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Lecciones de una universidad pública de EEUU que ha mejorado en notas, asistencia y graduados pese a la pandemia

Ed Rogers, profesor de biología, en una de sus clases sobre "Hormas y Comportamiento"

Andrew Gumbel

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Si un sitio iba a sufrir las consecuencias de la pandemia de coronavirus, uno habría pensado que ese sitio sería la Universidad Estatal de Georgia, ubicada en el centro de Atlanta.

La Universidad Estatal de Georgia no es una institución famosa ni glamorosa. Esos adjetivos encajarían mejor con la Universidad de Georgia, en la ciudad de Atenas, de donde viene el equipo de fútbol americano Bulldogs y los grupos de música REM y The B-52s. La Universidad Estatal de Georgia es más bien una institución que cumple su trabajo, con una enorme cantidad de alumnos que vienen de hogares con bajos ingresos y necesitan al menos un empleo para llegar a fin de mes mientras estudian.

La mayoría de esos empleos -en restaurantes, en tiendas, en bares- desaparecieron la pasada primavera y muchos no han vuelto. La crisis ha golpeado especialmente a quienes ocupan los puestos inferiores de la escala de ingresos, y casi el 60% de los alumnos de la Universidad Estatal de Georgia están en una situación económica que les permite solicitar ayuda al gobierno nacional. Las comunidades de afroamericanos y otras minorías se han visto especialmente perjudicadas, y casi el 70% de los alumnos de esta universidad no son blancos.

Y sin embargo, la Universidad Estatal de Georgia no se ha hundido. Al contrario: su tasa de graduación llegó esta primavera a una cifra récord, igual que el promedio de las notas de la clase que se graduó. No solo no ha caído la asistencia tras el cambio a la educación virtual, sino que aumentó hasta llegar a un sorprendente 98,5% durante la última semana del semestre.

¿Cómo fue posible? La respuesta es que la Universidad Estatal de Georgia es una institución especial que, durante la década pasada, ha desafiado prejuicios sobre alumnos de bajos ingresos, provenientes de comunidades minoritarias y que son universitarios de primera generación. En esta universidad han comprobado que sus alumnos no fracasan en sus estudios porque les falte capacidad, sino porque -en la mayoría de las instituciones- la burocracia les pone palos en las ruedas en lugar de ayudarlos a llegar a su máximo potencial.

La Universidad Estatal de Georgia se ha comprometido a ayudarles. Haciendo uso de datos agregados, la universidad ha aprendido a identificar los problemas e intervenir rápidamente para ayudar a los alumnos que hayan perdido el rumbo. A veces, esto significa reorganizar los horarios de asignaturas para que los alumnos puedan asistir y otras, rediseñar un curso básico para que cada estudiante aprenda a su ritmo frente al ordenador, en lugar de sentirse perdido en un aula gigante.

Los tutores universitarios no se sientan a esperan que los alumnos los busquen. Están presentes desde el primer día para aconsejar a cada estudiantes y responden cada vez que el sistema informático de la universidad les envía una alerta, por ejemplo por una mala nota en una asignatura importante, ausencias injustificadas o retrasos para matricularse en el semestre siguiente.

El resultado de estas y otras medidas innovadoras es que la Universidad Estatal de Georgia se ha convertido en una institución excepcionalmente exitosa -ha eliminado todas las brechas educativas de raza y clase social- y es a la vez increíblemente resistente. Cuando estalló la pandemia del coronavirus, la Universidad Estatal de Georgia pudo hacer uso de muchos de los sistemas que había desarrollado en la última década para evitar el fracaso de sus alumnos. Y aunque no hubo ceremonia de graduación, la cantidad de alumnos que se graduaron fue mayor que nunca.

La hora de la verdad para la Universidad Estatal de Georgia

No fue nada fácil cerrar el campus y pasar a la educación virtual. Tim Renick, director de éxito estudiantil de la Universidad Estatal de Georgia, asegura que actualmente su trabajo consiste en “encontrar aspectos positivos escondidos entre las nubes oscuras”. Sin embargo, la universidad sabía cómo predecir qué alumnos podrían tener más problemas y cómo ayudarles, porque ya llevaba tiempo haciéndolo.

