Heike Freire, filósofa: “Demasiadas pantallas están dañando la relación humana en las aulas”
Heike Freire (Gijón, 1965) lleva casi tres décadas investigando la relación entre naturaleza, educación y desarrollo humano. Filósofa y psicóloga, es una de las principales referentes de la llamada Pedagogía Verde, un enfoque que reivindica el contacto con el mundo natural como una necesidad básica, especialmente durante la infancia. Es autora, entre otros libros, de Educar en verde. Cómo superar el déficit de naturaleza y cultivar el amor a la Tierra (Paidós, 2026), edición renovada y ampliada de su obra de referencia publicada originalmente en 2011; ¡Estate quieto y atiende! Ambientes más saludables para prevenir los trastornos infantiles (Herder, 2017) y Patios vivos para renaturalizar la escuela (Octaedro, 2020).
Pero su reflexión ha ido mucho más allá de sacar a los niños de las aulas: Freire sostiene que la crisis ecológica que vivimos es también una crisis interior. Nos hemos separado de nuestros cuerpos, de nuestros ritmos y del resto de los seres vivos hasta el punto de olvidar que nosotros también somos naturaleza. Frente a una sociedad acelerada, hiperestimulada y cada vez más mediada por pantallas, propone recuperar la atención, las sensaciones y la relación directa con lo vivo. Sobre esta idea girará Viaje a tu Ecología Interior, el taller que Freire impartirá el próximo 26 de septiembre en Espai Buit, en Palma, donde atiende a elDiario.es.
Para situarnos, ¿qué es exactamente la “ecología interior”?
Solemos entender la ecología como un problema técnico y material, pero autores como Félix Guattari nos recuerdan que la ecología es una forma de relacionarnos con nosotros mismos, con los demás y con la Tierra.
Los ecosistemas necesitan diversidad, ciclos de descanso, observación, cuidado, equilibrio, regeneración... Y nosotros también. Por eso hablamos de tres ecologías: la ambiental, la social y la personal. Ninguna es más importante que las otras: forman parte de un mismo proceso sistémico y global.
Los problemas ecológicos que tenemos con la naturaleza “de ahí fuera” están también dentro de nosotros. Los tenemos con nuestra propia naturaleza. De hecho, estamos destruyendo la Tierra precisamente porque estamos desnaturalizados. Esa desconexión de nuestros ritmos y necesidades vitales, personales, creativas, sociales y espirituales nos vuelve nocivos para nosotros mismos y para el planeta.
¿Puede existir una verdadera ecología interior si nuestra atención está continuamente colonizada por estímulos externos?
No. Ese es uno de los principales problemas. Desde la Pedagogía Verde, un modelo del desarrollo humano en el que llevo trabajando casi 30 años, la base del ser humano es la sensación. La sensación que lleva al movimiento del cuerpo y de la mente es el primer “ladrillo” en la construcción del edificio que es un ser humano. Después vienen la emoción, la intuición, la imaginación, la memoria, el pensamiento...
Y lo que nos lleva a sentir algo es precisamente poner la atención ahí. Sin atención a nuestras sensaciones, no sentimos nada. Si, en lugar de tener nuestra atención dirigida hacia nosotros mismos y hacia las sensaciones de nuestro cuerpo, la tenemos secuestrada por estímulos artificiales programados para retenerla y dirigirla con independencia de nuestra voluntad, no es posible.
Este diagnóstico ya existía antes del tsunami de las pantallas. Sin embargo, parece que el proceso de desconexión se ha acelerado.
Totalmente. Los luditas, aquellos obreros del siglo XIX que lucharon contra las máquinas porque reemplazaban su trabajo, también denunciaban que destruían los vínculos sociales y colonizaban sus cuerpos: les quitaban la libertad de moverse como lo hacían en los talleres artesanales.
Esa máquina que colonizaba el cuerpo humano si has visto una cadena de montaje, sabes que el cuerpo tiene que adaptarse completamente a esos ritmos mecánicos está colonizando ahora también nuestras mentes. Y no solo el pensamiento, la imaginación, la memoria o la lógica. También el mundo psíquico, el mundo emocional, lo que los antiguos llamaban el alma.
