La pesadilla de los enfermos de cáncer en Ibiza: “Me descubrieron el tumor porque fui a Urgencias”
Carlos Lorente Colomar ve dos caras conocidas al salir del hospital de Eivissa. Un matrimonio –mediana edad– que sabe qué hay dentro de la carpeta que lleva este hombre –alto, voluminoso, moreno, gafas de pasta– bajo el brazo izquierdo.
–¿Tenías cita hoy, Carlos? –dice él.
–¡No, no! He quedado con estos periodistas, que quieren preguntarme por mi historia. ¿Y vosotros qué hacéis por aquí?
–Nada, nada. Venimos porque yo –dice ella– tenía que ver al dermatólogo. Pero tú… ¿cómo vas de lo tuyo?
“Lo tuyo” es un tumor que hizo que el riñón derecho de Carlos –cuarenta y siete años cuando le diagnosticaron la enfermedad, hace ahora dos veranos– llegara a pesar “un kilo”. “Cuando lo normal es que como mucho pese doscientos gramos. Después de una operación, en Son Espases [el hospital balear de referencia, en Mallorca] y diecisiete ciclos de inmunoterapia, vuelvo a encontrarme bien. He tenido mucha suerte. ¿Sabes por qué? El cáncer me lo descubrieron en una visita a Urgencias, si hubiera tenido que esperar a que me dieran una cita con un especialista que luego me derivara a un oncólogo… Por desgracia las listas de espera son muy lentas en esta isla”.
La de Oncología, algo más de dos semanas. “La tercera más baja” de las Illes Balears, como presumen desde el Àrea de Salut d’Eivissa i Formentera. Pero la estadística da, según los colectivos de pacientes de cáncer que tienen sede en las Pitiüses, una imagen incompleta de lo que ocurre al sur del archipiélago. No tan sólo porque el servicio oncológico de Can Misses lleve años sin trabajar a pleno rendimiento –ahora, hay tres plazas y media cubiertas de las siete con las que debería contar el departamento–, sino porque el colapso es estructural. Los dieciocho días que tarda, de media y derivado por otro especialista –el neurólogo, la hematóloga, la neumóloga, el traumatólogo…–, un paciente en encontrarse por primera vez con el oncólogo que le acompañará y guiará en su proceso de curación se multiplican por una cifra difícil de definir cuando se intenta calcular el tiempo que pasa entre una visita al médico de cabecera y la operación para extirpar un tumor o el inicio de un tratamiento.
“Para el cáncer el tiempo es muy importante. Si se tarda en dar las citas, no hay tiempo para valorar al paciente adecuadamente y hay listas de espera muy largas para las pruebas diagnósticas”, explica Paloma Medina Rebollo, una palentina que ejerce como psicooncóloga para la Asociación Española contra el Cáncer (AECC) desde las Pitiüses. “A lo mejor, cuando se detecta el cáncer –continúa la terapeuta– es ya demasiado tarde o el tratamiento va a ser mucho más complicado y las posibilidades de recuperación van a ser menores. Para poder mejorar, hay que fijarse en todo el proceso. Y el proceso empieza desde una buena prevención, hacer bien los programas de cribado, un sistema sanitario bien estructurado. El problema no está solo en Oncología, también está fallando la Atención Primaria, las pruebas diagnósticas y las Urgencias”.
