El tiempo de las Mareas gallegas, en las que Yolanda Díaz jugó su papel, pasó hace tiempo y no va a revivir. Claro que una cosa es no contar con muchas opciones de ser relevante y otra sacar el 1,8% y quedar por debajo de Vox. Cuando lleguen las autonómicas vascas, tampoco estarán para muchas alegrías.

La historia del PSOE en Galicia es la de una decadencia progresiva en la última década que no sólo no logran detener, sino que ahora se ha acelerado. Los socialistas no paran de enlazar candidatos con escasas dotes de liderazgo y cuyo mayor fuerza suele ser el dedo de Moncloa o Ferraz.

Gómez Besteiro fue la última idea genial de Pedro Sánchez, tan fracasada como otras decisiones tomadas sobre el PSOE madrileño. El hundimiento es de tal calibre que da un poco igual si cambian a Besteiro de inmediato o lo mantienen a la espera de un proceso de reflexión más amplio. El PSOE ha roto su suelo y aún puede seguir mirando hacia abajo.

En 2009, Feijóo salvó el cuello de Mariano Rajoy en unas elecciones gallegas que la dirección nacional del partido necesitaba ganar como el comer. Rajoy se batió a fondo en localidades pequeñas, mientras Feijóo se ocupaba de los grandes mítines, con lo que asumía la parte central de la campaña. Quince años después, cambiaron las tornas en una situación no exactamente idéntica, pero con algunas similitudes. Esta vez, fue Rueda el que salvó a Feijóo o al menos puso fin al estado de shock en que vivían el PP y su líder después de las elecciones de julio.

Galicia ha vuelto a dar un chute de energía al Partido Popular cuando más lo necesitaba. También es verdad que no hay muchos sitios donde sea tan fácil ganar elecciones haciendo nada o muy poco.

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