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En palabras escritas

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Dice el novelista Von Keyserling que una carta siempre es sagrada porque es la expresión más perfecta de la intimidad de nuestra alma. Las vanas abstracciones de la literatura han ayudado a otorgar esa cualidad como de súbita revelación a las cartas, como si los asuntos que contienen la importancia y el peso invisible del mundo solo pudieran ser revelados a través de palabras escritas que se depositan en la oscuridad absoluta de un buzón. Las cartas son en la literatura promesas fugaces de amantes imposibles de cumplir o declaraciones de un amor de lejanía y ternura o de reproches tempestuosos y vengativos. O también son presencias futuras y encuentros inmediatos en ciudades desconocidas y exóticas, a las que los protagonistas llegan por primera vez en tren o en taxi y miran por la ventanilla pensando sin sosiego en el enigma de su remitente mientras la ciudad se despliega ante ellos con la velocidad de las transparencias de un cinematógrafo.

En la literatura las cartas siguen su camino inequívoco y se cruzan en la geografía sin límites del mundo, recorren países y atraviesan regiones como un rastro que guía la mirada y los pasos hacia quienes las reciben con ligera expectación nerviosa antes de desgarrar los sobres. Entonces se leen con impaciencia o con angustia, levantan ilusiones o generan miedos ineludibles, y confirman la presencia de quien las lee porque aluden a una vida y a un lugar exacto de una ciudad, a un nombre escrito al dorso y al comienzo del texto con cariño o con una tensa frialdad.

En el testimonio inexacto de los recuerdos de la infancia las cartas se antojaban poderosas y mágicas. Eran depositadas por los carteros en los buzones con el extraño automatismo de quien repite día a día la misma acción, y cuando los vecinos las revisaban como buscando en ellas signos de fortuna o de desgracia igual que en el horóscopo un periódico, sus caras variaban sin obedecer ningún patrón desde la indignación hacia la felicidad, descartando con desdén los avisos para pagar multas o letras del coche como si fueran obstáculos para llegar a una carta enviada por un familiar que vivía muy lejos, en alguna ciudad europea, y escribía a los suyos postales con fotografías a todo color de edificios históricos de aire soviético iluminados por cielos veraniegos de un azul casi marítimo.

Lejos de la infancia y de la literatura, en la realidad ajena al resplandor minucioso de las invenciones de las novelas, las cosas suceden con el mismo impulso de predestinación y de azar con que se suceden los días y los hechos y fluyen las palabras, y a veces las cartas urden en ellas sin apariencia de propósito los hilos invisibles de la crueldad o de la belleza del destino. Un día de principios de 1921, con las manos sobre la mesa de la cafetería de la estación de tren de Viena, Milena Jesenska y Franz Kafka se miran por primera vez, aunque ambos se conocen porque se llevan escribiendo cartas ininterrumpidamente varios meses.

Cada uno sabe tantas cosas del otro sin haberlo visto nunca que se extraña que de verdad exista, y aunque a su alrededor hay más personas sentadas, los dos se miran como si estuvieran solos, con la actitud audaz y singular de quien cree que no hay nadie más en el mundo. A lo largo de meses, en los espacios reducidos y mágicos de las hojas de papel, ambos se han escrito palabras y frases que aluden a su vida entera, y se han revelado con una pasmosa confianza y sencillez sus sueños, sus deseos más íntimos, sus miedos, sus gustos, sus visiones del mundo, sus libros preferidos o sus discos imprescindibles.

“El miedo es la infelicidad”, le había escrito Kafka, al principio, y esa frase tan simple es recordada por Milena todos los días en el campo de concentración de Ravensbrück, en 1942, y el desconsuelo incesante por lo que ha perdido se amortigua en el contraste de la hermosura de lo que perduró durante unos años gracias a la lejanía y a las palabras escritas.

Las cartas abarcan la compleja densidad de un presente muchas veces turbio y desgarrador y al mismo tiempo una nostalgia de otro tiempo irrecuperable que solo existe en las figuraciones de las palabras que contienen. En una mañana de la primavera de 1935, el nombre del dependiente de una tienda de alimentación de un barrio de Münich está siendo escrito por un vecino que vive un par de edificios más allá de la esquina de la calle, en una carta que llegará al cuartel de la Gestapo esa misma noche, y veinticuatro horas después, con sigilo de cazadores furtivos, unos hombres sin uniforme, aunque con una inequívoca y vaga apariencia oficial, se lo llevarán detenido y lo ejecutarán como a un perro en un descampado, sin motivo alguno.

En el cielo gris y húmedo de Liverpool John Lennon le escribe una carta en un tono de amenaza y casi de odio a Paul McCartney, pero lo que ninguno se atreve a pensar aunque se lo imaginen es que ese mensaje también es el preludio de su separación definitiva un año después. En 1970, la escritora Elizabeth Hardwick escribe cartas a su marido Robert Lowell, que se encuentra extrañamente de viaje en Inglaterra para dar unas clases de literatura, y le cuenta en ellas sus muchos agobios, la responsabilidad de cuidar sola a su hija, de pagar las rentas, y le pregunta por qué tarda tanto en regresar. Él le contesta en cartas cada vez más confusas, porque se ha enamorado de otra mujer y no se atreve a confesárselo, y las que su esposa le escribe comienzan a no significarle nada, y sin embargo ella empieza a sospechar en las palabras escritas por él una sombra de indiferencia en la que todavía no es capaz de percibir el daño irreparable que le provocará la traición.

Es posible que el arte de las cartas se haya ido extinguiendo poco a poco, y que ahora no las recuerde ni las eche de menos casi nadie, pero hay un residuo inherente a ellas que permanecerá inflexible ahora y siempre. Cada carta contiene inalterable la voz de quien la escribió, cada una es un mosaico de palabras escritas que cobran la sonoridad de esa voz que es también un vaticinio: en cada carta está escrita la única verdad, no la que matizan las pupilas al observar la amplitud de la luz del día o la que contamina la conciencia embustera, sino la que contiene lo fugitivo de las cosas inmutables y al mismo tiempo la médula eterna de lo que se antoja efímero, el alma escondida dentro de los amantes o de los amigos, en el interior más hondo de los cobardes y de los delatores.

Ahora la memoria infiel lo recuerda todo, todas las cartas de los libros y todas las cartas de mi vida y de las vidas sobre las que he leído, todas las personas que sufrieron o se regocijaron en su plenitud de palabras escritas, y cuando leo en los periódicos regionales la noticia de la petición por carta de Fernando López Miras a Pedro Sánchez sobre la posibilidad de ampliar los horarios del toque de queda, pienso inmediatamente en todas las promesas que hay detrás de esa palabra, y me pregunto si no había otra forma más adecuada de eludir sin reparo tanta responsabilidad, una llamada telefónica, un mensaje de texto, tal vez incluso un tuit, con todo lo que significa una carta.

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23 de enero de 2021 - 06:01 h

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