Cuando el gobierno nacional otorgó a la Universidad Estatal de Georgia una ayuda de emergencia de 21,7 millones de euros a través de la Ley de Estímulo Federal, la universidad supo perfectamente cómo distribuirla, porque hace unos años estableció un sistema de micro-becas para alumnos con buen desempeño que estuvieran un poco retrasados en el pago de la matrícula.

Según este sistema de micro-becas, los alumnos no tienen que solicitar nada: la universidad monitorea sus cuentas bancarias universitarias, utiliza datos para establecer sus necesidades y evalúa su desempeño académico, y luego les cancela la deuda. A través del mismo sistema, la universidad pudo desembolsar en las 24 horas siguientes a recibir el dinero del Fondo de Estímulo Federal de Washington, 22.000 micro-becas, cada una equivalente a una cifra entre 170 y 1.700 euros.

Otras universidades pusieron en marcha engorrosos procedimientos de solicitud de ayuda o -algo peor- le dieron la misma cantidad de dinero a cada alumno. En cambio, la Universidad Estatal de Georgia sabía que el dinero estaba yendo donde más se lo necesitaba y sabía cuántos fondos guardar para poder ayudar más adelante a estudiantes que tengan problemas imprevistos y tengan que solicitar asistencia para arreglar un coche, ir al médico o pagar el alquiler.

Además, el sistema proactivo de tutorías académicas de la universidad también demostró ser muy útil. Durante las primeras dos semanas de educación a distancia, los tutores pudieron identificar a más de 8.000 alumnos que no se estaban conectándose a la plataforma virtual o no les estaba yendo igual de bien que antes. Algunos de ellos necesitaban ordenadores portátiles o iPads, que suministró la universidad. Otros estaban abrumados y necesitaban ayuda económica o atención psicológica.

En una universidad donde casi el 60% de los alumnos tienen bajos ingresos, uno de los problemas más apremiantes es el de la vivienda. “¿Qué vais a hacer con mis cosas?” preguntó un alumno alarmado cuando la universidad anunció que las residencias estudiantiles cerrarían en marzo. “¿Vais a quemarlo todo?”.

Samantha Lapier, una tutora académica, dijo que durante la primavera y el verano se enteraba al menos dos veces al día de estudiantes que solo contaban con el techo y la comida subvencionada que da la universidad y que ahora estaban durmiendo en el sofá de algún amigo o en refugios para personas sin hogar y pasando hambre. “Fue muy difícil escuchar eso”, cuenta Lapier.

Es cierto que la universidad no puede resolver todos los problemas, pero puede establecer prioridades. Hace unos años, la universidad presentó un servicio de chat con inteligencia artificial para responder consultas de estudiantes sobre solicitudes de ayuda financiera, y ahora esa misma tecnología se está utilizando para resolver problemas de alojamiento. Cuando el personal del departamento de vivienda preguntó por primera vez quiénes necesitaban ayuda, hubo 2.000 respuestas en ocho minutos. Hubo que improvisar soluciones al menos para los alumnos más necesitados.

En este y otros aspectos, para la Universidad Estatal de Georgia la pandemia no ha representado tanto una crisis existencial sino la hora de la verdad: la prueba definitiva de que su modelo intervencionista funciona. Si la universidad pasa la prueba, su modelo puede ser atractivo para otras universidad públicas con población estudiantil de bajos ingresos que, hasta ahora, han sido reticentes a tomar las mismas medidas radicales.

La mayoría de las instituciones académicas son prudentes por naturaleza, pero la pandemia -y la crisis económica que no ha hecho más que comenzar- está haciendo que el statu quo sea cada vez más insostenible.

