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Elena Ortuño


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A principios de agosto las aguas de la laguna salada más grande de Europa alcanzaron su máximo histórico de temperatura, con 32,4 grados centígrados en algunas zonas del litoral murciano. El Mar Menor, prácticamente inalterado durante cientos de años, se ha caracterizado por ser un ecosistema aislado e hipersalino, con altos contrastes térmicos estacionales. Esto cambió a finales de los años 60, con la apertura del canal del Estacio, una gola abierta de manera artificial que comunicó las aguas del Mar Menor con las del Mediterráneo. A partir de ese momento, la biosfera marmenorense se transformó. Las acciones del hombre en el entorno de la laguna comenzaron a multiplicarse y las especies marinas, a disminuir. 

El Mar Menor registra la temperatura más elevada de su historia con 31,25 grados centígrados

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Los caballitos de mar, las nacras o las diferentes clases de peces aguja son algunos de los protagonistas del dramático descenso poblacional. El sistema de población autóctona del Mar Menor es muy relativo, puesto que hay pocas especies que sean capaces de cerrar el ciclo completo –que nazcan, crezcan, se reproduzcan y mueran– en sus profundidades. Antes de la apertura de los canales que intercambian las aguas de la laguna y las del Mediterráneo, el fondo del Mar Menor era arenoso y con fango, lo que se traduce en un tipo de ecosistema distinto al actual. Julio Mas, exdirector del Centro Oceanográfico de Murcia, explica que “los llamados fondos limpios favorecían la proliferación de mugílidos, un tipo de pez, como el mújol o el pardete”.

El científico recuerda que, cuando se abrió el canal del Estacio, el fondo limpio se llenó de un alga verde invasora. La salinidad ya no era tan alta, las temperaturas se suavizaron y las especies que eran capaces de vivir en un ecosistema tan drástico y exigente como el que era el de la albufera comenzaron a bajar de número mientras que aparecían otras nuevas. “Hay especies que son estrictamente del Mar Menor y que aún se mantienen y otras que han descendido mucho, como los caballitos de mar. En otros casos, la población fluctúa: hay años mejores y peores”, reconoce Mas.

Los años 70 llegaron como un pistoletazo del urbanismo masivo y descontrolado –especialmente en La Manga del Mar Menor– que alteró la salinidad de la laguna y su biodiversidad y deterioró espacios naturales, como las Salinas de Marchamalo. Una localización donde, según Pedro García, director de la Asociación de Naturalistas del Sureste –ANSE–, la fauna se muere hoy por falta de agua. Los vertidos mineros, los pozos negros, la ganadería intensiva y el paso de una agricultura de secano a una de regadío –gracias al trasvase Tajo-Segura– fueron los siguientes pasos, todos concentrados bajo una misma creencia errónea: el paradigma de que el mar es capaz de diluirlo todo.

Muchos han sido los avisos. Primero fueron los pescadores, que vieron cómo poco a poco las especies rentables para su venta mermaban en la laguna. La entrada de las medusas a partir de 1990 o de la popularmente conocida como babosa peluda fueron también una voz de alerta: la situación estaba cambiando y especies invasoras estaban colonizando su superficie. A pesar de la repulsión que causa en algunas personas, “la caulerpa –una especie vegetal que se introdujo al caer la salinidad– evitó que la llamada 'sopa verde' –proliferación de algas– llegara décadas antes. Se fue expandiendo por el fondo de la laguna y provocó una retirada de nutrientes”, explica Francisca Giménez Casalduero, directora del centro de Investigaciones Marinas de Santa Pola y profesora catedrática en la Universidad de Alicante. La bióloga ha dedicado gran parte de sus investigaciones a los efectos de las presiones antrópicas sobre las comunidades marinas.

Si bien es verdad que la marisma costera fue hasta comienzos de siglo un ecosistema con una gran capacidad de regeneración y absorción de nutrientes, en 2016 la situación cambió drásticamente. Los nitratos procedentes en su gran mayoría de la actividad agrícola llegaron a tal volumen que en las aguas comenzaron a generarse cantidades industriales de fitoplancton, la ya mencionada 'sopa verde', que impide la entrada de luz al fondo marino. “Al no poder hacer la fotosíntesis, la vegetación colapsó y el 98 por ciento de las praderas murieron”, explica Mas. Ya no se producía oxígeno, lo que condujo, a su vez, a los famosos episodios de anoxia y mortandad de peces.

“Aunque a nivel social no se percibió con tanta intensidad como en 2019 –tres toneladas de peces descompuestos en las orillas a raíz de las inundaciones causadas por la DANA–, el gran drama en realidad fue en 2016, porque fue el momento en el que el proceso de eutrofización –contaminación en superficies acuáticas por exceso de nutrientes– acabó con el 85% de las comunidades del fondo lagunar”, añade Giménez Casalduero.

Según la científica, las especies quedaron relegadas al perímetro de la albufera, pues en las profundidades –tres o más metros– había muerto todo. “Las condiciones eran y son inviables. Yo siempre hago un símil: Sierra Espuña tiene una superficie parecida al Mar Menor. Lo que ha pasado en el segundo es como si hubiera habido un incendio y se hubiera quemado el 85% de todo el centro de la sierra. Solo la zona periférica habría sobrevivido, matando a la mayoría de seres vivos que habitan el monte”, explica la catedrática.

