Qué pasa con Irlanda ahora que Boris Johnson se ha dado cuenta de lo que significa el Brexit

El primer ministro británico, Boris Johnson, durante la cumbre del G7 en Cornualles.

"Un recordatorio sobre el Brexit", decía este miércoles el portavoz de Alemania en las instituciones europeas, Sebastian Fischer. "El Protocolo de Irlanda del Norte fue negociado por el Gobierno de Reino Unido. Fue firmado por el Gobierno de Reino Unido. Fue ratificado por el Parlamento del Reino Unido. Se conocían sus consecuencias. ¿Es demasiado esperar que Reino Unido respete lo que ha negociado, firmado y ratificado?". La pregunta que dejaba en el aire el representante alemán tiene un problema: que parece que todos menos Johnson conocían las consecuencias de lo que el propio Johnson se empeñó en firmar.

El problema con el que se tropieza el Brexit desde el primer día es cómo hacer que no haya frontera entre las dos Irlandas cuando resulta que una de ellas –la República de Irlanda– se queda en la UE y la otra –Irlanda del Norte– es una provincia de un país –Reino Unido– que se va de la Unión Europea.

Reino desunido

Durante la primera fase de negociaciones, entre la primera ministra Theresa May y la Unión Europea, Bruselas puso sobre la mesa la solución que existe ahora y que, de repente, ya no le gusta a Johnson. En realidad, era lo más fácil para la Unión Europea: como no puede haber controles fronterizos entre las dos Irlandas, se ponen los controles entre Irlanda del Norte y Gran Bretaña.

Pero May se negó en rotundo. "Ningún líder británico puede asumir algo así", dijo entonces la primera ministra británica. ¿Por qué? Porque venía a separar dos partes de un mismo país, venía a fragmentar la unidad del Reino Unido. ¿Cómo un británico iba a aceptar que se le pusieran controles aduaneros para llevar productos a una de sus provincias? El Gobierno de May lo consideró inaceptable. Y obligó a buscar una solución.

'Backstop', el concepto

Si no podía haber controles aduaneros en el mar de Irlanda, había que buscar una fórmula para que los hubiera, pero poco, entre las dos Irlandas. Y se ideó una puerta de atrás, una salvaguarda llamada backstop. Pero, para eso, el Brexit no podía ser duro: cuanto más duro sea el Brexit, a más controles aduaneros obliga. Cuanto menos duro sea, la exigencia de los controles baja.

Así, el acuerdo entre May y la UE mantenía un vínculo entre el Reino Unido y el mercado europeo.

El célebre backstop del que se estuvo hablando hasta la caída de May, en mayo de 2019, buscaba asegurar que no se volviera a instaurar una frontera dura entre los territorios de Irlanda e Irlanda del Norte. Una de las mayores preocupaciones en torno a la salida de Reino Unido de la UE ha sido siempre la visión de oficiales de aduanas encargados de controlar el flujo comercial, o que incluso se destine personal militar a la zona si fallara la seguridad.

Una vez que Reino Unido ya no es un Estado miembro de la UE, por defecto se tienen que instaurar las políticas comerciales pertinentes: control aduanero más severo, regulación según el origen de la mercancía, introducción de tasas e impuestos sobre bienes específicos, controles dirigidos específicamente a los estándares de calidad y mayores restricciones en cuanto a la entrada de productos derivados de animales.

Según el acuerdo firmado por May y tumbado por el Parlamento británico, Reino Unido se mantenía en sintonía con las directrices europeas de comercio común, lo que significa que continuaría siendo parte de la unión aduanera de la Unión Europea, al igual que Irlanda del Norte.

'Backstop', la condena

Si alguna vez pudo ser una solución, ya nunca lo sabremos. Aunque con el Brexit siempre hay sorpresas. El backstop acabó con May, porque ni su Parlamento ni su partido lo quiso. Theresa May fue expulsada del Gobierno por los suyos, y el recambio fue Boris Johnson con la bandera de un Brexit "de verdad", con la promesa de cumplir con el voto de los británicos en el referéndum de 2016. El backstop acabó con May y de las cenizas del backstop nacieron Johnson y el protocolo de Irlanda.

Para sorpresa de todos en Bruselas, Johnson pidió lo que siempre quiso la UE y a lo que May se opuso: llevar los controles aduaneros a una nueva frontera comercial entre Irlanda del Norte y Gran Bretaña. Así, las dos Irlandas seguían sin controles y se respetaba el Acuerdo de Paz de Viernes Santo. Y todos contentos.