Mientras muchas universidades estadounidenses luchan contra altos índices de abandono estudiantil y las brechas académicas, la Universidad Estatal de Georgia ha demostrado cómo se pueden eliminar ambos problemas. Cómo se puede aumentar el número de estudiantes de ingresos bajos y a la vez mejorar la nota promedio de los graduados.

Actualmente, un alumno proveniente de un hogar pobre en una comunidad minoritaria y que haya asistido a un instituto mediocre tiene las mismas posibilidades de graduarse en la Universidad Estatal de Georgia que un alumno blanco y rico, lo cual representa un logro excepcional.

Tras el asesinato de George Floyd en Minneapolis, ha habido llamadas a una reflexión nacional sobre los conflictos raciales. En este contexto, es llamativo que la Universidad Estatal de Georgia, que fue en sus inicios una institución donde solo se aceptaban alumnos blancos, tengan hoy los colegios mayores más diversos del país.

Es alarmante que la mayoría de las universidades no estén diseñadas para atender a las necesidades de sus alumnos. Pero puede ser que la pandemia y los desafíos que esta ha generado las obliguen a darse cuenta de que deben hacerlo. Los presidentes de universidades, decanos y directores de facultades ahora comprenden que si siguen por el mismo camino, corren el riesgo de que sus estadísticas estudiantiles se desplomen. Ya de por sí los alumnos son reacios a pagar fortunas por clases virtuales, pero lo harán todavía menos si la institución condena a la mitad de los alumnos al fracaso.

Lecciones aprendidas de la crisis económica del 2008

El otro momento crucial para la Universidad Estatal de Georgia fue la crisis económica de 2008, cuando se le recortó la financiación estatal y la universidad comprendió que debía aferrarse a sus ingresos por matrículas y becas estudiantiles.

Todas las universidades públicas se enfrentaron a dilemas similares, y la mayoría eligió hacer lo que suelen hacer las universidades: aprovecharon que la gente que no encuentra empleo suele intentar matricularse en una universidad para endurecer los criterios de admisión con la esperanza de que los alumnos con mejores expedientes se quedaran más tiempo en la universidad y mejoraran los índices de graduación.

En cambio, la Universidad Estatal de Georgia concluyó que sus alumnos no tenían nada de malo, sino que muchos abandonaban sus estudios por problemas económicos, no por razones académicas. Y tampoco podía aspirar a convertirse en una universidad más exclusiva ya que nunca podría competir con la Universidad de Georgia o con Georgia Tech, cuyo campus se ubica a solo 15 calles de distancia.

En aquel momento, la decisión de aceptar más alumnos de bajos ingresos y de comunidades minoritarias fue considerada atrevida, incluso imprudente. Tim Renick, director de éxito estudiantil de la Universidad Estatal de Georgia, tuvo que defender su posición frente a una feroz oposición interna.

Ahora las cosas parecen muy diferentes. En primer lugar, el modelo que diseñó la universidad ya ha sido probado, con montones de datos que respaldan la efectividad de sus programas. En segundo lugar, durante la última década, los logros académicos de sus estudiantes pasaron de ser “algo de lo que nadie hablaba a algo de lo que todo el mundo habla”, como dijo Hilary Pennington de la Fundación Ford.

En tercer lugar, la pandemia está modificando radicalmente el panorama de la educación universitaria, en detrimento de las pequeñas universidades privadas y a favor de las grandes instituciones públicas y urbanas. La Universidad Estatal de Georgia no solo es atractiva para alumnos de bajos ingresos que buscan una salida para entrar en la clase media, aunque eso siga siendo importantísimo. Ahora, todo tipo de estudiantes se plantean si tiene sentido ir a una universidad que cueste 60.000 euros al año y quede en otro estado, recibiendo o no ayuda económica, cuando instituciones como la Universidad Estatal de Georgia les ofrecen un excelente nivel educativo por una parte de ese precio. Como consecuencia, la matrícula este año ha batido récords, con 54.000 alumnos matriculados.