Lo que Giménez Casalduero destaca es que el Mar Menor se encuentra sumido en una crisis desde hace cuatro décadas, una misma crisis en bucle: cuando hay una leve recuperación, las especies que son más resistentes o capaces de colonizar ambientes deteriorados, como la caulerpa –un tipo de alga verde–, recolonizan el mar, pero si al cabo de dos años vuelve a haber un episodio de eutrofización, la situación vuelve a un punto de partida, que cada vez es menos resistente. “Es lo que se llama la resiliencia. Nos estamos cargando la resiliencia de la laguna”, denuncia la científica. “Hoy en día hay tal inestabilidad que saber si una especie se va a mantener o desaparecer es muy complicado”, añade Mas. 

Los grandes amenazados

Desde el acuario de la Universidad de Murcia, en coordinación con la Dirección General del Mar Menor y con la de Medio Natural, dependiente del Gobierno regional, existe un proyecto en marcha llamado 'Banco de Especies', cuyo objetivo es desarrollar protocolos de mantenimiento y reproducción en cautividad de las poblaciones animales características y singulares del Mar Menor, con la intención de reintroducir dichas especies en la laguna en caso de que mejoren sus condiciones. Emilio Cortés Melendreras, responsable del proyecto, afirma que lo que se hace en el acuario es importante para “poder abordar acciones de recuperación en caso de que alguna de ellas se sienta comprometida por la crisis que está viviendo el Mar Menor”. Son muchas las especies afectadas por las pésimas condiciones de las aguas, pero Melendreras y Giménez destacan para este diario algunas de las más reseñables:

El caballito de mar

Estos pequeños habitantes marinos siempre han sido un icono emblemático de la laguna y, aun así, los censos dan unos datos terribles. La directora del centro de investigaciones de Santa Pola lamenta que “su mortalidad es altísima”. Los caballitos de mar, junto con las nacras, fueron las especies que dieron forma a la idea del proyecto 'Banco de especies' de Cortés, al ser las primeras con las que trabajó el equipo.

Las agujas de río

Junto con la aguja mula, eran unas de las especies más abundantes del Mar Menor hasta que comenzó su declive por el empeoramiento de la calidad del agua. Por su parte, la aguja real, una especie típica de hábitats tropicales y subtropicales, llegó al Mar Menor por el calentamiento gradual de sus aguas.

La nacra

Es uno de los bivalvos más grandes y amenazados del Mediterráneo –puede alcanzar el metro de longitud–. Su población está cayendo en picado debido a un parásito que ha acabado con prácticamente la totalidad de las nacras del antiguo 'Mare Nostrum'. Según Cortés, en el Mar Menor la especie no se vio afectada porque la salinidad de la laguna está por encima del rango en el que actúa el patógeno. “Por tanto, en nuestro pequeño mar teníamos una población que estaba a salvo, pero con la crisis de hipoxia han pasado de 1.800.000 nacras a 800 o 900 localizadas. Está en peligro crítico”, advierte el investigador. 

La anguila europea

Es una especie declarada en peligro de extinción. La anguila migra desde el viejo continente al alcanzar la edad adulta y llega al Mar de Sargazos, en América, para reproducirse y morir. Después, sus larvas son arrastradas de vuelta por corrientes hasta las marismas y ríos europeos. Pedro García, cabeza de ANSE, coordina un proyecto para su conservación que consiste en desarrollar métodos de marcaje para obtener información sobre las posibles fechas de migración del animal marino. El ecologista afirma que en torno al 90% de su población ha desaparecido: “Paradójicamente, el Mar Menor es uno de los sitios en los que más se capturan anguilas de toda España. Nosotros nos dimos cuenta de que si las estaban capturando en una época en la que los animales salen en migración, estaban deteniendo su posible repoblación”. Gracias al proyecto, la comunidad autónoma ha podido fijar una cantidad máxima de volumen de pesca y unas fechas en las cuales no se puede pescar.

La ostra plana

Se trata de una especie que perdura en determinadas zonas del Mar Menor y es protagonista del proyecto RemediOS, desarrollado por el Instituto Español de Oceanografía y en el que colabora ANSE. Pedro García explica que el objetivo es plantear una solución a la sopa verde del Mar Menor. “La ostra podría mejorar la calidad de las aguas al reducir los nitratos disueltos en la laguna, pero, además, también es útil porque, si la fase experimental va bien, se podrían recuperar bivalvos típicos de la zona como el berberecho o la nacra. 

El berberecho

Hasta los 90, el berberecho era muy abundante en el Mar Menor. A pesar de ser una especie que aguanta bien condiciones ambientales extremas, hoy en día su población ha menguado debido al desmedido aumento de moluscos depredadores.

Después de medio siglo de degradación anunciada, la laguna salada, morada de cientos de especies en general y del caballito de mar en particular, queda hoy en la memoria colectiva de los murcianos. “Siempre hemos dicho que lo primero es actuar en el origen: reduciendo la superficie de regadío –que ya se ha ido limitando considerablemente–, mejorando las prácticas agrícolas y el uso de fertilizantes, eliminando la llegada de las aguas a través de las ramblas, limitando el vertido de aguas residuales...”, enumera Cortés, y añade: “Si abordamos las raíces del problema y sumamos proyectos que mejoren la calidad de las aguas –como el experimental proyecto RemediOS–, el Mar Menor comenzará a recuperarse de su enfermedad”.

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