Si nos centramos en los más jóvenes, los últimos datos del informe PISA vuelven a señalar serios problemas de comprensión lectora, concentración y dificultad ante el esfuerzo de los alumnos. ¿Estamos empezando a medir académicamente las consecuencias de una transformación cultural mucho más profunda?
La infancia es un espejo donde vemos con claridad cómo la cultura moderna construye al ser humano. La educación que le damos hoy a un niño o una niña va a producir un determinado tipo de ser humano. Y podemos utilizar la palabra “producir”, porque vivimos en una sociedad de fábrica y de producción.
Sin ánimo de alarmar, creo que estamos tocando límites muy graves. Durante años se ha introducido muchísima tecnología en las escuelas. En muchos centros han ido a fondo: los alumnos pasan muchas horas “enchufados” a las máquinas y, cuando las maestras van a “desenchufarlos”, por pura fisiología, se ponen de muy mal humor. Quienes tienen hijos saben muy bien de qué estoy hablando.
Esas reacciones hacen todavía más difícil el trabajo educativo. ¿Y qué hace la maestra ante esa dificultad? Los vuelve a conectar. Entramos en un bucle que daña la relación humana. Esto está pasando en muchas aulas donde, desgraciadamente, la tecnología ha entrado “a lo bestia”, sin realizar ningún análisis pedagógico sobre cómo trabajar con una herramienta tan poderosa.
En muchas aulas, desgraciadamente, la tecnología ha entrado 'a lo bestia', sin realizar ningún análisis pedagógico sobre cómo trabajar con una herramienta tan poderosa. Creo que estamos llegando a un punto de retorno
Creo que estamos llegando a un punto de retorno. En países como Suecia, y también en algunas comunidades de España, están empezando a destecnologizar las aulas porque realmente nos hemos pasado muchísimo de rosca.
Recientemente, el conseller de Educación del Govern, Antoni Vera, ha afirmado que tenemos que volver al papel y al boli en las aulas. ¿Está de acuerdo?
Donde tenemos que volver es a la naturaleza. Antes de estas máquinas maravillosas ya teníamos una escuela encerrada, muy mental y abstracta, que gira en torno a dibujos, gráficos y palabras; una escuela donde faltan las sensaciones, las emociones, la imaginación... Una escuela donde los niños están sentados durante seis horas en un aula, con el cuerpo “atado” a una silla, sin movimiento y sin estimulación natural. Esa escuela en la que tú y yo mirábamos por la ventana y soñábamos con el mundo exterior.
Evidentemente, el lápiz forma parte de un mundo real y material que te entra por los sentidos, y escribir libremente es una forma de expresión que cultiva tu mundo interior. Pero necesitamos volver a encontrarnos con la tierra, con los ecosistemas, con todos los seres vivos. Necesitamos recuperar ese contacto precisamente para ser más humanos.
¿Qué proporciona un bosque, un jardín o el juego al aire libre que no proporciona esa educación tan mental?
Una construcción de la persona desde la autonomía, que es la característica más importante de lo vivo. Desde la libertad y la autoconciencia, que son claves para un ser humano pleno. Una construcción que empieza por la sensación y la emoción para llegar más tarde a la lógica y el lenguaje.
También reconoce y confirma ese vínculo innato que todo ser vivo tiene con los demás seres vivos. Porque lo vivo es una unidad, un microcosmos dentro de un macrocosmos enorme donde todo está conectado.
Y esto, que parece tan sencillo, incluso obvio, es algo muy grande, porque sienta las bases de una persona sana, autónoma, solidaria y feliz. Es lo que hace que alguien sea ella misma, auténtica, “salvaje”, y no un engranaje más de esa cadena de montaje.
Usted afirma que “somos naturaleza”. ¿En qué momento empezamos culturalmente a percibirnos como algo separado de ella?
Hay muchas hipótesis. Pero ya en la cultura griega la palabra “naturaleza” aparece en un momento dado como opuesta a cultura, a civilización.
