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La vida en el Donbás mientras se acerca el frente de batalla: “Quiero vivir en mi propio país”

Una mujer en su apartamento destruido en Sloviansk, en la región de Donetsk.

Tras cinco días en el frente de batalla, Slava Vladimirovich se desnuda y se zambulle en el reluciente río Torets. Una gaviota aletea sobre el agua y los sauces. “La vida sigue, incluso en tiempos de guerra”, dice Slava. Mientras escurre su camiseta caqui, añade: “En combate no hay ningún lugar donde lavarse”.

La ofensiva rusa se concentra en el Donbás, pero Putin no ha renunciado a Járkov ni a Kiev

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Slava sube corriendo por un terraplén embarrado y muestra su vehículo blindado. En el techo hay una ametralladora que se controla mediante un joystick. La metralla ha abollado el lado derecho del vehículo. Hay una grieta en una ventana tipo ojo de buey. “Un cohete ruso cayó a 20 metros de nosotros. A nosotros no nos pasó nada, pero dos civiles murieron”, dice.

Slava, miembro del Batallón Donbás, perteneciente a la Guardia Nacional de Ucrania, ha estado evacuando a civiles de la asediada ciudad de Lysychansk. Un par de kilómetros más al norte, los soldados ucranianos se aferraban a la parte sur de Severodonetsk, la última porción de territorio de la provincia de Lugansk bajo control de Kiev.

“Nadie quiere morir por Putin”

Se muestra optimista de que su bando se impondrá. El viernes pasado, las fuerzas ucranianas lanzaron un contraataque, con fuertes combates calle a calle. “Los rusos no tienen reservas ni motivación. ¡Un país de 140 millones de habitantes y les falta infantería!”, dice. Añade: “Nadie quiere morir por Vladímir Putin. Es un perro sanguinario”.

La invasión de Ucrania no ha salido como el Kremlin esperaba. En febrero, las tropas rusas no lograron rodear ni ocupar la capital y se retiraron a Bielorrusia. El actual objetivo bélico del presidente ruso es más modesto, aunque sigue siendo de una ambición pasmosa: capturar las áreas del Donbás que no están ya en manos de los separatistas.

Desde hace siete semanas, el vasto poder de fuego de Moscú se ha concentrado en un área oriental del corazón industrial rusófono de Ucrania. El Ejército ruso busca conquistar Severodonetsk. Los próximos objetivos son las ciudades de Sloviansk, que solía ser una ciudad balneario, y Kramatorsk, ciudad de guarnición militar. Se acerca una cruenta batalla.

Sentado en un banco frente al ayuntamiento de Sloviansk, el teniente de alcalde Yuriy Pidlisnyi cuenta que ha dicho a los residentes que huyan. Dice que, de los aproximadamente 100.000 habitantes, unas 25.000 personas han desoído obstinadamente su consejo. Algunos de ellos son ancianos y no quieren irse. Otros alegan tener que quedarse junto a familiares enfermos o gatos a los que quieren mucho.

Las condiciones se deterioran

Las condiciones dentro de la ciudad empeoran de forma constante. No hay gas ni agua; y la electricidad va y viene. Como la gasolina es cara, muchos vecinos se desplazan en bicicleta. Algunos de los que se fueron han regresado tras quedarse sin dinero. La economía local está destrozada. Los soldados hacen cola frente a una cafetería del mercado para comprar kebabs al precio de coste: 60 grivnas (1,90 euros).

La línea del frente, mientras tanto, se acerca cada vez más. Según el teniente alcalde, los rusos comenzaron a bombardear la ciudad a finales de abril. Ahora están a 12 kilómetros de distancia. “Nos han atacado con cohetes, ataques aéreos y misiles balísticos”. El enemigo ha bombardeado el monasterio de Sviatohirsk, al norte de Sloviansk, lo que causó la muerte de una monja, mientras el incendio arrasó con el monasterio de Todos los Santos.

Los presagios son sombríos. ¿Podrá Sloviansk evitar el trágico destino de Mariúpol y otras zonas urbanas ucranianas que los rusos han arrasado y luego invadido? “Creo en nuestro Ejército. Espero que haya fuerzas suficientes”, dice Pidlisnyi. “Rusia tiene un complejo imperial. Putin cree que no le queda mucho tiempo”, agrega.

A lo lejos, se oye un fuerte golpe. Y después, otro. El ruido proviene de la artillería ucraniana saliente, dice Pidlisnyi. “Si fuera entrante, lo sentirías en las piernas. El suelo vibra”, indica Pidlisnyi. Hace una pausa para hacer una breve llamada telefónica. Uno de sus empleados hace sonar la sirena antiaérea, que se expande por toda la ciudad desde el tejado de su oficina.

