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Educar en tiempos del cólera: la brecha digital

Un niño pintando

Michel Foucault en 'Vigilar y Castigar' (1975) nos explica que la peste provocó unos esquemas disciplinarios individualizantes, una intensificación y una ramificación jerárquica del poder y de sus controladores. Nos explica que el sueño político de la peste es diferente al sueño político de la lepra, el cual proyecta la idea de comunidad pura, excluyendo al infectado en una masa no muy clara. El sueño de la lepra se pudo observar en los fascismos europeos del siglo XX, quienes querían depurar su nación.

Después de las diversas declaraciones del presidente Sánchez, con todos los matices por hacer, parece que el sueño político de la COVID-19, teniendo un impulso disciplinario, pone el énfasis en la digitalización como vía de futuro. Durante el confinamiento, una de las tantas cosas que se han hecho evidentes es que los trabajadores cuyo rendimiento no tiene una traducción material han sido relevados a un segundo plano. Es decir, los trabajadores en educación y cultura, precisamente aquellos que tienen un contacto humanístico y social de más impacto, han quedado sepultados.

En una sociedad donde ambos sectores son estigmatizados, son los profesores los que están siendo punta de lanza de ese nuevo sueño disciplinario de la COVID-19. Antes de actuar a corto plazo nos debería llamar la atención la divergencia de dos consejeros regionales. Por un lado el consejero de Sanidad, Manuel Villega, nos remitía a la salud emocional de los infantes, y en cambio, la consejera de Educación, María de la Esperanza Moreno Reventós, anunciaba una evaluación de los contenidos ya dados y apresuraba a compartir que más de 2.300 docentes mejorarán su competencia digital estos días.

Esta actitud parece poner bajo sospecha una vez más a los profesores, y aleja del centro de atención a los alumnos y las condiciones que creamos a su alrededor. Es cierto que se ha puesto un teléfono de contacto para alumnos con necesidades específicas, medida que podemos aplaudir, pero esto va más allá de los alumnos etiquetados. A estas alturas sabemos que en otros lugares como Cataluña ya se ha hecho un inventario del número de alumnos que no disponen de internet o que no tienen un dispositivo adecuado para intentar facilitárselo -tarea que parece ser utópica por el momento-. Desconozco si la consejera sabe las familias que tienen internet, un único ordenador para varios hermanos o aquellos que solo podrán trabajar con un teléfono móvil -Esperanza, no se trata de enviar un 'whatsapp', sino de realizar actividades, no se puede redactar en condiciones en un teléfono-.

Mucho me temo que esas diferencias pasarán factura, haciendo de la justicia social en educación una anécdota. Sabemos las consecuencias de la brecha digital, no solo respecto la clase, sino también en el trabajo encargado por el Ayuntamiento de Barcelona a Fontal, Losada Vázquez y Zabala que demostraban que la digitalización también abría una brecha según el género. Así, deberíamos tener muy presente la siguiente pregunta: ¿el uso de tecnología es sinónimo de innovación en un sentido igualitario? En ocasiones, conceptos como el de innovación o de cambio tecnológico, lejos de transformar en un sentido igualitario la sociedad, es resuelto como contraproducente. En realidad, en muchas casos, la idea de innovación acaba respondiendo a la idea de valor añadido dentro de la comercialización de productos educativos.

A medio plazo, deberíamos entender que las propuestas educativas que pretenden dirigirse hacia esa igualdad, en un primer plano, deberían romper las dinámicas de exclusión que establece el contexto social. Para ello deberíamos construir unas condiciones donde el profesor pueda tener una actitud emancipadora. No pueden ser autónomos si el pensamiento crítico se convierte en una heroicidad, ¿el profesor es autónomo a negarse a realizar trabajo online o a su evaluación cuando sabe que es un factor que aumentará las desigualdades?

Los dispositivos tecnológicos tienden a tener un retorno opaco, es decir, la información que ofrece a las élites es más directa y más fiable que las posibilidades de los infantes. Estamos imponiendo a profesores y alumnos a verse reflejados en un espejo negro, todo ello bajo el péndulo de la evaluación.

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18 de abril de 2020 - 06:00 h

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