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Gorda

Creces sabiendo que no eres igual a tu compañera delgada y se convierte en el caldo de cultivo de lo que vas a sufrir y padecer en las etapas venideras de tu vida

El autoboicot es una de las partes más horribles que guardo en la memoria de mi cuerpo, todavía quedan resquicios. Las dietas, las sangrientas dietas

Entendí lo que con 15 no pude, no se trataba de un poco más de tela para fabricar un vestido. Se trataba de segregar a las mujeres en quién sí es válida y quien no por muchas cuestiones, en este caso por su talla y su peso

Esto es un alegato en contra del término gordibuena porque no hay nada más horrendo que clasificar(nos), una vez más, como aptas o no para entrar en el juego del deseo. Del deseo masculino, por supuesto

Se puede leer en la barriga `Gorda´

Se puede leer en la barriga `Gorda´

Empecé a tener conciencia sobre mi cuerpo en la niñez, supongo que como le ha pasado a la mayoría de las personas que tenemos un cuerpo gordo y no normativo. Las exigencias del peso y la dieta, de la estigmatización médica, de las tallas y el linchamiento social te acompañan desde que tienes uso de razón y, con suerte, logras quitarte de encima esa lacra en algún momento de tu etapa adulta.

Creces sabiendo que no eres igual a tu compañera delgada y se convierte en el caldo de cultivo de lo que vas a sufrir y padecer en las etapas venideras de tu vida. Podría decir con rotunda dureza que la adolescencia es en general la peor etapa para cualquier persona que no encaje en el canon establecido, ya sea el estético, orientación sexual, género... En esta etapa se fraguan todas las inseguridades con las que luego vas a tener que lidiar. 

Recuerdo mi adolescencia en una constante lucha contra el espejo y los probadores, sin entender por qué el pantalón o el vestido que me gustaba solo se fabrica hasta la talla X si sólo se necesita más tela para que todos los cuerpos quepamos. Sin entender por qué tengo que vestir de la forma que se me permite y no de la forma que quiero. Y empieza la lucha contra tu propio cuerpo. No reconocerse, no quererse, no mirarse, no sentirte tuya, y mucho menos, no sentirte deseada. 

El autoboicot es una de las partes más horribles que guardo en la memoria de mi cuerpo, todavía quedan resquicios. Las dietas, las sangrientas dietas. Qué suplicio vivir en una sociedad que te lanza mensajes no tan subliminales sobre lo mal hecho que está tu cuerpo, qué cara más guapa tienes: con 5 kilos menos, mejor. Entré en la universidad y me tocó la lotería entre descansos y cafés. La lotería vino en forma de mujer, su nombre es Patricia. Es mi persona. Juntas comenzamos a introducirnos en el feminismo, a despertar y a abrir los ojos. Siempre lo diré, el feminismo y Patricia me salvaron la vida.

Entendí lo que con 15 no pude, no se trataba de un poco más de tela para fabricar un vestido. Se trataba de segregar a las mujeres en quién sí es válida y quien no por muchas cuestiones, en este caso por su talla y su peso. Se trataba de que el capitalismo crea toda una industria detrás de cada complejo, en este caso del estético. Se trataba de mantenernos ocupadas en bajar de peso y no de reparar en qué hay detrás de este linchamiento hacia nuestros cuerpos. Hoy lo entiendo, la trastienda del patriarcado y el capitalismo. 

Allá por el 2016 conocí por redes sociales a unas mujeres poderosas que hacían activismo por el cuerpo gordo. Después de años sorteando obstáculos contra mi propio hogar, años de verme encerrada en un cuerpo que no quería y que me negaba a que fuera mío; años de sentir que yo no podía gustar a nadie porque a nosotras se nos enseña a eso, a gustar. Y una mujer gorda no podía gustar. Estas compañeras me enseñaron, en un primer momento de conciencia sobre mi yo y mi cuerpo político, que sí, que había mujeres gordas que sí podíamos gustar. Empecé a construir mi nueva identidad en base a eso, a la aceptación masculina de mi cuerpo. A consumir cuerpos que sentían placer conmigo, con una mujer gorda, en medio de una revolución personal sobre mi yo y mi sexualidad. 

Hoy, más de tres años después, me resulta cuanto menos doloroso caer en la cuenta de que el amor que ahora siento por mi cuerpo empezó siendo un amor ficticio basado en el deseo que sentían otras personas hacia él. En un primer momento de autoconocimiento, me salvó la vida. Hoy, me parece insuficiente y aterrador construir(me) en base a la aceptación ajena. Esa plataforma activista que un día me salvó, se me quedó pequeña. Bajo mi punto de vista, no traspasaron la barrera del discurso de la gorda que le gusta al tío más buenorro de la discoteca, qué suerte la gorda que acaba con él la noche.

Haciendo un análisis político de lo que es el movimiento bodypositive, movimiento curvy, de las gordibuenas y de las tallas grandes, me atrevo a concluir que: flaco favor. Qué paradoja. Las gordas podemos gustar. Okey, te lo acepto. Pero, ¿qué mensaje nos están enviando cuando la chica gorda que se sube a la pasarela tiene un cuerpo igual de normativo que la delgada solo que con cinco tallas más? No rompe la norma, la amplía. La amplía porque nos gusta la gorda estilo Ashley Graham, que está gorda, pero está buena porque tiene unas medidas proporcionales. Tetas, culo, cintura estrecha y caderas anchas ¿la gorda sin culo? Pero qué aberración es esa. No rompe la norma porque todo lo que escapa del concepto gordibuena, de la gorda normativa, no gusta. Esto es un alegato en contra del término gordibuena porque no hay nada más horrendo que clasificar(nos), una vez más, como aptas o no para entrar en el juego del deseo. Del deseo masculino, por supuesto. Seguí formándome en el feminismo, ampliando espacios y compartiendo experiencias con otras compañeras, conociendo otros discursos políticos sobre el cuerpo gordo. Termino esta parrafada concluyendo que apenas quedan resquicios en mi cuerpo del sabotaje impuesto por una sociedad gordofoba, a golpe de consciencia he ido construyendo lo que hoy soy (que no es ni la mitad de lo que seré mañana) pero, sobre todo, a golpe de feminismo, de sororidad y de escuchar las voces de mis compañeras.

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