En la primavera de 2014, fuerzas prorrusas asaltaron el edificio gubernamental y ocuparon Sloviansk durante tres meses. Fue una época de terror y secuestros. Pidlisnyi describe a los separatistas como “borrachos, drogadictos y lumpemproletariado”. Una minoría en Sloviansk simpatizaba con Rusia, dice, mientras que los rusos étnicos apoyaban a Ucrania.

“Rusia debe pagar por esto”

Mientras el destino de la ciudad pende de un hilo, la muerte cae del cielo. La semana pasada, tres personas murieron y varias resultaron heridas cuando un cohete nocturno se estrelló contra la calle Yaroslav el Sabio. El barrio era un caos total. En la calzada había un coche Lada quemado. La explosión arrancó balcones y salpicó paredes. Los vidrios rotos inundaron un jardín comunitario.

El más afectado fue el bloque de apartamentos número 10, en el que Vitaly Kolesnichneko dormía junto a su mujer, Neliya. “Vivimos en el tercer piso. Estaba oscuro. Hubo una gran explosión. La puerta del baño voló. Vi humo amarillo y verde”, recuerda. “Busqué a mi mujer. Se había quedado muy callada, hasta que dijo: ‘Mis piernas, mis piernas’”, relata.

Vitaly, que camina ayudándose con un bastón, dice que trató de sacar a su mujer arrastrándola. Los equipos de rescate se la llevaron. Murió de camino al hospital de Kramatorsk. “Nos faltaba un mes para cumplir 30 años de casados”, dice mientras muestra una foto de Neliya en su teléfono. Dice que un soldado de 21 años que vivía al otro lado del pasillo murió y que la escuela cercana sufrió daños.

Otra escena de sufrimiento tuvo lugar en el quinto piso del número 10. Alyona Boivet y su marido, Viktor, huyeron de Sloviansk el 6 de abril, poco después de su boda en el registro civil. Desde entonces no han vuelto. El domingo, Oksana, la madre de Alona, regresó al apartamento de la pareja, ahora reducido a ruinas. Sollozando, recuperó el vestido y los zapatos de novia de su hija.

Su hermana Tatiana la consuela mientras los hombres de la familia tratan de remendar un marco roto de dos metros de largo. A través de la ventana abierta se ven los vencejos que chillan en un sofocante cielo de verano. “Quiero vivir en mi propio país. Es nuestro. Amamos a Ucrania. No queremos estar en Rusia”, dice Tatiana. “Esperamos que Dios nos cuide”, pide.

“La alcaldía debería hacer llegar una comisión para tasar los daños y ayudarnos, pero no lo han hecho”, dice otra vecina, Elena Voitenko. “Y después, Rusia debería pagar por todo esto. Soy de etnia rusa pero mi patria es Ucrania. (...) Yo no les pedí que vinieran aquí. Mi hija vive en la RPD (República Popular de Donetsk) y está en estado zombi. Ya no podemos hablar”, cuenta.

“Es una absoluta locura”

En la carretera hacia la línea del frente, el tráfico militar pasa por un paisaje compuesto por campos de trigo verdes y montones de escombros. Hay vehículos blindados destinados al transporte de personal, camiones de combustible, unidades de ingeniería y vehículos civiles pintados de verde militar. Un convoy se ha averiado, por lo que un sargento golpea la banda de rodadura de un tanque con un martillo. Los soldados esperan bajo el sol de la tarde.

Aún no hay rastro de los sistemas de lanzamiento múltiple de misiles que el Gobierno estadounidense ha prometido enviar. La impresión que dan es la de un ejército de tamaño medio que hace todo lo posible contra un enemigo poderoso. “Ahora hay muchos cohetes y artillería”, dice Maksym, un comandante ucraniano. “En 2014, los rusos no querían que la gente los reconociera. Tenían que parecer de la RPD”, agrega.

De vuelta al río Torets, Slava dice que es originario de Popasna, una localidad en Lugansk. Se alistó para luchar en 2014. Se unió a un batallón de voluntarios que más tarde pasó a formar parte de la Guardia Nacional. Volvió a alistarse en febrero. Hace poco, las fuerzas rusas conquistaron Popasna y trataron de unirse a las de Seversk, al norte, cortando las líneas de suministro ucranianas.

“¿Por qué me castigó Dios haciéndome nacer aquí?”, pregunta Slava con ironía. “Hace ocho años liberé Popasna y Lysychansk, participé en las batallas más grandes. Y entonces los rusos volvieron a atacarnos”, dice. Rusia está avanzando sobre el mismo eje, justo al oeste de Sloviansk, en el que el Ejército Rojo luchó contra los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, señala.

¿Ucrania puede ganar? ¿Cómo sería esa victoria? “Es una pregunta difícil. ¿Cómo se puede hablar de victoria si 50.000 personas yacen muertas? La guerra es una absoluta locura”, concluye.

Traducción de Julián Cnochaert

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