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Opinión - Libertad de extorsión. Por Rosa María Artal

Viaje a los lugares de Turquía que el terremoto ha convertido en ciudades fantasmas

La destrucción causada por el terremoto del 6 de febrero en Antioquía.

Samuel Nacar / Samuel Nacar / Bruna Cases

Osmaniye (Turquía) —

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Kahramanmaraş tenia un millón 150 mil habitantes, pero muchos se marcharon de la ciudad en autobuses cuando el terremoto del 6 de febrero la golpeó. La provincia de Hatay tenia un millón 600 mil habitantes, hoy los camiones de mudanza hacen cola para salir de su capital, Antioquía. Nurdagi tenia 41.322 habitantes, ahora 25.000 se han desplazado a campos de acogida temporales.

En las calles de Antioquía, poco más de dos semanas después del seísmo, solo quedan militares, bomberos y equipos de rescate, que todavía siguen intentando sacar a algún superviviente de los escombros. Los familiares hacen guardia enfrente de las ruinas con la esperanza de que los suyos aún sigan vivos. Pero ahora ya solo aparecen más bolsas negras.

Las carreteras están llenas de pequeños convoyes formados por una camioneta con montacargas, un camión de mudanzas y un coche con los propietarios de las pertenencias que les sigue de cerca. Es un patrón que se repite desde hace días. Al menos 865.000 personas ya se encuentran desplazadas en los campos de emergencia y otros tantos miles, imposibles de calcular, se han marchado de las regiones afectadas. Por si quedaba alguna duda sobre la decisión, el pasado lunes una réplica del terremoto, de magnitud 6.4, terminó por convencer a la mayoría de que lo mejor era marcharse.

El presidente turco Recep Tayyip Erdogan promete, apurado por unas elecciones inminentes, que las ciudades volverán a ser lo que eran dentro de un año. Y a pesar de que parece imposible retomar la normalidad en tan poco tiempo, un voluntario de AFAD, la entidad gubernamental encargada de gestionar la emergencia, afirma: “Yo odio a Erdogan, pero si él dice un año, será un año”.

Obligados a volver a empezar

En las zonas más golpeadas por el terremoto, según el censo oficial, residían 13,5 millones de personas. Miles de habitantes de estas aéreas se han quedado sin hogar; 61.700 edificios y 263.800 apartamentos están gravemente dañados, pero es un número destinado a aumentar en los próximos días.

Fouad Omar, a pesar de los daños sufridos por su casa, ha decidido subir al piso junto con su familia para recoger sus pertenencias. Su edificio se ha mantenido en pie, pero hay grietas en las paredes. Aunque el gobierno recomienda no entrar en las viviendas que tienen daños estructurales, muchas familias, como la de Omar, volvieron después de los temblores a hacer las maletas: “Salimos de casa con los pies descalzos, con pijama, no teníamos nada”. Se cree que las víctimas de la réplica del pasado lunes, seis hasta el momento, eran personas que estaban vaciando sus casas. “Los sirios vivimos en el exilio, ya nos fuimos cuando comenzó la guerra, y ahora a empezar de nuevo otra vez”, explica Omar, que nació en Alepo. Estudió cirugía en Francia, donde está pensando en empezar su nueva vida.

Su hijo se enfrenta al segundo éxodo que le ha tocado vivir en sus 16 años de vida. “Es el destino”, dice, mientras recoge las cosas más importantes de su habitación. Su madre deshace el armario de sus hermanas y dobla las sábanas y toallas para meterlas en la maleta. La cocina es un desastre, todo cayó al suelo. “Dios nos ha dado una segunda oportunidad”, dice Omar con una gran sonrisa, aunque reconoce que lleva días sin poder dormir debido al estrés postraumático del terremoto. Por ahora, se irán a casa de unos familiares cerca de la costa. Como ellos, centenares de familias cargan sus coches y abandonan la ciudad de Hatay.

En las afueras de la ciudad, en uno de los barrios humildes donde las casas tienen jardín con gallinas y los bloques son bajos, algunos han decidido quedarse. Sezer Daglioglu ha pagado 60.000 liras turcas, 2.980 euros, para que le traigan desde Estambul una caseta prefabricada y ponerla en su jardín. “La hemos comprado con nuestros ahorros. El estado no nos la ha dado. Hemos tenido que traerla nosotros mismos porque ya no tenemos casa”, dice mientras la instala delante de su antigua casa, derruida por el terremoto. Desde su jardín se puede ver gran parte de la ciudad, que, al llegar la noche, se convierte en una ciudad fantasma, tomada por militares y policías.

En la autopista, convoyes de camiones llegan a las ciudades cargados con casetas de obra que se convertirán en las casas provisionales a las afueras de las ciudades. Habrá un aire acondicionado por familia en cada caseta. Los baños serán compartidos mientras se reconstruyen las ciudades. En otras ciudades afectadas, el patrón se repite: convoyes de mudanza que se van, convoyes de casetas que entran. A las afueras de la ciudad de Nurdagi, se espera poder alojar al menos a 25.000 vecinos en estos contenedores de emergencia.

“Lo que antes me hubiera costado 2.000 liras (100 euros) ahora me cuesta 7.500 (400 euros) liras”, dice Mustafa Deveer, mientras observa cómo un equipo de mudanzas vacía el piso de su madre. Cuesta 372 euros vaciar los pisos de edificios que ya no son habitables. Mustafa y su familia habían vivido en Nurdagi durante más de 20 años después de dejar la vida en el campo, donde cuidaban del ganado. Habían decidido que su futuro estaría allí. 

El edificio donde vivía su madre tendrá que ser derribado. Este bloque de pisos recibió amnistía del gobierno hace unos años. Se construyó en 2015, pero nunca se hizo una revisión oficial de su estado. Durante el proceso de construcción, el alcalde de Nurdagi dio los permisos necesarios hasta en tres ocasiones para que el proceso siguiera adelante. Su familia pudo salir de la vivienda a tiempo, pero sufrieron heridas. “Irán a la cárcel. Todos a la cárcel”, dice refiriéndose al constructor, mientras observa cómo la plataforma eléctrica del camión de mudanzas baja el sofá lila aterciopelado de su madre. En las calles paralelas, hay decenas de montacargas para vaciar los edificios.  

Es complicado imaginar que todos esos muebles que hoy bajan puedan volver a llenar los apartamentos de estas ciudades, cuando se escuchan historias como la de Müzeyyen Arslan, dueña de un pequeño restaurante. “El edificio de enfrente a mi casa, un bloque de cuatro plantas, colapsó por completo, todas las familias han muerto”, cuenta. “¿Y en España? ¿Hay terremotos?”, pregunta mientras le dice a su marido que tal vez deberían de marcharse todos allí.

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