Sobre este blog

'Disidencias de género' es un blog coordinado por Lucía Barbudo y Elisa Reche en el que se reivindica la diversidad de puntos de vista feministas y del colectivo LGTBQI.

Las muñecas rusas

Las mujeres han formado parte de los ejércitos profesionales desde hace siglos. Algunos de los escritos históricos de la Grecia Clásica versan sobre mujeres guerreras que participaron en las guerras helénicas ya en el siglo V antes de Cristo. El liderazgo de las vikingas en la sociedad nórdica y en las guerras que éstas libraban conquistando territorios fue un hallazgo importante del año pasado, cuando la osteóloga Anna Kjellström de la Universidad de Estocolmo corroboró la teoría de que las mujeres vikingas eran líderes bélicas y no únicamente amas de casa gracias al análisis del ADN de un esqueleto descubierto en el siglo XIX.

Sin embargo, fue durante la Segunda Guerra Mundial cuando el mundo pudo contemplar el verdadero fenómeno femenino, pues las mujeres formaron parte de las tropas de todos los países implicados en la guerra, demostrando con creces su valor y su resistencia, su fuerza de voluntad y su capacidad de aprendizaje, su fortaleza y su valentía. Tal poderosa fue su presencia que los términos lingüísticos para denominar algunos cargos y profesiones bélicas han tenido que incorporar el género femenino.

El ejército soviético presume de las cifras más altas de efectivos femeninos en la Segunda Guerra Mundial ascendiendo a un millón de mujeres, cuyas especialidades variaban tanto como la tonalidad del color de sus ojos: desde enfermeras, una profesión con la que siempre contaban los ejércitos por ser considerada femenina, hasta conductoras de carros de combate, zapadoras y pilotos de aviones caza.

Lo que no faltaba a aquellas mujeres soviéticas era valor y resistencia. Eran intrépidas e ingeniosas, sacrificaron sus largos cabellos por su amor por la patria, abandonaron a sus hijos y a sus padres ancianos para brindarles un futuro libre y no la esclavitud que auguraban las invasiones de Hitler. Se conformaron con los uniformes masculinos y botas, que les venían tres tallas grandes, porque los altos mandos no tuvieron en cuenta que las mujeres eran más pequeñas que los hombres.

Vencieron y la vida en el socialismo soviético volvió a su cauce. Las mujeres no fueron consideradas heroínas hasta muchos años después porque sus recuerdos no fueron los que llenaron las páginas de historia porque la historia la escribían y la siguen escribiendo los hombres.

El socialismo de entonces permitió que las mujeres se incorporasen a la vida pública de su inmenso país en todos los ámbitos: ingenieras, juezas, médicos, científicas y doctoras, entre otras. En 1975, año en que el 8 de marzo fue declarado el Día Internacional de la Mujer Trabajadora en la 27ª sesión de la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas, las mujeres soviéticas conmemoraban orgullosas los éxitos que habían sido logrados en materia de igualdad de género, en su desarrollo íntegro como personas y en su participación en todas las esferas de la vida social.

No obstante, como demuestran los hechos históricos del pasado, el socialismo solo es posible en la teoría, por la sencilla razón de que el ser humano se corrompe fácilmente con el poder y el dinero. El problema no está en el sistema, sino en el ser humano. Aquel sistema socialista que empezó como una inspiración global acabó como una dictadura más, donde la ciudadanía fue privada de cualquier libertad de expresión y de elección, donde cualquiera era sospechoso de traición al régimen, personas encerradas en un mundo con paredes y techos de cristal para que no pudieran ver el progreso del capitalismo en los países vecinos. El capitalismo se convirtió en un sueño ansiado de los soviéticos que tenían dinero pero no en qué gastárselo, asfixiados por la ansiedad de tener algo, de tener más, de salir de aquella prisión invisible y ver el mundo.

Las mujeres nacidas en el socialismo crecían con las ansias de tener lo prohibido, los juguetes del materialismo occidental, los vaqueros americanos y los vestidos cortos de colores vivos, porque la realidad soviética era gris, monótona y triste. La juventud leía a los clásicos europeos a escondidas en los sótanos y sintonizaba sus radios para encontrar las frecuencias de la BBC o alguna radio polaca para escuchar las noticias reales o música más alegre, el rock and roll, perseguida en la URSS.

La perestroika fue tomada por la juventud exsoviética como un paso hacia el futuro, hacia el progreso, hacia las nuevas posibilidades y nuevos sueños. No obstante, lo mejor de los valores de sus antecesores, de los veteranos de guerra, fue desechado como los retales del pasado. Se abrazó el capitalismo con tanta desesperación y ansia que se convirtió en un nuevo dios de los recién independizados países del Este, llevándolo a los salvajes extremos de la ley del más fuerte, del consumismo compulsivo, de las mafias y la corrupción.

Los gobiernos se olvidaron de sus héroes y heroínas del pasado, de los ancianos y ancianas. También el rol de la mujer pasó a segundo plano y ellas lo aceptaron. Lo contrario de este mundo occidental y capitalista no siempre es el mundo dictatorial árabe. Las mujeres silenciadas no solo se esconden tras un burka, también tras un escudo de indiferencia, de sonrisas amables, de rostros preciosos y cabellos siempre bien peinados de las mujeres del Este, escondidas detrás de sus hombres y brillando en la oscuridad con su absoluta falta de voz.

La última y única líder femenina en Rusia, la zarina Catalina la Grande, fue un ejemplo de progreso y renacimiento del país. Sin embargo, desde entonces las mujeres ni han logrado, ni han podido lograr subir al trono presidencial. Hace unos días, en la actual y moderna Rusia se presentaba a la candidatura de la presidencia una única mujer, Ksenia Sobchak, periodista e hija del antiguo mentor del actual presidente Vladimir Putin. Sobchak recibió duras críticas e insultos desagradables por parte de sus compañeros hombres. Ella sabe que no ganará este año, pero tiene esperanzas para el 2024 cuando, según la Constitución rusa, el actual presidente no podrá volver a gobernar tras casi un cuarto de siglo en el poder.

Ksenia Sobchak es una guerrera, una heroína de nuestros días que se ha atrevido a plantarle cara a un líder “invencible” y a los demás candidatos masculinos, para demostrar que nada es imposible, incluso en un país donde la ley despenaliza la violencia de género en los casos en los que no se causen lesiones o que se produzcan de manera intermitente.

La historia ha demostrado que los cambios se producen solo gracias a la rebeldía e inconformismo de unos pocos: ya sean la élite intelectual, las clases obreras, la gran mayoría de la población femenina de un país, como es el caso de España, o una única mujer con el apoyo de unas minorías, como lo es Ksenia Sobchak. El 8 de marzo de 1975 fue proclamado el Día de la Mujer. El año 2018 es el Año de la Mujer.

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