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Son Sunyer desvela los secretos de sus muertos de hace 3.500 años:

Esther Ballesteros / Francisco Ubilla

Mallorca —

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Hace unos 3.500 años, cuando las comunidades prehistóricas de Mallorca enterraban a sus muertos en cámaras excavadas en la roca, el entorno de Son Sunyer, en es Pil·larí (Palma), era muy diferente al paisaje que rodea hoy el aeropuerto. El Prat de Sant Jordi formaba una extensa laguna y una zona de humedales, y las cuevas funerarias se situaban cerca de la costa, en terrenos menos productivos que los del interior, donde se asentaban las comunidades que vivían de la agricultura y la ganadería. La necrópolis de Son Sunyer vuelve ahora a ofrecer pistas sobre aquellas poblaciones.

La campaña de excavaciones de 2026, desarrollada por el Instituto de Ciencias del Patrimonio del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (INCIPIT-CSIC), ha permitido documentar restos humanos y materiales arqueológicos vinculados al uso funerario de la Edad del Bronce, así como vestigios de las distintas etapas en las que estas cavidades fueron reutilizadas. La principal aportación de los trabajos no es únicamente la recuperación de nuevos objetos, sino la posibilidad de estudiar los restos en su contexto arqueológico. “Ahora se abre un abanico de nuevas líneas de investigación importantísimo”, explica Pau Sureda, investigador del INCIPIT-CSIC y codirector de las excavaciones.

El equipo ha podido identificar niveles correspondientes al uso prehistórico del hipogeo SSU9, descubierto en 2024 y excavado desde entonces. Aunque el depósito funerario presenta alteraciones y los restos humanos aparecen desarticulados y mezclados, su asociación con un contexto arqueológico documentado permite plantear preguntas que durante décadas resultaban difíciles de abordar en este tipo de yacimientos.

“Lo excepcional aquí es que encontramos niveles que corresponden a ese primer uso funerario”, señala Sureda. En otros hipogeos mallorquines, las reutilizaciones, los expolios y las intervenciones antiguas han provocado que las cámaras conserven su estructura, pero hayan perdido buena parte de los materiales que permitirían reconstruir su función original.

Restos humanos, cerámicas y preguntas todavía abiertas

Entre los materiales recuperados durante la campaña figuran restos óseos humanos y fragmentos de cerámica prehistórica asociados a la utilización funeraria de la cavidad. El equipo también ha documentado materiales de épocas posteriores, que permiten reconstruir parte de la historia del lugar después de que dejara de funcionar como necrópolis.

Los restos más antiguos apuntan a la Edad del Bronce, hace aproximadamente 3.500 años. Sin embargo, los investigadores todavía deben precisar su cronología mediante análisis científicos. Sureda advierte de que las dataciones podrían situar algunos materiales en torno a los 3.500 o incluso los 3.800 años de antigüedad, aunque por el momento no es posible establecer una fecha definitiva para todos ellos.

La investigación permitirá estudiar aspectos como la edad y el sexo de las personas enterradas, las patologías que padecieron y su alimentación. También abre la posibilidad de analizar su ADN antiguo para explorar posibles relaciones de parentesco entre los individuos y comparar sus características genéticas con las de otras poblaciones del Mediterráneo occidental.

Uno de los aspectos que los arqueólogos esperan esclarecer es la presencia de enterramientos infantiles. Los restos de menores ya habían aparecido en las investigaciones anteriores y constituyen una vía para profundizar en las prácticas funerarias de aquellas comunidades: quiénes eran enterrados en estas cámaras, cómo se organizaban los enterramientos y qué lugar ocupaban los niños dentro de los rituales colectivos.

“Podremos estudiar las patologías, la dieta y la herencia genética de los individuos”, explica Sureda. El investigador subraya que disponer de restos asociados a un contexto arqueológico bien documentado permitirá plantear nuevas hipótesis sobre la composición y la organización de aquella comunidad. No se trata, por tanto, de reconstruir únicamente quiénes fueron los individuos enterrados en Son Sunyer, sino de comprender cómo vivían las poblaciones a las que pertenecían y cómo se relacionaban con sus muertos.

Una necrópolis que sobrevivió a una cantera

El hallazgo de estos niveles prehistóricos cobra especial relevancia por la historia del yacimiento. Son Sunyer está formado por nueve hipogeos, cuevas artificiales excavadas en la roca que se utilizaron como espacios funerarios durante la Edad del Bronce. Sus cámaras presentan configuraciones diversas: algunas son pequeñas y de planta circular, mientras que otras tienen estructuras más complejas, con corredores, cámaras, bancos adosados a las paredes y nichos laterales.

El noveno hipogeo fue identificado durante la campaña de 2024, después de que el equipo advirtiera una estructura excavada en la roca que no encajaba con las huellas de una antigua cantera. La prospección con georradar permitió investigar las anomalías detectadas bajo el terreno y orientar la excavación posterior.

La existencia de esta cámara, que había pasado inadvertida, abrió una oportunidad para estudiar una estructura funeraria que no había sido documentada por las investigaciones anteriores. La campaña de 2026 ha permitido avanzar en el conocimiento de su interior y comprobar que, bajo los niveles de ocupación posteriores, todavía se conservaban evidencias del uso prehistórico.

Jordi Hernández, codirector de los trabajos e investigador del Instituto Catalán de Arqueología Clásica (ICAC-CERCA), explica que el yacimiento había sufrido una transformación importante por la extracción de bloques de marés durante los siglos XVI y XVII. La cantera destruyó parcialmente algunas de las cuevas y alteró sus depósitos arqueológicos.