Para el cáncer el tiempo es muy importante. Si se tarda en dar las citas, no hay tiempo para valorar al paciente adecuadamente y hay listas de espera muy largas para las pruebas diagnósticas
La misma sensación que explica la psicóloga Medina la comparten algunos médicos del sistema de salud público pitiuso con los que ha hablado elDiario.es. Estos profesionales cuentan que si al informe de un paciente que entra en la consulta con síntomas sospechosos no se le pone la etiqueta de “preferente” se corre el riesgo de que su caso se quede vagando como alma en pena por los pasillos de Can Misses. La coletilla, sin embargo, no siempre funciona. Amanda (nombre ficticio) es un ejemplo. Su caso lo contó el digital Noudiari a mediados de diciembre. En mayo de 2023, su médico solicitó, por la vía de urgencia, una cita con Digestivo. Por “un error”, como alegó el Àrea de Salut d’Eivissa i Formentera, la petición se degradó “de preferente a normal”. Tuvo que ser necesaria la repetición de una prueba de heces –con resultados anormales–, una falsa derivación a la Policlínica Nuestra Señora del Rosario –gracias a los convenios millonarios que mantiene el Ib-Salut desde hace décadas con la familia Vilás, los propietarios del único hospital privado que existe en Eivissa y Formentera– y una queja en el servicio de atención al paciente para que una colonoscopia confirmara lo que Amanda y su médico ya temían: metástasis en el aparato digestivo después de dos años sin ver a un oncólogo.
Una paciente pasó dos años sin ver al oncólogo porque su petición pasó de 'preferente a normal' por un 'error'
La historia de Amanda recuerda mucho a la de Lucía, a la que aún no ha explorado un especialista de la sanidad pública pese a que los primeros síntomas de la demencia que la acompaña se manifestaron, como le ocurrió a la paciente oncológica, hace dos primaveras. Ambas pasan de los setenta años, una edad en la que los problemas de salud se agravan.
La desbandada de especialistas
Los problemas en Oncología son crónicos. En 2022, como reconocen desde Can Misses, hubo “una desbandada” de especialistas. De cinco –el número de plazas autorizadas que había entonces– se pasó a uno. Fue necesario ofrecer peonadas a oncólogos mallorquines para que cruzaran el puente aéreo entre las islas y aliviaran un servicio desbordado. Pese a que desde 2024 se han ampliado las plazas –para firmar contratos más largos–, los precios desbocados de la isla –alquileres o hipotecas, gasolina, cesta de la compra, atasco en otros servicios públicos: Tráfico, ITV, Seguridad Social…– son un handicap difícil de salvar. Aunque los nuevos fichajes –el último, hace una semana– cobren 1.650 euros al mes como complemento de vivienda al tratarse de empleos “de muy difícil cobertura” y una oficina del Ib-Salut ponga en contacto a caseros y sanitarios interesados en alquiler por debajo de lo que pide un mercado salvaje.
Pese a que desde 2024 se han ampliado las plazas, los precios desbocados de la isla son un hándicap difícil de salvar. Los nuevos fichajes –el último, hace una semana– cobran 1.650 euros al mes como complemento de vivienda
El volumen de tareas tampoco ayuda a fidelizar profesionales. Inicios de tratamiento, tomar el barco una vez a la semana para atender a los pacientes de Formentera, consultas de revisión, comités de tumores y un extra, fuera de Oncología: guardias en planta. En diciembre, tras un motín de los pesos pesados del Àrea de Salut que propició un cambio de gerente, se reorganizó el tiempo de los oncólogos, que ahora pasan consulta también por la tarde. Una optimización de recursos que evidencian una realidad: no hay arraigo y, ante una oferta buena que llegue de la península –por ejemplo, para investigar– un oncólogo con mucha carrera por delante elige marcharse. Un dato: sólo el responsable de departamento lleva más de cinco años trabajando en Eivissa. No lo hace a jornada completa, al igual que dos de sus compañeros.
No hay arraigo y, ante una oferta buena que llegue de la península, un oncólogo con mucha carrera por delante elige marcharse. Sólo el responsable de departamento lleva más de cinco años trabajando en Eivissa. No lo hace a jornada completa, al igual que dos de sus compañeros
Los titubeos del Ministerio de Sanidad que dirige la anestesióloga Mónica García (Sumar) para impulsar cambios legales que impidan –al menos, a los jefes de servicio– trabajar a la vez en la privada y la pública permite a este médico ibicenco trabajar de forma simultánea en los dos modelos sanitarios. Algo muy diferente a lo que ocurre en Menorca. El Mateu Orfila –misma categoría que Can Misses: hospital insular– cuenta con cuatro oncólogos. Todas las plazas están cubiertas. Todas, a jornada completa. Con una zona sanitaria mucho menos poblada –96.000 frente a 161.000 habitantes–, los especialistas menorquines atendieron en 2025 más visitas –13.392 frente a 7.723– que sus colegas ibicencos.
