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Cinco razones para pensar que Venecia vuelve a ser [al menos] el segundo festival de cine más importante del mundo

Guillermo del Toro y David Cronenberg, en la Mostra de Venecia 2018

David Martos

Venecia —

Se cierra una Mostra de Venecia que cumple 75 ediciones [aunque tenga 86 años de historia, como bien refleja la exposición que ha reinaugurado el mítico Hotel Des Baines] y que parece dar pasos adelante en la búsqueda de su identidad. A continuación repasamos algunas características de la Biennale que concluye y que marcarán su rumbo de cara al futuro:

a. Netflix no es el enemigo. Desde que en mayo de 2017 Pedro Almodóvar oficializó el desencuentro entre Cannes y Netflix, el mundo del cine ha bullido con el debate de qué sitio debe ocupar la plataforma liderada por Ted Sarandos. En la última edición de Cannes, la dirección del festival hizo caso a los distribuidores franceses y prohibió que compitieran películas que no fueran a ver la luz en las salas galas. Esa decisión provocó, por ejemplo, que la Roma de Alfonso Cuarón no concursara en la Croisette. Venecia ha sabido aprovechar la oportunidad y ha llenado su certamen de títulos de Netflix [algunos con más fortuna y mejor recepción que otros], y se ha dado así la paradójica casualidad de que el festival de categoría A más añejo del mundo se ha convertido en el que mejor entiende las nuevas formas de ver cine; eso sí, Netflix se va empezando a apear de la burra y, casi imperceptiblemente, va estrenando cada vez más productos en las salas tradicionales.

b. Los periodistas hemos sabido [y querido] callarnos. Parece muy recurrente la comparación constante con el Festival de Cannes, pero cada uno de los puntos sensibles de la Mostra tienen su reflejo en el certamen francés. El pasado mes de mayo entraron en vigor unos nuevos plazos de embargo para los periodistas de cara a proteger a los equipos de las películas de los tuits negativos. Esto irritó mucho a la prensa, que dio la batalla digital y protestó hasta la extenuación, alegando que su trabajo se vería gravemente perjudicado [por los plazos de entrega y las horas de sueño]. Y no pasó nada. La Mostra, mediante un e-mail inocente que llegó a los buzones de los informadores en pleno mes de agosto, ha impuesto unos plazos de embargo más o menos parecidos... y aquí sí que no ha pasado nada. Ya no ha habido ni protestas. ¿Va este embargo contra los tiempos digitales? Sí. ¿Nadie se muere por saber qué piensa la prensa de las películas ocho horas más tarde? No, nadie se muere.

c. El #meToo gira hacia el pragmatismo. Los titulares previos a la Mostra 2018 destacaban que solo una directora [Jennifer Kent, con The nightingale] había sido incluida en la sección oficial a concurso. Es un dato objetivo. Y sin embargo, como hemos contado en Kinótico, quizá la de este año haya sido una de las secciones oficiales con más historias de mujeres que recordamos: desde los juegos cortesanos de The favourite hasta las escenas de baile siniestras de Suspiria. Pero hay que volver a la rueda de prensa inaugural del festival para encontrar algunos datos interesantes. Por ejemplo, Paolo Baratta, el presidente de la Biennale, dijo abiertamente que no creía en las cuotas [véase, en incluir a mujeres en la sección oficial a concurso por el mero hecho de serlo], y a su lado, el presidente Guillermo del Toro, precisó que si bien la presencia numérica de las féminas es importante en todos los órdenes de la vida... lo crucial es evidenciar su ausencia. Como nota al pie recordaremos que el mexicano Carlos Reygadas, en la rueda de prensa de su película Nuestro tiempo, preguntado por el #meToo, llegó a decir que “lo mejor es la tibieza”.

d. Sin estrellas no hay promoción. Venga, va, otra comparación con Cannes. Paciencia, que ya queda poco. Una de las características principales de la edición de 2018, sea por la ausencia de Netflix o porque el año encartó así, fue la ausencia de grandes estrellones en la alfombra roja que se despliega en la escalinata del Palais des Festivals. El certamen intentó compensarlo con el jurado, con asistentes a masterclasses... pero algo se notaba en el ambiente, una especie de falta de nivel mediático. En Venecia esto no ha sido así: Ryan Gosling, Natalie Portman, Lady Gaga... cada día ha tenido su estrellón. Y esas presencias, más allá de la calidad de las películas -que evidentemente hay que cuidar, y muchas de las cintas a competición la tenían- abren los telediarios. Hacen mucho por la promoción, que al fin y al cabo es una manera de vender entradas. Y de darle caché a un festival, de provocar que el próximo año los productores quieran venir.

e. Toronto vuelve a su lugar del escalafón. Sumemos todo lo anterior. Hay estrellas, está Netflix, hay películas de nivel, la prensa está contenta y tranquila. Y todo esto frente a Toronto, que sigue creciendo desaforadamente y sigue sin decidirse a poner en marcha un palmarés como Dios manda. El resultado es que, tras cuatro o cinco años de espejismo, en los que las distribuidoras americanas creyeron que con hacer promoción en Canadá bastaba para abrir las puertas del mercado internacional, Venecia ha vuelto a mandar en el arranque del otoño. Periodistas que llevaban casi un lustro sin venir han regresado al Lido porque la noticia estaba aquí; incluso Telluride, que llevaba casi una década pintando mucho entre los “entendidos”, ha pasado en 2018 bastante desapercibido. El director de la Mostra, Alberto Barbera, lleva dos semanas presumiendo ante quien quiera escucharle de que “Venecia is back in the game”. 

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