Las cavidades también fueron reutilizadas a lo largo del tiempo para otros fines, como refugio o espacio para guardar animales. Estas actividades explican que en el mismo lugar convivan restos de distintas épocas y que la excavación deba distinguir cuidadosamente entre los materiales relacionados con el uso funerario original y los que corresponden a ocupaciones posteriores.

En la campaña de 2026, los investigadores han documentado fragmentos de cerámica talayótica que apuntan a una frecuentación del espacio durante aquella etapa de la prehistoria mallorquina. También han identificado vestigios vinculados a los usos posteriores de la cavidad.

Entre ellos figuran materiales relacionados con la explotación de la cantera. Sureda plantea incluso que algunos restos podrían corresponder a alimentos consumidos por los trabajadores que acudían a extraer bloques de marés y utilizaban el hipogeo como pequeño refugio o lugar de descanso. Se trata de una hipótesis que deberá valorarse a partir del estudio de los materiales.

La sucesión de evidencias convierte Son Sunyer en un registro de larga duración: un espacio concebido para enterrar a los muertos que, con el paso de los siglos, fue incorporado a otras actividades humanas.

El paisaje de los vivos y el de los muertos

La ubicación de Son Sunyer también ofrece información sobre la organización del territorio durante la Edad del Bronce. En aquella época, el entorno del Prat de Sant Jordi era una zona húmeda que no fue desecada hasta el siglo XIX.

Según explica Hernández, mientras los asentamientos se situaban en terrenos más favorables para las actividades agrícolas, las cuevas funerarias se concentraban en el entorno costero. La necrópolis habría funcionado como un espacio destinado a los difuntos de comunidades que vivían a cierta distancia, en asentamientos del interior.

El arqueólogo apunta así a una posible separación entre los lugares habitados y los espacios funerarios: las zonas más productivas, donde se desarrollaba la vida cotidiana, y el entorno de Son Sunyer, reservado para el enterramiento de los muertos.

La relación entre ambos espacios constituye una de las cuestiones que el estudio puede contribuir a esclarecer. La distribución de las necrópolis, sus características arquitectónicas y los materiales recuperados permiten investigar cómo se organizaban aquellas comunidades y qué importancia concedían a las prácticas funerarias.

Los hipogeos no eran simples cavidades naturales. Se excavaban artificialmente en la roca y podían incorporar diferentes elementos arquitectónicos, como cámaras laterales, bancos o nichos. La diversidad de sus diseños apunta a soluciones constructivas que variaban de una estructura a otra.

En Son Sunyer, el equipo ha identificado además un nicho situado por debajo de uno de los bancos corridos, una disposición que ha llamado la atención de los investigadores porque no coincide con la ubicación más habitual de los nichos conocidos. La estructura conserva parte del marco en el que, probablemente, se encajaba una losa para cerrar el espacio.

Hernández considera que se trata de una particularidad interesante, aunque no la sitúa entre los aspectos fundamentales del hallazgo. La relevancia científica del conjunto reside, sobre todo, en la posibilidad de estudiar los materiales y los restos humanos conservados dentro de una estructura funeraria de la Edad del Bronce.

Un registro excepcional para estudiar la prehistoria mallorquina

El conocimiento de Son Sunyer se remonta a las primeras investigaciones arqueológicas del siglo XX. El yacimiento fue documentado de manera destacada en los años sesenta por el arqueólogo Guillem Rosselló Bordoy, que estudió varias de las cavidades funerarias y los materiales que se habían conservado en ellas. Los planos de estructuras anteriores también fueron publicados por el investigador e historiador Miquel Àngel Mascaró Pasarius.

Sin embargo, el deterioro de las cámaras y la desaparición de buena parte de sus depósitos originales limitaron las posibilidades de profundizar en los rituales funerarios de la época. La reanudación de los trabajos a partir de 2020, primero con tareas de limpieza y adecuación del terreno y después con excavaciones arqueológicas, ha permitido revisar el conjunto con nuevas técnicas de investigación.

La colaboración del INCIPIT-CSIC con Hernández y el equipo del ICAC-CERCA ha dado continuidad a este proyecto. La intervención de 2026 se integra en una línea de investigación más amplia sobre las comunidades prehistóricas de Mallorca, sus prácticas funerarias y su relación con otras sociedades del Mediterráneo occidental.

La necrópolis constituye, además, una pieza de un periodo todavía necesitado de nuevas investigaciones. Los hipogeos permiten estudiar cómo se construían los espacios funerarios y cómo se organizaban los enterramientos colectivos antes del desarrollo de la cultura talayótica.

La campaña de este año ha concluido con un resultado fundamental: la confirmación de que el hipogeo SSU9 conserva evidencias del uso funerario prehistórico bajo las capas correspondientes a etapas posteriores. El siguiente paso será estudiar los materiales recuperados y obtener dataciones que permitan precisar cuándo se utilizó la cámara y durante cuánto tiempo.

Para Sureda, el valor de Son Sunyer no se limita a la antigüedad de los restos. Lo importante es que los materiales conservados permiten formular preguntas nuevas y abordarlas con métodos científicos actuales.

Tres milenios y medio después de que aquellas comunidades depositaran aquí a sus muertos, las excavaciones empiezan a recuperar parte de la información que se perdió con la reutilización de las cuevas. El desafío ahora es convertir esos huesos, fragmentos cerámicos y huellas arquitectónicas en conocimiento sobre las personas que vivieron en Mallorca durante la Edad del Bronce.

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