A Carlos Lorente Colomar no le resulta extraña esta información. Antes de que le encontraran el tumor, ya seguía por la prensa el baile de oncólogos en Can Misses. Tampoco le pillan por sorpresa casos como los de Amanda o Lucía. Quizás no tan crudas, pero sí se ha encontrado algunas muy parecidas al sentarse cada semana en un semicírculo –Paloma Medina Rebollo, que es su psicóloga, en el medio– con otros enfermos de cáncer. “La terapia y los talleres que ofrecen estas asociaciones son necesarias para entender y relativizar lo que te pasa… escuchando a los otros. Sale de todo y, lo peor, es la impotencia que siente a quien, por la lentitud del sistema, no le han podido operar o dar un tratamiento a tiempo. Si no tienes síntomas y te lo descubren tarde… qué se le va a hacer. Pero cuando tú sabes que no estás bien y no hay manera de que te vea un especialista que te mande después al oncólogo… eso es muy difícil de digerir. Yo tuve, en el fondo, mucha suerte. A mí no me han visto varios oncólogos –como le ha ocurrido a mucha gente– porque, como están saturados y, sobre todo, se paga muchísimo por tener una vivienda en Eivissa –y ni te digo en Formentera– prefieren irse a otros hospitales”.
Sale de todo y, lo peor, es la impotencia que siente a quien, por la lentitud del sistema, no le han podido operar o dar un tratamiento a tiempo. Si no tienes síntomas y te lo descubren tarde… qué se le va a hacer. Pero cuando tú sabes que no estás bien y no hay manera de que te vea un especialista que te mande después al oncólogo… eso es muy difícil de digerir
Ir a Urgencias le salvó la vida
Una tarde de julio de 2024. Carlos Lorente Colomar deja de leer el libro que tiene entre las manos. Está sentado en el sofá de su casa y el corazón se le pone a mil por hora. Sin previo aviso. Tiene un pulsómetro a mano. Ciento cincuenta en reposo. Una locura. No es el calor húmedo. Tampoco una crisis de ansiedad. Ni una sensación nueva. Si acaso, más bestia que otras veces. Lleva semanas empapando las sábanas por las noches, perdiendo peso de forma alarmante, faltando al trabajo de forma intermitente. Algo le quema por dentro. Se lo ha contado a su médico de cabecera que, según el paciente, no sospecha nada. El corazón sigue desatado, pero no se lo piensa. Coge la cartera, el cargador del móvil, la bolsa de aseo, un libro. También prepara un pastillero. Con sumo cuidado: ordena dosis para varios días. Los medicamentos los deja cerca de la persona que está dejando en casa, la anciana a la que cuida desde hace años. Es su abuela. La misma mujer que lo crió cuando él era niño. Ahora –nonagenaria y dependiente– las tornas han cambiado.