“Dentro de la oferta disponible, la Universidad Estatal de Georgia es muy atractiva”, afirmó Allison Calhoun-Brown, vicepresidenta de compromiso estudiantil de la universidad. “El 65% de nuestros estudiantes vive a menos de una hora de la universidad y ahora no tienen que lidiar con el tráfico de Atlanta para llegar a clase. Ya hemos tenido casos de jóvenes que pensaban matricularse en una universidad en otro estado y ahora están buscando instituciones más cerca. Para muchas familias, somos una opción más rentable”.

¿Se podrá mantener el éxito de la universidad con la educación a distancia?

Si cuando se desató la pandemia, Keenan Robinson hubiera estado un año más avanzado en su carrera, ahora estaría a punto de graduarse y con trabajo asegurado. Robinson está estudiando fisioterapia respiratoria, una carrera con mucha salida laboral en tiempos de la Covid. Pero la realidad es que su vida y su rutina, igual que las del resto de las personas, se desmoronaron rápidamente.

Robinson iba a clase los lunes, miércoles y viernes. Los martes y jueves trabajaba en el Hospital de Niños de Atlanta. Pero cuando se cancelaron las clases, le dieron un par de días para dejar la residencia estudiantil de la universidad y tuvo que regresar a casa de sus padres. “Pasé de estar super ocupado a no tener casi nada que hacer”, relató.

Sin embargo, pronto llegaría un cambio radical. Pudo conservar un trabajo como administrativo en la oficina de tutores de la universidad, porque los tutores pasaron rápidamente a trabajar de forma virtual. Mientras tanto, los profesores fueron un paso más allá. Grabaron las clases y los seminarios, que Keenan y sus compañeros podían mirar cuando quisieran, y les enviaban vídeos adicionales y material de lectura para compensar la falta de clases presenciales. “Acabamos teniendo más material que en las clases anteriores”, dijo. “Los profesores nos decían: no os estreséis, os daremos todo lo que necesitáis”.

Este otoño, Keenan tendrá que aprender a manejar un respirador mecánico, y el plan es que los estudiantes se encuentren en un aula grande con mascarillas y quizás también traje de protección de la cabeza a los pies, en grupos de no más de 10 personas.

La historia se repetirá en todo el campus. La Universidad Estatal de Georgia ofrecerá la mayor parte de las clases de forma virtual, excepto el trabajo en laboratorios que no puede hacerse a distancia. Si bien eso le asegura no sufrir una crisis como le sucedió a la Universidad de Carolina del Norte, surgen importantes interrogantes. ¿Cómo se adaptarán los estudiantes de primer año al modelo de la universidad si nunca salen de sus hogares?

Normalmente, los estudiantes de primer año son agrupados en “comunidades de aprendizaje” de 25 alumnos que estudian carreras similares. Suelen encontrarse en persona con sus tutores, que les presentan a otros estudiantes un poco mayores y les ofrecen la oportunidad de unirse a grupos estudiantiles.

Todo esto puede replicarse de forma virtual, pero no será lo mismo, y nadie espera que lo sea. “Estamos intentando ofrecerles a los estudiantes un sentimiento de comunidad y un panorama de los recursos que tienen a su disposición”, dijo Renick. “Pero es verdad que estamos frente a una universidad virtual que no se parece en nada a la universidad que hemos tenido los últimos 20 años”.

Será esencial analizar el resultado de este reciente experimento forzado. Si la Universidad Estatal de Georgia puede mantenerse en pie y seguir apoyando a sus alumnos en medio de esta presión extraordinaria -y tras las protestas por la muerte de George Floyd, seguir ofreciendo justicia racial-, podría convertirse en un faro para todo el mundo de la educación superior.

“Las circunstancias son espantosas, no son nada buenas”, añadió Renick, “pero… todo los sistemas que teníamos en funcionamiento son exactamente los sistemas que hacían falta”.

Traducido por Lucía Balducci

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Publicado el
6 de septiembre de 2020 - 22:03 h

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