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REPUBLICACIÓN MUJERES VALIENTES

Portada del libro 'Mujeres Valientes' de Txell Feixas Torras.

Txell Feixas

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Ante mí tengo un pequeño altillo. Para mí, es un espacio para guardar las pocas maletas que caben dentro. Para algunos libaneses, podría ser la habitación de la criada. Ese es uno de los primeros impactos con los que me recibió Beirut nada más instalarme. Acababa de alquilar un piso en el popular barrio de Hamra y el portero, satisfecho, me lo enseñaba. Le comenté que el agujero sobre el lavabo me iría muy bien para meter trastos. Pero Samir respondió sonriendo. 

—No, mujer, no. Aquí puede dormir tu maid

—Mi... ¿qué? —le pregunté extrañada. 

Aquel escondrijo en el que a duras penas cabría una persona acurrucada estaba diseñado para ser el lugar de descanso de la trabajadora doméstica. 

—Si contratas una, te pondremos una escalera y listo, ¡como tienen los vecinos de abajo! —me decía, como si fuera una ganga. 

Pero detrás de aquella conversación entre inquilina y portero se escondía una lacra terrible que iba más allá del altillo. Un zulo que entonces aún no podía ni imaginar que era bastante más confortable que la opción real de dormir encogida bajo el fregadero de la cocina, al lado de los cubos de la basura, o a la intemperie en una azotea. 

Muchas de esas mujeres de la limpieza no solo sufren explotación laboral, sino también maltratos físicos y abusos sexuales. ¿Y cuál es la consecuencia de tanta brutalidad silenciada? En el Líbano, de media, al menos dos criadas se suicidan cada semana, según diversas organizaciones locales e internacionales como Human Rights Watch (HRW). Al menos ocho mujeres muertas al mes. Es el único modo que ven de escapar de los que se han erigido en sus propietarios.

— Cuando les decía que soy un ser humano y que tenían que tratarme bien, me amenazaban con que si no cerraba la boca, me lanzarían por el balcón. 

Benchymer (el nombre ficticio con el que pide que nos refiramos a ella) ha huido antes de que la familia cumpliera lo que ella sabía que no era una simple advertencia. Y lo ha hecho sin esperar a que el maltrato inhumano que sufría la empujase, literalmente, a lanzarse ella misma por el balcón en el que dormía cada noche, encima de un suelo inundado de agua cuando llovía. Algunas de sus amigas, desesperadas y sin saber cómo salir de la casa en la que las tenían encerradas, no han encontrado otra solución que saltar por la barandilla o tomarse un puñado de pastillas. 

Sin lágrimas y sin hacer ningún drama –pese a serlo–, esta chica relata la pesadilla en la que se ha acabado convirtiendo su sueño de venir a Beirut. Con 23 años dejó muy lejos Etiopía y su familia, que sobrevive en un pueblo pequeño de una zona rural. La prioridad era enviarles dinero cada mes y, si podía, ahorrar algo para volver y estudiar más adelante una carrera universitaria. Su objetivo desde pequeña era ser abogada. Me lo confiesa una de las pocas veces en las que le intuyo una sonrisa. Y, sin haber cursado Derecho, ha aprendido mucho de leyes. Pero para poder esquivarlas y sobrevivir a unas normas que, legalmente, matan a las que son como ella.

Benchymer llegó como una emigrante más y, como tantas otras, se ha acabado convirtiendo en ilegal, en una huida de la justicia. Aprovechando el traslado de una casa a otra que le tocaba limpiar, se atrevió a hacer lo que tantas veces había pensado: saltar del coche en marcha y echar a correr. Se ha quedado sin pasaporte ni ninguna otra clase de documentación, porque, en cuanto aterrizó en el aeropuerto de Beirut meses atrás, primero la agencia que la reclutó y luego la familia que le asignaron le confiscaron unos papeles que no ha podido recuperar. Si volviese a buscarlos, podrían encerrarla de nuevo y castigarla por haberse ido, entregarla a la policía y que la encarcelaran o, en último extremo, deportarla a su país natal. Ahora no es libre, pero, al menos, se consuela con rabia, no será nunca más una esclava.

— No me daban comida, pasaba mucha hambre y me congelaba durmiendo en el balcón. Me daban de beber el agua sucia que les sobraba de limpiar porque la potable, en el Líbano, hay que comprarla. Estaba casi siempre enferma, pero no me llevaban nunca al hospital ni me daban los medicamentos que necesitaba. Por culpa de eso, ahora tengo problemas estomacales crónicos, para toda la vida. 

También sufría explotación laboral: no tenía ningún día libre a la semana, pese a que no era lo que le habían prometido, y trabajaba 20 horas al día. Lo hacía sirviendo en la casa en la que estaba interna y en los pisos de otros familiares o conocidos que, sin ninguna explicación, también le adjudicaban. Le retenían algunas mensualidades y descontaban de su escaso sueldo las migajas de comida que le tiraban al suelo como si fuese un animalito. Trozos de pan seco, peladuras de frutas y verduras... Solo podía salir de casa para trabajar, y tenía prohibido quedar con amigas o llamar para pedir auxilio. La familia le confiscó el móvil y solo se lo dejaba para comunicarse con los suyos y, aun así, cuando hablaba con ellos, querían estar presentes. Tenían que asegurarse de que no les explicaba nada de aquel secuestro.

Este es un fragmento del libro Mujeres Valientes (Península), de la periodista Txell Feixas.

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