Golpe de realidad

Johnson consiguió algo impensable: reescribir el acuerdo del Brexit que ya tenía el Gobierno May con la UE en lo relativo a Irlanda del Norte. El primer ministro británico apretó el acelerador del Brexit y dejó a Gran Bretaña fuera de la unión aduanera, el mercado único comunitario... De todo. Y lo vendió como un gran éxito porque recuperaba la "soberanía", ese significante complejo en un mundo interdependiente como el de 2021.

Pero, cuando llega el momento de aplicarse aquello que tanto quería, Johnson se paraliza. O, más bien, paraliza el protocolo que evita que el paso posterior de mercancías a la República de Irlanda pueda dañar el funcionamiento del Mercado Único. ¿Por qué? Porque los controles aduaneros son lentos y complicados; los unionistas, aliados tradicionales del Partido Conservador británico, están en pie de guerra; los peores fantasmas del pasado vuelven a Irlanda; las tensiones con la UE marcaron la reunión del G7 en Cornualles con presiones de Joe Biden sobre Johnson incluidas... Y no para de prorrogar unilateralmente las moratorias para los controles aduaneros, entre ellos el de las carnes frescas, desatando guerras como la de las salchichas.

Ya el 15 de marzo la Comisión Europea lanzó un procedimiento de infracción contra Reino Unido. Entonces, el Ejecutivo comunitario envió una carta al Gobierno británico que supone una "notificación formal al Reino Unido por infringir las disposiciones sustantivas del Protocolo sobre Irlanda e Irlanda del Norte, así como la obligación de buena fe en virtud del Acuerdo de Retirada del Brexit". Esta notificación marca el comienzo de un proceso formal de infracción contra el Reino Unido. "Es la segunda vez en el espacio de seis meses que el Gobierno del Reino Unido está dispuesto a violar el derecho internacional", dice el Ejecutivo comunitario.

Si esta vez tiene que ver con prorrogar unilateralmente la moratoria de controles aduaneros en el mar de Irlanda, la primera tuvo que ver con el proyecto de ley de Mercado Interior, que también reescribía el acuerdo del Brexit.

Es decir, la UE se dirigió a la Justicia europea, cosa que ya hizo la anterior vez, con el proyecto de ley de Mercado Interior de Boris Johnson que también reescribía el acuerdo del Brexit y que terminó retirando.

La paradoja es que, precisamente, los problemas que están surgiendo con Irlanda tienen que ver con Boris Johnson. Es decir, el Brexit de Theresa May era menos duro, por lo que Irlanda del Norte y Gran Bretaña permanecían en la unión aduanera de la UE, se evitaba así la frontera en el mar de Irlanda y sólo había que buscar una solución tecnológica para hacer que el paso entre las dos irlandas fuera invisible para respetar el Acuerdo de Viernes Santo.

Así, el protocolo de Irlanda, fruto del empeño de Johnson, genera tantos problemas que no se está aplicando.

Ponga una "solución creativa" en su vida

Si algo han enseñado las negociaciones del Brexit, como toda negociación de la UE que se precie, es que siempre se llega a una solución. Aunque rara vez se sepa cuándo, y aunque por norma sea en las sucesivas prórrogas.

Este jueves, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, decía después de hablar con Boris Johnson: "La UE seguirá siendo creativa y flexible dentro del marco del Protocolo. Pero no renegociaremos. Debemos garantizar conjuntamente la estabilidad y la previsibilidad en Irlanda del Norte".

Al final, la estabilidad de Irlanda del Norte se está convirtiendo en el elemento negociador. Es lo que agita Johnson para pedir reescribir el acuerdo que él pidió y que él firmó. Y es el miedo que tiene el resto del mundo. Ya se lo dijo el presidente de EEUU a Boris Johnson en la cumbre del G7 en plena guerra de las salchichas.

"El presidente Biden ha sido muy claro acerca de su firme creencia en el Acuerdo del Viernes Santo como la base para la coexistencia pacífica en Irlanda del Norte", dijo el asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca, Jake Sullivan, a los periodistas a bordo del Air Force One. "Cualquier paso que lo ponga en peligro o lo socave no sería bienvenido por Estados Unidos".

Ninguna de las partes se puede permitir que los fantasmas del pasado vuelvan a Irlanda del Norte. Es el principal incentivo que tienen para moverse, por mucho que la UE pueda aumentar su presión por la vía del Tribunal de Justicia de la UE y todo el mundo en Bruselas esté harto del Gobierno británico. Johnson no teme una multa, teme que estalle el Ulster de nuevo. Igual que el resto de la UE.

Y de ahí puede surgir la solución creativa, que pase por alguna limitación de los controles aduaneros, o su relajación, moratorias...

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