En muchos pueblos indígenas ni siquiera existe esa idea: existe el territorio. Tienen conciencia de pertenecer a un territorio, de formar un todo con él. En el origen de la cultura occidental, la distinción naturaleza-cultura está en el origen del antropocentrismo: para controlar y dominar la naturaleza, para explotarla, el ser humano se separa de ella.
Cuando miras un paisaje el bonito paisaje de Mallorca, por ejemplo, estás mirando una escritura, algo que tus antepasados han contribuido a diseñar, que han plantado y trabajado. Pero lo han hecho en colaboración con todos los demás seres vivos que configuran ese ecosistema.
El verdadero problema es el antropocentrismo. Siempre nos ponemos por encima, con la idea de que todo está a nuestro servicio. Vamos a la naturaleza a extraer minerales, a explotarla para el turismo, incluso a relajarnos, a “recargar las pilas”. Nunca pensamos en dar. Tenemos una relación extractiva porque no nos consideramos naturaleza: nos consideramos superiores, diferentes, más listos.
Todos los libros dicen: “El ser humano es el ser vivo más inteligente”. Pues mira tú, para ser sapiens dos veces, estamos actuando de manera bastante tonta, poniendo en peligro toda la vida del planeta y nuestra propia vida.
Para ser sapiens, estamos actuando de manera bastante tonta, poniendo en peligro toda la vida del planeta y nuestra propia vida
Estamos en medio de una crisis, el diagnóstico parece hecho y, sin embargo, el barco continúa hacia las rocas. ¿Por qué nadie gira el timón?
No creo que el diagnóstico esté “hecho” en el sentido de asumido por toda la sociedad. Recuerdo a Gus Speth, que trabajó muchísimos años en medioambiente y fue asesor de la Casa Blanca sobre cambio climático. Dijo una vez que, cuando era joven, pensaba que los tres principales problemas ecológicos eran la pérdida de biodiversidad, el colapso de los ecosistemas y el cambio climático. Después llegó a la conclusión de que eran el egoísmo, la codicia y la apatía. No son problemas técnicos, sino humanos.
Quizás el diagnóstico esté hecho, pero solo desde el punto de vista técnico. Y cualquier solución meramente técnica va a generar nuevos problemas. Tratamos de resolver los problemas ambientales con energías eólicas y solares y generamos otros impactos sobre el paisaje, la biodiversidad o conflictos sociales y territoriales. Las soluciones no pueden ser técnicas ni parciales: deben ser globales, holísticas, tener en cuenta las tres ecologías y sus interrelaciones, porque el problema también lo es.
Cualquier solución meramente técnica va a generar nuevos problemas. Las soluciones no pueden ser técnicas ni parciales: deben ser globales, holísticas
¿La crisis ecológica es también una crisis de nuestra relación con el tiempo?
Claro. Para mí, uno de los principales problemas ecológicos es la aceleración que llevamos, esa sensación de no llegar. El estrés es uno de los problemas más gordos porque nos saca completamente de nuestra naturaleza. No nos permite conectar con nosotros mismos, con nuestras sensaciones, nuestros ritmos y nuestras necesidades auténticas. La prisa nos saca de los ritmos de la Tierra, que son los ritmos de nuestro cuerpo. Y hay todo un mundo artificial y tecnológico pensado para que vayamos cada vez más deprisa.
¿La educación nos enseña, en cierto sentido, a dejar de ser naturales? ¿Qué puede recuperar un adulto de aquella espontaneidad infantil?
Puede recuperarla toda, sin necesidad de idealizar lo infantil. Se trata de reconectar con nuestra biofilia innata, ese amor por lo vivo que está dentro de cada uno de nosotros y que es imprescindible para nuestra supervivencia. Hace falta todo un proceso de desdomesticación, ir quitándonos las capas de miedo, la sensación de impotencia, de aislamiento... para atrevernos a ser quienes realmente somos. La guía es el amor por lo vivo.