Con los deberes hechos, unos minutos le bastan a Carlos Lorente Colomar para plantarse en la puerta del hospital. Nervios a flor de piel, pulsaciones que siguen siendo altísimas. En Urgencias alucinan con su estado. Le inyectan una dosis de morfina, lo visita un psiquiatra, se descarta que el paciente haya tomado algo para quitarse de en medio. Y, entonces, llega la internista que le cambia la vida. Dice el paciente oncológico:
–Tuve la gran suerte de que la doctora Macarena Pan Pérez-Villalobos fue quien me trató en Medicina Interna y, sabiendo que soy cuidador, me dio la opción de estar ingresado haciendo pruebas o, si lo prefería, ir por consultas externas. Opté por seguir su recomendación y al tercer día de estar ingresado, mientras comía, me dan la noticia: cáncer renal de células raras. “¿Ves, Carlos? Es como si a tu riñón, que encima tiene forma de herradura, está fusionado con el izquierdo, no hubieran dejado de echarle agua para que la absorbiera. Por eso está tan hinchado”, me dijeron. Después de cinco días ingresado me vio el urólogo y me dijo que era operable, pero en Son Espases. Tres meses después, el 16 de octubre de 2024, me extirparon el riñón derecho con un robot Da Vinci. Fue genial. Al mes de la intervención tuve un control, también en Mallorca, y luego seguimiento en Eivissa. Estaba en la lista del comité de tumores y, en enero de 2025, ya me vio el doctor Diego Iglesias Riera, uno de los oncólogos de Can Misses. Fue muy empático, me dio mucha documentación y me ayudó a decidirme por el tratamiento de inmunoterapia. El 2 de enero he acabado el último ciclo. Ya sólo me faltan el TAC y una analítica de control.
El relato de Carlos Lorente Colomar recuerda a otros que, sin desvelar datos personales, explican los médicos de Atención Primaria consultados para este reportaje y las asociaciones de pacientes de cáncer. Todos corrieron hacia Can Misses y los hospitalizaron. El box aceleró los trámites. Fue una gatera para acelerar un proceso donde el trato humano de los sanitarios marca la diferencia.
“Si aquella internista que me vio de urgencia no me hubiera preguntado si era fumador”, reflexiona el paciente oncológico, “y como nunca he fumado, no hubiera seguido rascando hasta saber que durante muchos años trabajé en una empresa de handling en el aeropuerto, y que lo que me ocurría podría estar relacionado con los humos y las radiaciones a las que estábamos expuestos –llevábamos cascos para los oídos, chalecos reflectantes, guantes… pero ni una mascarilla–, quizás me vuelvo a casa con una receta y a esperar cita con el urólogo o el nefrólogo. Mi cáncer se pudo operar porque todas las células que se habían vuelto locas estaban en el mismo punto. ¿Pero qué hubiera pasado si las hubiera tenido repartidas por el cuerpo?”.
Mi cáncer se pudo operar porque todas las células que se habían vuelto locas estaban en el mismo punto. ¿Pero qué hubiera pasado si las hubiera tenido repartidas por el cuerpo?”
Carlos Lorente Colomar lleva de baja desde aquel ingreso veraniego en Can Misses. En su empleo remunerado –seguía en el aeropuerto, pero de dependiente en un quiosco– porque a su abuela –“Llevamos esperando más de un año a que nos asignen una cuidadora en las listas de dependencia del Govern”– no ha dejado de atenderla. “Mi madre está en Burgos y tengo una tía y una prima aquí que, cuando lo he necesitado, me han ayudado. Pero no es fácil. Cada uno tiene su vida. A mí me llena pasar tiempo con mi abuela, es devolverle lo que me dio”, explica mientras va guardando sus documentos –diagnóstico, resultados, consentimientos, altas; noticias amargas y dulces– en la carpeta. Investigando por aquí y por allá, ha averiguado también el coste de todas las atenciones que generaron el papeleo que ahora lleva bajo el brazo. No las lleva apuntadas porque se las sabe de memoria. Antes de despedirse, las recita:
–En la Fundació Puigvert [una institución barcelonesa especializada en urología y nefrología] me dijeron que la operación me habría costado unos 45.000 euros. Cada ciclo de Pembrolizumab, 13.000 euros. Y he recibido diecisiete: la inmunoterapia me habría costado 221.000 euros. A esto hay que añadir los costes de las consultas, analíticas y TAC… que no sé cuantificar. Pero han sido analíticas cada seis semanas y también consultas con el oncólogo. Por eso mismo, nunca he estado tan orgulloso de pagar impuestos. Hasta que no nos pasa no somos conscientes de la sanidad pública que tenemos.
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