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La cárcel de las princesas

El fin del régimen feudal tuvo lugar en el siglo XIX. Sin embargo, en este siglo XXI los antiguos señoríos se transforman bajo una preciosa máscara del capitalismo en empleadores y empresarios autónomos que no solo contratan a las jóvenes y guapas hosteleras, las camareras de pisos o kellys, falsos autónomos o inmigrantes en situación de extrema pobreza, sino también a empleadas plurilingües con estudios superiores a cambio de una remuneración muy superior a la media, unas veces, y unos salarios míseros y vergonzosos, otras, así como unas condiciones que más que una relación laboral recuerdan al pacto con el diablo a cambio de todo su tiempo libre y los pormenores de su vida privada.

En este siglo de mujeres masculinas y hombres femeninos, el clásico cuento de la Cenicienta o de cualquier otra princesa en potencia ha dejado paso a un nuevo tipo de mujer, una mujer independiente y autónoma ante la que nada se resiste: ni la velocidad de los coches, ni su mecánica, ni los grifos rotos, ni los botes de pintura, ni tampoco el trasnochar para demostrar su valía en cualquier campo y disciplina.

El amor y la familia, en muchos casos, han pasado a segundo plano como objetivo en la vida y el príncipe azul todopoderoso ha desaparecido del horizonte, siendo sustituido por otro hombre: el jefe acaudalado que compensa los esfuerzos sobrehumanos con salarios superiores a la media.

La necesidad de reconocimiento social y personal ha sobrepasado al anhelo de una vida tranquila, un humilde hogar, el sueño de una familia porque tras vender el tiempo y los sueños a los empleadores no queda más que un cuerpo sin alma, incapaz de pensar, de analizar o de elegir, sin tiempo ni fuerzas para seguir siendo persona.

Una sociedad de consumo de la cual nos hicieron partícipes sin nuestro consentimiento con propaganda barata y la obsolescencia no solo de los dispositivos que llenan nuestras vidas, sino de nuestros sentimientos - un control mental voluntario al estilo de 1984 de G. Orwell.

Las princesas miserables han abandonado sus hogares paternos desestructurados con el único objetivo de tomar las riendas de sus vidas y entregarse al trabajo, ser independientes, demostrar lo que valen en un trabajo explotador, devastador, que acaba con toda clase de sueños y fantasías, sumiéndolas en la más profunda apatía.

Y cuando llega el momento de agotamiento, una clara consecuencia del sobreesfuerzo mental o físico llevado día a día a la práctica, a absolutamente nadie le importa. Las princesas no recibirán su correspondiente indemnización porque es de débiles sentir cansancio y estar agotadas, es de débiles no cumplir con los objetivos fijados, es de débiles la necesidad de comer y dormir, o incluso orinar en las horas de trabajo, ensuciando la imagen del zar jefe todopoderoso.

Ya no solo los príncipes azules fallan en cumplir sus promesas, también lo hacen los empleadores. Intercambiar el tiempo y la juventud por un salario a final de mes, aspirar a más, a unos puestos mejores y a unas condiciones de vida mejores, este es el día a día de las cenicientas modernas. Aceptar relaciones abusivas ya no con los príncipes, sino con los empleadores porque el compromiso es mucho más fuerte y la dependencia es mayor porque es económica. Se trata de una cuestión de estatus y de sumisión que nos ha ido inculcando de forma subliminal la sociedad y la educación a lo largo de los siglos.

Las mujeres fuertes son una nueva fuerza laboral. Ellas saben hacer más de una tarea al mismo tiempo, su capacidad de razonamiento y organización está más que demostrada y están dispuestas a luchar muy duro para obtener su compensación después de tantos siglos de represión. Pero la brecha salarial entre hombres y mujeres es evidente e innegable, y es aún más evidente la existencia de multitudes de empresas, tanto privadas como públicas, desde las empresas de servicios de limpieza hasta las agencias de traducción, cuyo jefe y líder es un hombre y las empleadas son las mujeres, pues según los estudios más recientes el 80 % de directivos son hombres.

