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El 'patuet', un barón terrateniente y un premio Nobel de Literatura: la huella menorquina en Argel

Zapateros menorquines emigrados a Alger.

Santiago Torrado

Menorca —

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Fort de l’Eau es un barrio de Maó (Menorca) construido en la parte alta del puerto a mediados del siglo XIX. Este vecindario es algo más que el testimonio vivo de la dominación francesa de la isla, sucedida entre 1756 y 1763. Anida entre sus calles y esquinas la historia de cómo, durante casi cien años, miles de menorquines salieron de sus casas en busca de un futuro mejor en las costas de Argelia. Un cordón umbilical hecho de familias migradas, mestizaje y colonialismo, guerras y miseria, que une todavía hoy a Menorca con el país norteafricano. 

En 1830 Francia inició la invasión y colonización de Argelia, utilizando como base de operaciones y lugar de atención a soldados heridos y muertos las instalaciones del Puerto de Maó. De este proceso histórico queda todavía hoy un cementerio francés donde descansan los restos de más de una decena de soldados galos, ubicado en Cala Partió. La necrópolis fue restaurada por la embajada de Francia en 2011 con presencia de funcionarios y autoridades locales.

En este contexto, Menorca languidecía en medio de una fuerte crisis económica que combinaba varias características: la decadencia del imperio español, una alta tasa de natalidad y una fuerte escasez de alimentos y productos básicos, en parte debido a las restricciones al comercio impuestas por la corona española, que contrastaban con la política de libre transacción y exención impositiva del que la isla había gozado durante el período de la dominación británica.

“Sabemos que la llegada de menorquines se da desde el mismo momento del desembarco de colonos franceses en la costa de Sidi Fredj, que será pronto rebautizado como Fort de l’Eau, igual que el barrio mahonés”, cuenta el historiador experto en la migración menorquina en Argelia, Martí Carbonell. Según este académico, la expansión de menorquines en los alrededores de Argel se profundizará al mismo ritmo que la colonización. “Por ejemplo, la zona de Hussein Dey, a escasos kilómetros al este de la ciudad, es el primer lugar donde nos consta que hubo asentamientos menorquines, e incluso según fuentes documentadas hacia 1834 ya existía una calle llamada rue de Mahón situada en la baja Casbah”, explica.

Por otro lado, Carbonell sostiene que los principales picos de flujo migratorio desde Menorca hacia Argel fueron dos: durante la primera mitad del siglo XIX y después del final de la Guerra Civil. A su llegada a la Argelia colonizada, los menorquines migrados encontraron un aliado clave que les permitió un rápido ascenso social, muchas veces a expensas de la población colonizada: el barón Agustín de Vialar. Este noble francés, hermano de la monja canonizada Emilia de Vialar, fue un benefactor y proveedor de tierras para los colonos menorquines, que les permitió constituirse como una pequeña élite terrateniente muy importante para la administración colonial.

“De Vialar los sacó de la miseria y les dio tierras. Fue el artífice del secado del pantano de Rassauta en 1846 sobre el cual se construyó Fort de l’Eau, llamado Bordj el Kiffan”, dice el académico. Con todo, las relaciones entre colonos menorquines y población nativa no eran del todo armónicas. Las crónicas de la época narran el brutal asesinato de una familia menorquina establecida en el municipio de Kouba, el 18 de marzo de 1909, a manos de un bandolero argelino, y que fue narrado en una glosa escrita por el menorquín Luis Teixidó Sintes.

Les mahonnaise d’Argel, la Guerra Civil y el fin de la colonia

Según la investigadora Marta Marfany, doctora en filología catalana y traductora de francés, hacia finales del siglo XIX el consulado español en Argelia calculaba que había casi veinte mil menorquines viviendo en Argelia. Aunque turbulento en un principio, el cruce cultural entre migrantes isleños y población local llegó a ser tan profundo que dio lugar al nacimiento del patuet, un dialecto sui generis derivado del catalán y el magrebí argelino, que fue diluyéndose con el tiempo, tras la independencia del país norteafricano. “Después de la independencia los colonos repatriados se dispersaron. Muchas familias que habían sido vecinas durante generaciones quedaron alejadas. Sin embargo estas personas continuaron estableciendo vínculos a través de encuentros y celebraciones, e incluso algunos, ya de edad avanzada, todavía conservan aquella lengua”, dice Marfany.

El cruce cultural entre migrantes isleños y población local llegó a ser tan profundo que dio lugar al nacimiento del patuet, un dialecto sui generis derivado del catalán y el magrebí argelino

Con el final de la Guerra Civil, el número de exiliados que llegaron a las costas de Argelia volvió a subir. “Aunque no todos los que llegaron en este período lo hicieron por motivos políticos o ideológicos, ya que muchos viajaron hacia el sur del Mediterráneo debido a la numerosísima presencia menorquina, el porcentaje de exiliados que huían de la represión franquista y la miseria de posguerra destaca claramente. Allí muchos de ellos se establecieron definitivamente como refugiados”, sostiene Martí Carbonell, y añade que “uno de los ilustres exiliados que llegaron una vez acabada la Guerra Civil fue Francesc Pons Carreras, alcalde de Maó durante la Segunda República, cuyos restos todavía descansan en tierra argelina”.

Además del patouet y de Fort de l’Eau, una de las herencias más relevantes que dejó este proceso migratorio es el premio Nobel de Literatura, Albert Camus, cuya abuela había nacido en el pueblo menorquín de Sant Lluís. Catalina Elena Sintes, madre de la madre de Camus, fue una de las miles de personas originarias de Menorca que arribaron a las costas norteafricanas, probablemente a finales del siglo XIX. “De hecho, en la obra póstuma de Camus ”El primer hombre“, hace referencia al asesinato de la familia menorquina ocurrido en Kouba en 1909. Es evidente que el autor francés conocía el caso, más todavía si pensamos que su madre y su abuela debieron vivir el episodio desde muy cerca”, sostiene Marfany. 

La abuela de Albert Camus, el premio Nobel de Literatura, nació en Menorca. Ella fue una de las miles de personas originarias de la isla que llegaron a las costas norteafricanas a finales del XIX

La guerra de liberación nacional de Argelia puso fin a todo vestigio de colonialidad. La independencia del país norteafricano, conquistada en 1962 tras una larga y sangrienta guerra, abrió una etapa que cubre con un velo de muchas décadas la historia de los menorquines de Argel. Aunque estos migrantes venidos de la más agreste y distante de las Balears no fueran directamente la fuerza colonial e invasora, es cierto que en algunos casos jugaron un rol importante en la instauración de la administración colonial.

Traer el recuerdo de las migraciones pasadas al presente es un ejercicio poderoso y necesario. Ya fuera como colonos o como exiliados, la búsqueda de un futuro mejor allende el mar es un fenómeno que está presente en la memoria de Menorca desde siempre, aunque con frecuencia parece olvidarse. En estos días en que el Mediterráneo es el epicentro de un proceso migratorio de proporciones históricas y alcances inciertos, conviene convocar al presente las imágenes de ese pasado, y recordar que aunque hoy somos lugar de destino, muchas otras veces, fuimos los recién llegados.

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