Andrea López Kosak, escritora: “Latinoamérica es ese territorio borroso, pero diverso y resistente”

La escritora argentina Andrea López Kosak

Es la sorpresa del año en el mundillo poético del país: una autora argentina, poco conocida a este lado del océano, Andrea López Kosak, se ha llevado el III Premio Internacional Juan Rejano - Puente Genil, tal vez el más escrupuloso y objetivo de nuestras letras. Su propuesta, 'Animales de costumbres', es un viaje salvaje al mundo rural del sur de Latinoamérica en busca de esa frontera donde el lenguaje se despoja -de idealismo, de mecanismos metafóricos, de teoría- y entra en contacto con la sangre, con los cuerpos, con el borde de lo humano. Un libro de poesía empapado de sangre que casi se puede percibir en la lengua y que entronca con una trayectoria muy personal, la de López Kosak, en la que la literatura se sumerge en un espacio sensorial donde los relatos apenas sugieren y los textos pegan antes en el estómago que en las meninges. Un mundo onírico, minimalista y órfico donde sin embargo las sin voz pueden levantarla y la trastienda panamericana existir como alternativa. Todo eso y más cabe en la obra -inclasificable- de una poeta mayor que desembarca en Pre-Textos este otoño.

Desde 'Mula blanca', ese recorrido panamericano-fragmentario de dos mujeres entre la fábula, el terror, lo inexplicable y la belleza, hasta “Animales de costumbres”, donde la crudeza de la vida rural infunde un imaginario hipnótico a los poemas, tu trabajo parece estar buscando continuamente salidas de emergencia del lenguaje poético a que estamos acostumbrados, ¿de qué aspectos de la poesía actual tratas de huir?

No sé si intento escapar de algún aspecto… quizás busco salidas de emergencia, como decís, dentro de la salida de emergencia del lenguaje que es la poesía, y me gusta dejar esa puerta entreabierta para que quede el eco de lo no dicho. Quizás más que un escape es un repliegue en mí para no seguir desenvolviéndome, hay un punto en que renuncio a dar sentido.  

Tu anterior libro, 'El jardín de las licencias', está construido a modo de pequeñas escenas inconclusas en forma de prosa poética que oscilan entre lo onírico y lo inquietante, y también en “Mula blanca” y “Animales de costumbres” encontramos esta forma de presentar fragmentos que invitan a la imaginación del lector a completar sentidos. ¿Hasta qué punto el cine forma parte de tu proceso creativo?

El cine ha influido un montón en mi manera de mirar y de construir imágenes, aprendo de ese lenguaje a mostrar lo que está a la vista, sin embellecerlo ni explicarlo. Buñuel y su heredero mexicano Ripstein, por ejemplo, me dejaron escenas o personajes que calaron en mi imaginario y que me enseñaron sobre la alusión y el detalle.

De lo más llamativo de 'Animales de costumbres', tu libro recién galardonado con el III Premio Internacional de Poesía Juan Rejano - Puente Genil es esa orientación radical hacia lo telúrico, la sangre y el cuerpo que deja fuera de los textos cierta racionalidad platónica o reflexiva y todo un catálogo de recursos estilísticos relacionados con ella.

En el libro hay crueldad, los animales aparecen como metáfora en una trama de sacrificios, se come y se es comido. El relato de mi prehistoria por el lado materno tiene como escenario el campo, la vida rural, donde se lidiaba con la sangre y la muerte en la rutina. Una vida en la que se ponía mucho el cuerpo, sobre todo las mujeres, que además de hacer trabajos duros parían y criaban hijos. Se sacrificaban en pos de algo más, como los animales, pero sin morir. Se me viene a la cabeza ahora eso que me dijo un hombre de campo hace mucho, que “hay que desconfiar del animal que sangra más de cuatro días sin morirse”. De esos relatos se derivan creencias, dichos y supersticiones que llevan el cuerpo a otros registros menos racionales.

Tu libro también conecta con una sustancia mítica-mística ancestral, entonces…

Creo que conecta con lo mítico como forma de transmitir sentidos, pero quizás más que con lo místico-ancestral tiene que ver con una historia social, con lo común que traspasa las generaciones y la propia historia, que también hace nacer nuevos mitos, nuevas formas de decir que van armando entramados de significaciones.

¿Te sientes parte de una generación literaria? De unos años a esta parte se están consolidando en nuestras literaturas figuras como Mónica Ojeda o Mariana Enríquez que comparten contigo esa exploración radical del cuerpo y sus servidumbres como puerta de entrada al misterio.

No me siento parte de una generación literaria. Sí soy lectora de estas escritoras que nombrás, en especial de Mariana Enríquez. En mi caso, pienso que el cuerpo mismo es el  misterio. Y la exploración pasa por la fragmentación, el fetiche, la sospecha del placer o del horror que se puede provocar en él.    

 Encuentro en tus libros una querencia por lo periférico (lo rural, en tu último libro) como espacio de libertad y de posibilidad, y relacionado con eso una cierta idea de Latinoamérica donde cabe la sordidez pero también la maravilla, un territorio que resiste a la estandarización y al pensamiento único. ¿Entiendes tus libros, también, como mensajes políticos?

Me es difícil pensar un libro por fuera de lo político. Es mi recorte, mi filtro de la realidad, lo que elijo poner en juego para interpelar a otros. Generalmente mi mirada está puesta en lo que está fuera de foco, fuera del centro. Latinoamérica es un poco ese territorio borroso, desdibujado por la estandarización, pero diverso y resistente y el paisaje donde estoy parada. Es inevitable que un mensaje político aparezca.

¿Y también un sujeto político, tal vez, también borroso pero donde identidades hasta ahora ‘periféricas’ cobran protagonismo?

Sí, un sujeto político que aparece a través de otros a los que quiere hacer escuchar. Digamos que lo político está en la elección de esas identidades a las que se intenta dar nitidez.

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