Hace falta todo un proceso de desdomesticación, ir quitándonos las capas de miedo, la sensación de impotencia, de aislamiento... para atrevernos a ser quienes realmente somos. La guía es el amor por lo vivo
Habla de cuerpo, emociones y ritmos vitales. ¿La ecología interior es una evolución de la Pedagogía Verde?
No. Ha estado ahí desde el principio. Estudié Filosofía en París y mis bases filosóficas están muy vinculadas a autores como Deleuze y Guattari. Cuando empecé con la Pedagogía Verde y a trabajar con niños en espacios naturales me di cuenta de algo fundamental: el lugar no es el problema de la pedagogía. Puedes sacar a los niños al bosque, pero, si la persona que educa tiene miedo, no conecta con lo vivo o no se siente parte de ese entorno, difícilmente podrá educar en contacto con la naturaleza.
Por eso empecé a defender una idea que entonces era bastante difícil de sostener: lo que educa es la persona. Todo el mundo buscaba herramientas, metodologías, didácticas... Y yo decía: “No, lo que educa es la persona”. Si queremos educar en contacto con la naturaleza, quienes educamos necesitamos recuperar también esa conexión.
Lo que educa es la persona. Puedes sacar a los niños al bosque, pero, si quien educa no conecta con lo vivo, difícilmente podrá educar en contacto con la naturaleza
Y esto sirve más allá de la escuela. Desde la pandemia se han llenado los parques y ha aumentado muchísimo la búsqueda de paisajes naturales, pero estar en la naturaleza no significa necesariamente relacionarse con ella de otra manera. Podemos ir a una cascada, a un bosque o a un paisaje maravilloso y seguir mirándolo desde fuera, como un objeto que consumimos para sentirnos mejor.
La cuestión no es dónde estás, sino cómo te relacionas con lo vivo. Por eso doy tanta importancia a esa conexión interior: conmigo misma, con los demás y con la Tierra; aquí, ahora, en este lugar, en este territorio. A partir de ahí se pueden encontrar millones de caminos.
Se habla mucho de transición ecológica, pero poco de la transición cultural y psicológica necesaria para que el cambio se manifieste fuera.
Lo más dramático es que el ser humano, cuando extrae y destruye, no lo hace realmente para su beneficio. Lo hace porque es un ser desnaturalizado. Extrae y destruye para desnaturalizarse todavía más, para crear más malestar, más dolor, para enfermar todavía más. Hay una crítica a la noción de progreso que es imprescindible para renaturalizarnos. Pensamos que explotamos la Tierra para vivir mejor. Pero, si miras cómo está evolucionando nuestra cultura, ¿dirías que estamos mejorando?
Pensamos que explotamos la Tierra para vivir mejor. Pero, si miras cómo está evolucionando nuestra cultura, ¿dirías que estamos mejorando?
En Mallorca todo el mundo dice que ama el territorio y el paisaje, pero continuamos sosteniendo una economía profundamente extractiva. ¿Cómo se resuelve esa contradicción?
Para mí es muy importante llegar a ese ser humano más natural, renaturalizarnos nosotros. Ahora hablamos mucho de agricultura regenerativa. Necesitamos regenerarnos como personas en nuestras relaciones con nosotros mismos, con los demás y con la Tierra.
Mira cómo son y cómo viven las personas que están defendiendo más del 80% de la biodiversidad de la Tierra: son indígenas. Eso no significa necesariamente renunciar a la tecnología. Significa que están inmersas en una tradición, que honran una memoria y que reconocen y practican el amor por la Tierra.
El paisaje que tenéis en Mallorca no es una condición para que vosotros estéis bien. Es el resultado de unas personas más naturales que nosotros que han cultivado ese paisaje en colaboración con un montón de seres vivos a lo largo de generaciones.
No significa que tengamos que volver a las cavernas. Pero no podemos seguir con los ojos cerrados al hecho de que, si no nos transformamos profundamente, no habrá ningún cambio fuera. Porque lo de dentro y lo de fuera es lo mismo.
