Jim Thorpe y los sueños olímpicos truncados en nombre del amateurismo

El atleta americano Jim Thorpe durante la prueba de lanzamiento de peso en los Juegos Olímpicos de 1912.

"Usted, señor, es el más grande atleta del mundo". La frase se le atribuye al rey Gustavo V de Suecia, pero la habría firmado cualquiera en aquel verano de 1912. Las palabras del monarca iban dirigidas a Jim Thorpe, que acababa de ganar el decatlón y el pentatlón en los Juegos Olímpicos que se celebraban en Estocolmo. Thorpe, atleta estadounidense de origen nativo americano, fue la indiscutible estrella del evento. No solo arrasó en las dos especialidades mixtas del atletismo, sino que lo hizo con una abrumadora superioridad. Nadie podía imaginar que unos meses más tarde la historia iba a dar un giro inesperado.

Thorpe regresó a Estados Unidos convertido en una celebridad, pero, al cabo de un tiempo, empezaron a circular en la prensa noticias que ponían en duda su condición de amateur. Según las mismas, había participado en ligas menores de béisbol en 1909 y 1910, durante su época universitaria. Por ello había recibido un pequeño salario, algo prohibido en aquella época por el Comité Olímpico Internacional. Cualquier retribución por practicar deporte convertía automáticamente al deportista en profesional y lo incapacitaba para ser olímpico.

Thorpe reconoció el hecho, que era habitual en los estudiantes universitarios en vacaciones. El error de Thorpe fue no utilizar un nombre falso, como solían hacer los demás. La confesión del atleta fue la prueba definitiva que lo condenó. El COI fue inflexible y desposeyó a Thorpe de sus medallas, así como del récord del mundo conseguido en el decatlón.

Considerado ya deportista profesional, a Thorpe le llovieron las ofertas de equipos de béisbol de todo el país. El exatleta olímpico poseía un talento innato para la práctica de cualquier deporte. Además de participar en la liga de béisbol, jugó profesionalmente al fútbol americano y al baloncesto.

Durante muchos años, hubo un movimiento para intentar que Jim Thorpe recuperara sus medallas. Organizaciones, congresistas y ciudadanos particulares enviaron misivas al COI para que el atleta fuera restituido. El presidente de la institución era Avery Brundage, quien, cuando aún era un atleta alejado de los despachos, había sido compañero de Thorpe en el equipo americano que participó en los Juegos de 1912. De hecho, Brundage había competido en las dos pruebas que Thorpe ganó en la capital sueca, aunque con resultados más discretos. El dirigente del COI nunca hizo caso de las peticiones.

Finalmente, en 1982, 30 años después de su muerte, el COI resolvió devolver a Jim Thorpe sus medallas de oro. En una ceremonia celebrada en Los Ángeles, Juan Antonio Samaranch entregó a los hijos de Thorpe una réplica de las medallas que le habían sido arrebatadas siete décadas atrás. El discurso del dirigente español no ahorró una velada crítica para su predecesor en el cargo: "El COI no había ido nunca al fondo del problema. Después de haber examinado el expediente, no nos hubiera hecho falta más de dos horas de discusión para cambiar de actitud y hacer justicia a Jim Thorpe".

Adiós al sueño olímpico por un puñado de libras

En las primeras ediciones de los Juegos abundan historias como la de Thorpe, sueños olímpicos truncados en nombre del amateurismo. Al campeón finlandés Paavo Nurmi le fue negada la posibilidad de participar en sus cuartos Juegos Olímpicos, sospechoso de haber corrido unos certámenes en Estados Unidos a cambio de dinero. El fondista finlandés había ganado 11 medallas (ocho oros y tres platas) en los tres Juegos anteriores (Amberes 1920, París 1924 y Ámsterdam 1928), pero no pudo ampliar su palmarés en 1932. Associated Press escribió que los Juegos de Los Ángeles sin Nurmi serían “como Hamlet sin el célebre danés en el elenco”.

Especialmente dramático resulta el caso del británico John Tarrant, que vio cercenada su aspiración a participar en unos Juegos Olímpicos por culpa de un puñado de libras. Al intentar inscribirse en el club atlético ‘Salford Harriers’, Tarrant fue sincero y confesó haber cobrado 17 libras boxeando un par de años atrás, cuando aún era un adolescente. Le fue negado el ingreso y con ello se esfumaron sus esperanzas de representar a su país en la maratón de los Juegos Olímpicos de Roma en 1960. Como sucedió también con Thorpe, su honestidad terminó resultando su sentencia.

Tarrant siguió entrenando y se acostumbró a colarse en las carreras como espontáneo, ante el asombro de organizadores, espectadores y prensa, que le bautizó como “el corredor fantasma”, por aparecer siempre de la nada. Su propósito era demostrar que él era un atleta puramente amateur que solo corría por el placer de hacerlo. Más tarde fueron relajadas las normas y se le permitió disputar pruebas en el Reino Unido, pero no representar a su país internacionalmente. Esfumadas sus últimas ilusiones olímpicas, se especializó en la disputa de ultramaratones.

El amateurismo en los Juegos Olímpicos: un lujo aristocrático

La noción de deportista amateur hunde sus raíces en la elitista concepción del deporte que existía en la sociedad británica de finales del siglo XIX, contexto en el que nacen los Juegos Olímpicos modernos. Entonces se consideraba profesional a todo aquel que hubiera recibido algún tipo de retribución por practicar deporte, hubiera sido alguna vez profesor o monitor de ejercicios, e incluso a quien fuera obrero, artesano o jornalero. Aunque estas condiciones se fueron volviendo más laxas con el transcurso del tiempo, en la práctica convertían el olimpismo en un lujo aristocrático, solamente al alcance de personas ociosas con la vida más que resuelta.

En contra de lo que se puede pensar, el propio barón Pierre de Coubertin era partidario de suavizar la rigidez de tales normas. Preguntado por un periodista al terminar los Juegos de Berlín, Coubertin respondió: “Ah, qué vieja y estúpida historia la del amateurismo olímpico. Lo que interesa es el espíritu olímpico y no el respeto a ese ridículo concepto inglés que permite que se sacrifiquen al deporte únicamente los millonarios. Ese amateurismo no es un deseo mío, sino una imposición de las federaciones internacionales”.

Desde el punto de vista del hiperprofesionalizado deporte actual, resultan ridículas las desmesuradas y caprichosas exigencias que, en nombre del amateurismo y de un mal entendido espíritu olímpico, cercenaron un buen número de carreras prometedoras en el olimpismo. Thorpe, Nurmi, Tarrant y otros tantos fueron víctimas de unos requisitos tan difíciles de cumplir como injustos y elitistas 

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