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'Death proof' de Tarantino o las amigas como dispositivo contra la violencia machista

'Death proof' de Tarantino

Carla Boyera

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Unos pies de perfectas uñas pintadas de rojo que siguen el ritmo de la música sobre el salpicadero de un coche van a recoger a unas piernas desnudas y largas como autopistas de carne deslizándose serpenteantes por un plano contrapicado que acaba en un culo en bragas asomado a una ventana. Está claro que a Quentin no le gustan las mujeres, Quentin con lo que saliva es con algunos trozos de las mujeres: las piernas y los culos. Pero este relato cinematográfico fragmentado de las partes del cuerpo femenino o, dicho de otra manera, esta visión de una persona (en este caso una mujer) a cachos es la representación objetualizada o despersonalizada típica que una persona (en este caso un hombre) hace de nuestros cuerpos. Y no de cualquier cuerpo, desde luego. A Quentin le gusta sacar en sus pelis tías buenas y, aunque no vamos a darle el punto en el carnet feminista por ser original ni subversivo ni por trabajar fílmicamente con cuerpos de belleza y formas no-hegemónicas, sí tenemos que concederle que las tres amigas (especialmente en la segunda parte de la película) que van en el coche son material feminazi de la mejor calidad.

Tanto la primera parte de la película ubicada en Austin, Texas, como la segunda (14 meses después) de localización en Lebanon, Tennessee, tienen escenas en las que el contenido e interés del guión flaquean y el ritmo se cae. Puedes aprovechar para ir al baño, poner el segundo round de palomitas a calentar o revisar tus wasaps que no te vas a perder nada. Una de estas escenas prescindibles está rodada dentro del bar Güeros y sale el mismísimo director dándose unos segundillos narcisistas de gloria (ay, el ego, Quen, el ego). Ni él, ni el protagonista masculino, ni ninguno de los personajillos de fondo colaterales a la historia principal salen troceados, por cierto.

Mike ‘el doble’ (Kurt Russell) es la versión abyecta y vomitiva de Michael Knight que acecha en su falocoche negro, el motor haciendo un manspreading en el aire con su ruido infernal. «Poca picha» es el comentario-reacción que tiene una de las protagonistas en la película y hay que decir que es un comentario bien extendido fuera de la gran pantalla también. Desmontar el mito del macho subido al trono de su miembro viril quitándole importancia y tamaño al pene es una manera bastante breve y pedagógica de señalar que necesitamos nuevas masculinidades.  El intimidatorio y macabro conductor del falocoche lleva una calavera enorme pintada de blanco sobre el capó negro. «Eso da miedo» dice la rubia vulnerable a la que le auguramos un mal final y que rápidamente establece la conexión entre la calavera y la muerte. «Quería que impresionara y el miedo impresiona» replica el psicópata, y seguro que ya hay alguna tesis doctoral escrita sobre cómo el macho en sus narrativas naturalizadas de dar muerte confunde nefastamente ser un chungo y dar miedo con algo que está bien lejos de impresionarnos como hembras en el marco heterofolclórico de danzas y rituales del apareamiento.

La obsesión y el gusto por matar mujeres, hacerles daño y ejercer todo tipo de violencias sobre sus cuerpos está no solo presente en el cine, sino en todas las artes, y, como término paraguas de gran complejidad y alcance, esto se ha convenido llamar ‘cultura de la violación’. En el imaginario del macho-artista que ficciona y fantasea (y que luego encuentra su desgraciada réplica en el macho que produce realidad) esto es recurrente y va mucho más allá del componente sexual. Me gusta especialmente cómo trasciende la cuestión sexual la feminista peruana Úrsula Santa Cruz Castillo cuando introduce la violencia eurocéntrica sobre los cuerpos colonizados que se analiza desde los feminismos decoloniales y antirracistas. Pero vuelvo al filme. Aunque el conductor letal a las mujeres ni las toca, el miedo en la víctima tiene un efecto más poderoso y erotizante en el agresor que una caja de Viagra. Así lo entiende también el sheriff que, aunque no ha hecho ningún máster en estudios de género ni ha leído una línea sobre la cultura de la violación, sabe mucho de las estructuras de poder que se la ponen dura a los machos. Lo vemos cuando hace su reflexión sobre el asesinato de las tres mujeres: «Debe de ser el único modo en el que ese degenerado se corra».

Las chicas que compran revistas de chicas y llevan unicornios estampados en la camiseta también te pueden pegar una paliza: esta sería una buena conclusión a la que llegar como espectador. La conversación final («¿Quieres que vayamos a por él?» «¡Joder, sí!» «¡Matemos a ese cabrón!») está en la línea argumental de Virginie Despentes y Elsa Dorlin de defender el derecho a la violencia para la preservación de la propia vida, la obligada revisión del propio concepto de ‘violencia’ cuando se enmarca dentro de la autodefensa y, en última instancia, la violencia que me interesa aplaudir: la de los grupos histórica y tradicionalmente machacados, la violencia de lxs subalternxs, entre los que se encuentran, sin duda alguna, las mujeres. Que sean dos mujeres masculinas y una madre el elenco elegido por Quentin para darle al macho la ensalada de hostias de su vida no puede dejar de vitorearse. Las tres son el capitán Ahab persiguiendo al demonio blanco de Moby Dick, sólo que el falocoche es negro y la ballena un hijo sano del patriarcado. En la cadena sexual alimentaria de involución darwinista, Tarantino invierte el orden del binomio violento/violentada: el depredador ahora es presa; el verdugo, víctima. Y no nos da ninguna pena; los últimos instantes del final, simplemente, no queremos que se acaben.

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