No podemos seguir con los ojos cerrados al hecho de que, si no nos transformamos profundamente, no habrá ningún cambio fuera. Porque lo de dentro y lo de fuera es lo mismo
Una persona que se da cuenta de que se ha desconectado, ¿qué camino debe recorrer para reconectar?
Si tuviera que decir una sola cosa, en realidad diría dos. La primera es conectar cada día contigo y con tus sensaciones. Da igual que sea bajo el agua de la ducha, contemplando una nube o escuchando un pájaro de camino al trabajo. Es volver a tu cuerpo, volver a ti y a lo que sientes.
Y la otra sería hacer una locura cada día. Queremos dominarlo y controlarlo todo. Así que viene muy bien un poco de descontrol, un poco de locura que haga entrar aire fresco. A veces les digo a mis alumnas: “¡Sal de la máquina!”. Haz una locura, aunque sea pequeña, pero sal de ahí, porque eso te conecta con la espontaneidad de lo vivo en ti.
Queremos dominarlo y controlarlo todo. Así que viene muy bien un poco de descontrol, un poco de locura que haga entrar aire fresco
¿Cómo imagina un mundo en el que hayamos hecho las paces con la naturaleza?
No me lo imagino como un final feliz. Para mí, el contacto con la naturaleza es un horizonte, no el final de un viaje. La ecología, a todos los niveles, es una cuestión de lugar, de saber ponerte en tu lugar y saber estar en tu lugar. La conexión con la naturaleza es un viaje. Y en el punto en el que estamos ahora mismo va a ser un viaje muy largo porque cada vez nos alejamos más.
Para mí, el contacto con la naturaleza es un horizonte, no el final de un viaje. La ecología, a todos los niveles, es una cuestión de lugar, de saber ponerte en tu lugar y saber estar en tu lugar
Confío en que lleguemos pronto a un punto en que la lejanía sea tan grande que se produzca un efecto rebote. Que empecemos a dar valor a todo lo que hemos perdido por el camino. Porque el amor por lo vivo, la vida en sí, tiene muchísima fuerza.
Si observamos al resto de los seres vivos, ellos no parecen haberse desconectado. ¿Qué ha sucedido con nosotros?
Ese es uno de los problemas: cuando pensamos en diferencias, las jerarquizamos. El ser humano es diferente a su manera, igual que cada ser vivo es diferente. No es “el diferente”.
Debemos aprender a integrar nuestra diferencia entre los millones de diferencias que constituyen lo vivo. Porque lo vivo son diferencias. No hay dos animales ni dos plantas iguales.
Los seres humanos tenemos nuestra propia diferencia, pero eso no nos hace mejores ni peores, ni nos sitúa por encima ni por debajo. Lo que necesitamos es entrar todavía más en ella, ser más eso que somos. La naturaleza humana, cuando la miras, es muy hermosa.
Me da muchísima pena esa especie de culpa que sentimos por ser diferentes, estar convencidos de que somos “malos” para el planeta. ¿Qué nos está pasando? ¿Qué cosa tan enfermiza ha sucedido para que ya ni siquiera sintamos que tenemos permiso para habitar esta Tierra?
Para terminar, va a ofrecer un taller en Palma sobre ecología interior. ¿Qué se va a encontrar quien asista?
Vamos a trabajar sobre todas esas cosas que nos desconectan. Vamos a interiorizar una manera respetuosa y cariñosa de entrar en contacto y relacionarnos con nuestra ecología interior, con todas las dimensiones de nuestra persona. Como si nuestro interior fuera un jardín o un huerto que muchas veces hemos tratado con pesticidas y grandes podas y que ahora vamos a observar y cuidar para regenerarlo, para que florezca con su propia biodinámica.
Vamos a vivir nuestro cuerpo y nuestro ser completo, nuestra psique, como ese ecosistema complejo que es, con sus ritmos, sus ciclos y sus estaciones, para volver a conectar con lo que está en el fondo: el amor por lo vivo. Lo que vamos a experimentar es una especie de desdomesticación: quitarnos todas esas capas que nos han constreñido y redescubrir quiénes somos realmente y, por lo tanto, dónde estamos, qué sentimos y qué necesitamos de verdad.
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