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TRIBUNA

Sueño de una noche de interbloque, los espacios indeterminados entre edificios de las periferias

Dibujo de espacio interbloque

Gonzalo Navarrete Mancebo

Responsable de innovación pública y socio en Traza —

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No sabemos muy bien qué hacer con los interbloques. Me refiero a esos espacios entre los bloques de vivienda que se construyeron como churros entre los años 50 y 80 en las periferias de las ciudades españolas. La urgencia era hacer muchas casas iguales, para trabajadores y familias iguales en una ciudad y una economía que crecían con rapidez. Entre los edificios se generaron vacíos, que hoy llamamos interbloques, cuya transformación está en plena pugna.

Para algunos, estos lugares encarnan la memoria de una vida compartida en la sociedad industrial: el eco de los juegos infantiles cuando había muchos niños y niñas, de las conversaciones entre ventanas, de una comunidad que parecía más compacta. Para otros, son espacios abandonados que reclaman orden, limpieza y atención institucional, una especie de deuda urbana con los barrios populares que aún no se ha saldado.

También hay quienes los viven como refugio: adolescentes que encuentran allí un lugar donde estar sin justificarse, charlar sin consumir, o rapear; familias que improvisan tiempos muertos, personas que no encajan del todo en otros espacios llenos de normas. Y, por último, está la mirada técnica, que los imagina como infraestructuras verdes, corredores climáticos, piezas que deben ser cosidas y asimiladas como otro espacio público dentro de una lógica mayor.

Estos imaginarios no son simplemente visiones distintas: son formas de habitar la ciudad que a menudo chocan entre sí. Donde unos ven abandono, otros ven libertad. Donde unos piden visibilidad y control, otros buscan intimidad y resguardo. Donde unos proyectan orden, otros reconocen vida y temen ser expulsados.

Ahí es donde el problema, en toda su diversidad porque cada barrio y cada interbloque es diferente, deja de ser técnico y se vuelve esencialmente político y urbano.

Interbloque

Estos espacios, con todas sus contradicciones, funcionan precisamente gracias a lo que no suelen tener: una definición cerrada. No están completamente programados ni completamente abandonados. Son, más bien, un umbral. Y en ese umbral sucede algo que la ciudad contemporánea, tan obsesionada con la claridad, a menudo ha olvidado cómo sostener.

A partir de ahí, lo que aparece no es un diagnóstico, sino una intuición: quizá el valor de estos lugares no está en lo que les falta, sino en lo que permiten.

Alguien cruza sin mirar, un joven distraído; una persona mayor que parece enfadada se queda más tiempo del previsto; un grupo ocupa un rincón y hace botellón; otro lo evita y prefiere cuidar un jardincillo. Hay muretes que son bancos improvisados donde las parejas se besan y sombras que funcionan como refugio momentáneo del sol para personas de todas las edades. Nada de esto estaba escrito ni diseñado, y sin embargo todo ocurre con una naturalidad obstinada.

La ciudad, en estos intersticios, parece recordarse a sí misma que no todo puede ser decidido de antemano.

Sin embargo, la tentación de intervenir es fuerte. De abrir, de iluminar, de ordenar, de hacer legible cada metro cuadrado. De convertir estos espacios en algo reconocible: una calle, una plaza, un parque tal y como los imaginamos y los hacemos en otras partes de la ciudad. Ciertamente, el Ayuntamiento debe decidir cuál es su papel y actuar, porque hay necesidades reales —accesibilidad, mantenimiento, cuidado— que no pueden ignorarse. Pero en ese gesto, si no se mide bien, se corre un riesgo sutil: que se traduzca el lugar a otro lenguaje, más claro, sí, pero menos fértil.

Porque aplicar recetas sin matices no solo elimina la ambigüedad, sino la posibilidad de lo inesperado, de que surjan nuevas formas de sociabilidad.

Tal vez por eso estos espacios nos remiten al bosque de Sueño de una noche de verano. Allí, en medio de la noche, las jerarquías se disuelven, los roles se confunden y lo improbable sucede. No es un mundo sin reglas, sino un lugar donde las reglas no son las de siempre. Donde la ciudad —o su reflejo— se permite experimentar otras formas de relación, de conflicto, de deseo.

Algo parecido ocurre aquí. En estos claros urbanos, lo cotidiano adquiere una ligera extrañeza: no todo está previsto, no todo está vigilado, no todo está resuelto. Y, sin embargo, la vida sigue ocurriendo, a veces con fricciones y pequeños conflictos precisamente por esa falta de definición.

La cuestión, entonces, no es cómo domesticar ese bosque, sino cómo acercarse a él sin disipar su magia. Cómo intervenir sin convertirlo en un lugar de paso indiferenciado. Cómo mantener un espacio que deja de ser privado o comunitario para ser público, sin reducir la diversidad de lo público, sin anular su apropiación. Cómo garantizar derechos sin eliminar el margen de lo inesperado. ¿O no puede ser público un espacio que permita resguardo e intimidad, que ofrezca cierta reserva y protección? Dicho de otro modo: ¿sólo puede ser privado un lugar que se proteja de la exposición y la transparencia?

Quizá la respuesta no esté en decidir qué deben ser los interbloques, sino en aceptar que su potencia reside en no ser del todo una cosa. En permitir que la ciudad, por un instante, se abra a lo que no controla. Esta función social tan libre requiere renovar la función pública y pensar mucho desde el Estado para comprender y distinguir unos lugares de otros y unas actuaciones de otras.

A fin de cuentas, en esos lugares —entre bloques, entre normas, entre usos— se juega algo más que su diseño. Se ensaya, de forma imperfecta pero necesaria, la posibilidad de convivir en la diferencia.

Y como en el sueño de Shakespeare, al amanecer siempre llega la tentación de poner orden, de aclarar lo ocurrido, de fijar significados. Tal vez convenga recordar que algo de lo que allí sucede solo puede existir mientras permanece, al menos un poco, en la penumbra.

Gonzalo Navarrete Mancebo es responsable de innovación pública y socio en Traza

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