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ANÁLISIS

Occidente debe preguntarse: si el Estado Islámico es el enemigo, ¿son los talibanes nuestros amigos?

Vista de talibanes patrullando fuera del Aeropuerto Internacional Hamid Karzai de Kabul (Afganistán).

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Tras el derrame de sangre en el aeropuerto de Kabul, la cruda realidad para quienes quieren impedir que la filial del Estado Islámico en Afganistán cause más muertes y caos es que, en la práctica, su mejor aliado para esta compleja y difícil batalla son los talibanes.

La Provincia de Jorasán del Estado Islámico (ISKP) –el nombre proviene del utilizado por los primeros imperios islámicos para describir gran parte del Irán moderno, Afganistán y Pakistán– se fundó hace seis años. Hasta esta semana el proyecto parecía haber fracasado. Aunque en un inicio el grupo logró avances, éstos se diluyeron rápidamente cuando los talibanes contraatacaron con fuerza: no iban a permitir que un intruso recién llegado, especialmente uno compuesto en gran parte por antiguos comandantes talibanes descontentos, pakistaníes y uzbecos, tomara el control.

En 2019 y principios de 2020, una serie de ofensivas talibanes, así como las operaciones de Estados Unidos y del gobierno afgano, arrasaron con la filial del Estado Islámico en Afganistán en el este del país, reduciendo su dominio del territorio a solo dos pequeños valles en Kunar, la provincia fronteriza del noreste. Sin embargo, este año, a pesar de varias ofensivas, los talibanes no han podido expulsar a los combatientes del Estado Islámico de estas bases. Ahora que los talibanes ya no tienen que luchar en otros lugares, pueden concentrar muchas más fuerzas contra ellos y es muy probable que tarde o temprano consigan eliminarles.

Sin embargo, aunque esto supondría un duro golpe para el Estado Islámico, pone de manifiesto el dilema al que se enfrenta Estados Unidos. La regla en Afganistán ha sido durante mucho tiempo “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Esto determina a qué agentes de poder locales decidirán apoyar los estadounidenses –por ejemplo, qué actor es más probable que les proporcione los recursos que necesitan para mantener su influencia– y a quién deben combatir. Pero si el enemigo de Estados Unidos es el Estado Islámico, ¿eso convierte a los talibanes en sus amigos?

Que el Estado Islámico en Afganistán es enemigo tanto de Estados Unidos como de los talibanes es una obviedad. Su ideología se basa en las doctrinas salafistas-jidahistas de línea dura, influenciadas por las corrientes wahabitas de corriente musulmana del Golfo y la visión globalizada de hombres como Osama bin Laden. Su objetivo final es un califato que se extienda por todo el mundo islámico, una única “nación del Islam” dentro de la cual se disuelvan las distintas naciones. Uno de los insultos que lanzan los miembros del Estado Islámico a los talibanes, a los que ya consideran “apóstatas” por su (relativa) moderación y sus negociaciones con Occidente, es que también son nacionalistas.

Los talibanes nunca han ocultado su creencia en el Estado-nación, aunque sin duda está teñida a menudo de un cierto grado de chovinismo étnico y sectario. Los talibanes tampoco han estado nunca vinculados directamente a ningún ataque terrorista más allá de las fronteras de Afganistán. Un califato no es su objetivo. El Estado por el que luchan es un “emirato”, una propuesta mucho menos ambiciosa que la superpotencia islámica unificada que busca el Estado Islámico.

A medida que la filial del Estado Islámico en Afganistán ha ido ganando fuerza a lo largo del último año, gracias a una donación de 20 millones de dólares (17 millones de euros) de los dirigentes del Estado Islámico en Irak, su estrategia también ha incluido una campaña de asesinatos contra funcionarios talibanes de rango medio. El bombardeo del aeropuerto de Kabul tenía como objetivo mostrar que los talibanes no tienen el monopolio de la violencia en el país, como pretendían, y también manda un mensaje a Estados Unidos. No es sorprendente que los expertos que más información tienen sobre cómo actúa el Estado Islámico en el terreno –que tienen los nombres de sus comandantes, que pueden rastrear sus redes de financiación o incluso simplemente detener a los traficantes de armas a los que ha estado comprando importantes cantidades de armamento en las últimas semanas– sean los talibanes.

Estados Unidos, por el contrario, acaba de desmantelar sus redes y equipos de inteligencia, ha ordenado el repliegue de su personal y ha evacuado a sus fuentes o ha finiquitado la relación. Ahora Estados Unidos confía en lo que el presidente Biden llama “capacidad antiterrorista más allá del horizonte”. Sin embargo, es probable que ningún país vecino muestre entusiasmo por ayudar; y, aunque son indudablemente impresionantes, las herramientas de largo alcance de la inteligencia estadounidense tienen sus límites. Estas no pueden producir por sí solas información de la misma calidad que la obtenida por expertos sobre el terreno.

Mientras tanto, los talibanes han manifestado claramente su deseo de reconocimiento internacional, o al menos de aceptación. Todavía no está claro hasta qué punto sus líderes están dispuestos a renunciar a algunas de sus creencias fundamentales para conseguirlo, pero, en términos prácticos, la cooperación con Estados Unidos en la lucha contra un enemigo común es posible.

Esto podría consistir únicamente en el intercambio secreto de información. Por ejemplo, un chivatazo de los talibanes para un ataque de un dron estadounidense contra un alto comandante del Estado Islámico en Afganistán parecería un acuerdo beneficioso para ambos. Las autoridades responsables de la seguridad, que se encuentran a más de 11.000 kilómetros de Kabul, probablemente dejarían que otros reflexionaran sobre las cuestiones morales y éticas que plantean estos acuerdos con un régimen aborrecible.

Una vez más, Estados Unidos se ha dado cuenta de que no puede irse de un país sin que haya consecuencias, y que las reglas del juego las determinan los que viven allí, no los responsables políticos de Washington. Así que Washington tiene que elegir: quién es el enemigo y quién es el amigo. 

Nota: Jason Burke es el corresponsal de The Guardian en África. Cubrió la guerra de 2001 en Afganistán y su libro más reciente es The New Threat from Islamic Militancy (La nueva amenaza de la militancia islámica).

Traducido por Emma Reverter.

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