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The Guardian en español

Cancún, el paraíso turístico convertido en enclave del narco

Patrulla de la Policía Federal en un barrio de Cancún.

David Agren

Cancún —

El hospital Playamed es un edificio de dos plantas sin nada especial. Está situado en una tranquila calle rodeada de árboles con flores de un rojo intenso, a tan sólo unos minutos en coche de las playas de arena blanca y de los complejos turísticos de la zona hotelera de Cancún.

Esta aparente calma se vio alterada recientemente, tras un suceso que evidencia que la violencia de los narcos se está expandiendo y llegando a ciudades que hasta hace poco solo eran conocidas por sus playas.

La semana pasada, cuatro hombres armados irrumpieron en una habitación privada de la clínica y mataron a tiros a Alfonso Contreras Espinoza y a su esposa. La víctima era conocida como 'El Poncho' y era el jefe local del cártel del Golfo. Acababa de salir de una cárcel local y estaba siendo tratado por un problema en la pierna.

El equipo que investiga el caso encontró un paquete con polvo blanco debajo de su pierna y una balanza, lo que parece indicar que Contreras seguía traficando desde la cama de la clínica. Hace poco, The Guardian intentó hablar con los responsables del centro, que no quisieron hacer declaraciones. Al ser abordados, algunos trabajadores del centro médico que se encontraban en la calle optaron por mirar hacia otro lado o mirar sus teléfonos móviles.

No hace mucho, Cancún destacaba por ser la joya de la corona de la Rivera Maya. Sin embargo, la corrupción desenfrenada, la construcción caótica y una sucesión de asesinatos han minado la reputación de este destino vacacional.

Otros destacados enclaves turísticos también han quedado atrapados en el fuego cruzado de la guerra del narco. Acapulco, un glamuroso enclave con algunas de las playas más famosas del país, está siendo ahora sacudido por la violencia entre bandas. A finales del año pasado, el país entero amaneció con los cuerpos de seis hombres colgados de puentes cerca de Los Cabos, en la península de Baja California.

El año más sangriento de la historia reciente

A principios de este mes, un think tank mexicano señaló que Los Cabos es el municipio más peligroso del mundo que no está en una zona de guerra. En realidad, la violencia que sacude a las ciudades turísticas de México es un reflejo de lo que está ocurriendo en el país. El año pasado fue el más sangriento de la historia reciente.

La violencia amenaza una industria clave para el país. El año pasado, 40 millones de turistas visitaron México. De hecho, el turismo representa el 8% del PIB y ha sido una sólida fuente de empleo para los más pobres.

Debido a su ubicación estratégica y a la intensa entrada y salida de personas, los destinos turísticos de México se han convertido en un enclave ideal para las organizaciones criminales.

La estrategia del Gobierno de intentar detener a los grandes jefes del narco ha exacerbado el conflicto, ya que cuando el cabecilla es detenido los grupos delictivos se fracturan en facciones rivales que compiten por territorio y comercio.

En Cancún se cree que al menos cuatro cárteles se disputan las rutas de contrabando de cocaína desde América del Sur, así como el mercado local de potenciales consumidores, los turistas y los residentes locales.

Desde hace un año, el Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG) se ha ido asentando en la ciudad y ha ido expulsando a otros grupos, como el cártel del Golfo.

“[El CJNG] primero dispara y luego pregunta”, explica una fuente que trabaja en el sector de la seguridad pública de Cancún. “Esta es su forma de operar y ahora está aquí”, añade.

La corrupción política, así como los enfrentamientos entre los políticos y los grupos delictivos, también ha intensificado este problema. Roberto Borge, exgobernador del Estado de Quintana Roo, va a ser juzgado por corrupción después de ser extraditado desde Panamá.

Mientras fue gobernador entre 2011 y 2016, Borge creó una red en la que participaron jueces y notarios que se dedicó a despojar de propiedades a dueños de tierras y empresarios hoteleros. Los periodistas que intentaron investigar las denuncias fueron detenidos con acusaciones falsas.