Estas modernas relaciones laborales se basan en el desconocimiento de los derechos de la trabajadora, en la falta de convenios colectivos y una absoluta falta de control estatal en el cumplimiento de las normas en el ámbito laboral: las condiciones laborales penden de un fino hilo entre la legalidad y la ilegalidad, donde los empresarios aprovechan las lagunas jurídicas y las trabajadoras no reclaman ni denuncian.

El miedo, el desconocimiento y el eterno cansancio que deriva en hastío no dejan fuerzas para la lucha contra los titanes del sistema laboral. Los empresarios se aprovechan de su ventajosa situación de poder, celebran contratos basura o no los celebran, hacen uso de la figura de falso autónomo, de los contratos de prácticas, haciendo disminuir las cifras del paro a cambio de unas condiciones precarias de trabajo: media jornada, jornada completa con mitad de sueldo en negro, contratos de prácticas para menores de 30 años, aprovechando ayudas europeas, pero incumpliendo las condiciones.

La falta de control deriva en la falta de responsabilidades y en una cada vez mayor precariedad de empleo, en peores condiciones y dinero en negro no tributado: ventajas para el empleador y desventajas para la sociedad entera.

En 2015 la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (FRA) ha publicado un informe en el que afirmaba que la explotación laboral en la UE está generalizada y afecta tanto a los inmigrantes de terceros países, a los migrantes intercomunitarios como a los trabajadores nacionales.

Según la legislación europea se considera como caso de explotación laboral grave trabajar todos los días de la semana por un salario abonado de manera irregular o no abonado; trabajar sin contrato o estar sometido a amenazas de deportación, entre otros. En la práctica, la legislación comunitaria penal solo cubre algunas formas de explotación laboral como la esclavitud explícita o el trabajo forzado.

Pero los delitos de explotación laboral son difíciles de cuantificar y penalizar, pues en la mayoría de los casos no se denuncian por miedo o desconocimiento. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que “tres de cada mil personas en todo el mundo se vieron abocadas a una situación de trabajo forzoso en algún momento de su vida”. Uno de los factores de riesgo que hacen a los trabajadores especialmente vulnerables a los abusos laborales son la falta de legislación y de control de las condiciones de trabajo o los factores creados específicamente por los empleadores como la reticencia a firmar contratos de trabajo, el hecho de no informar a los trabajadores de sus derechos o la creación de una situación de dependencia determinada.

El informe Greta del Consejo de Europa indica que el tráfico de personas para la explotación laboral ya supera al tráfico de blancas en Bélgica, Portugal, Serbia, Chipre, Georgia y Reino Unido. Se trata de inmigrantes que en la mayoría de las ocasiones no tienen acceso a la información ni tienen recursos para tomar acciones y denunciar, de nuevo, por miedo o desconocimiento.

Sin embargo, también los trabajadores nacionales sufren de explotación laboral. En noviembre del año pasado la comisión del Parlamento Europeo pedía a España explicaciones sobre la aplicación de las normas europeas en materia de seguridad y salud de las camareras de pisos que solicitaron ayuda directamente a la Eurocámara para poder disfrutar de unas condiciones de trabajo dignas y justas.

En el siglo XXI entre tantos avances tecnológicos y científicos, lo que ha quedado obsoleto es la ética y la moral de las personas. La globalización, la subcontratación, la externalización, la libre circulación de personas, todos esos “avances” han contribuido a incrementar el retroceso ético en las condiciones de trabajo.

La explotación laboral no siempre se muestra con el rostro de las innumerables horas de trabajo e impago de los salarios, existen otras formas mucho más sutiles de explotación: la manipulación y la dependencia específicamente creada. El cambio no solo está en manos de los empleadores y las autoridades, también en manos de las trabajadoras y los trabajadores. ¡Basta ya de excusas, de los “por si acasos”, de los “y sí”! ¡Basta ya de sentir miedo!

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