Mauricio Góngora, exalcalde de Playa del Carmen, al sur de Cancún, fue detenido tras una campaña electoral fallida para suceder a Borge como gobernador del Estado. Se le acusa de haber malversado 13,3 millones de dólares.

“La corrupción se ha disparado y los excesos cometidos por Borge nos han puesto en una situación insostenible”, señala Vicente Carrera, editor de Noticaribe, un diario digital de Playa del Carmen. “Cuando el nuevo gobernador tomó posesión a finales de 2016, tenía todo sobre sus hombros”, añade.

En un contexto de gran inestabilidad política en el Estado, la violencia se ha ido apoderando de las zonas turísticas, entre ellas, la legendaria Quinta Avenida de Playa del Carmen.

La semana pasada, el Departamento de Estado estadounidense advirtió de los problemas de seguridad en Playa del Carmen y tras recibir información creíble sobre los peligros de mantenerlo abierto ha optado por cerrar temporalmente su consulado.

Esta información vino precedida de una explosión en un ferry turístico. Diecinueve mexicanos y al menos cinco estadounidenses que se encontraban en Playa del Carmen resultaron heridos. En un primer momento las autoridades locales afirmaron que un fallo en el motor había causado la explosión, pero más tarde el equipo que investigaba el incidente informó que había sido causada por un artefacto explosivo.

Si bien se encontró otro artefacto en un segundo ferry, las autoridades descartaron cualquier vinculación con la violencia entre cárteles y señalaron que los turistas no tenían nada de qué preocuparse. A pesar de este mensaje de calma, el Gobierno federal desplegó policías uniformados y perros rastreadores de bombas para patrullar los muelles y las zonas de playa.

Una población insegura

“El Gobierno siempre intenta restar importancia a la violencia”, señala Daniel Pérez Villaseñor, un abogado laboralista y activista de Cancún. “El gobernador no tiene un plan para combatir la violencia, lo único que hace es maquillar Cancún para que tenga una buena imagen”. Mucho depende de esa imagen.

Según Roberto Cintrón, presidente del gremio de hostelería local, el aeropuerto de Cancún está recibiendo un número récord de llegadas. La ocupación hotelera se sitúa en torno al 83%. Cuando a principios de los años setenta el gobierno federal decidió apostar por primera vez por el turismo, Cancún era poco más que un pueblo de pescadores.

En un inicio, se pensó en construir una zona de hoteles y un área residencial separada. Sin embargo, el crecimiento turístico atrajo una afluencia inesperada de migrantes de los Estados empobrecidos del sur de México que buscaban empleo. Se asentaron en las afueras de la ciudad, en una zona donde las destartaladas casas y las complicadas carreteras están a años luz de los inmaculados jardines y las tiendas de lujo de la zona hotelera. Este contraste plantea preguntas incómodas sobre quién se beneficia del turismo.

Según Pérez, los salarios de los trabajadores del sector turístico son bajos y los beneficios, escasos, mientras que los propietarios de los hoteles pagan pocos impuestos y a menudo recurren a la subcontratación para evitar el pago de contribuciones a la seguridad social. Y mientras que hasta ahora los turistas han quedado al margen de la violencia, los locales no han tenido la misma suerte. Según una encuesta realizada en diciembre, el 84,9% de los habitantes de Cancún opina que la ciudad es “insegura”.

Muchos barrios periféricos carecen de servicios básicos. Un enorme agujero en una concurrida calle desde hace 15 años es el símbolo más evidente de la desidia de las autoridades. Los vecinos celebraron recientemente el aniversario del agujero con una fiesta de cumpleaños e instalaron una guirnalda de 100 metros sobre su agua turbia.

“Esta es una ciudad del Primer Mundo con servicios del Tercer Mundo”, lamenta José Pech, un electricista que instaló la tirolina. “Tenemos las peores administraciones públicas del mundo, son peor que los criminales”, afirma. “Si hubieran prestado atención a los ciudadanos, si no hubiera tanta corrupción, el crimen organizado no camparía a sus anchas”, añade.

Traducido por Emma Reverter

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