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Lo que no dijo el programa 'Salvados' sobre las temporeras

Un detenido por presuntos abusos sexuales a temporeras de la fresa en Huelva

Raúl Radovich

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Las imágenes iniciales del programa muestran la normalidad de un trabajo como cualquier otro en una instalación moderna de cualquier empresa del mundo occidental. Posteriormente se vislumbra que existen irregularidades que han salido a la luz por alguna publicación alemana que denunció la existencia de abusos sexuales de las mujeres extranjeras que vienen a trabajar en los periodos de recolección de la fresa en Huelva.

Desde esa mirada el programa se dedica a tratar de comprobar que hay de cierto en esas denuncias como si fueran casos excepcionales en ciertas explotaciones de determinadas zonas. Como testigo principal cuenta con un empresario “modelo”, ejemplo de haber montado un imperio gracias a su espíritu “innovador” que se resume en que no paga mejor el trabajo porque perdería mercados. El contrapunto lo dan algunas mujeres que llevan muchos años en estas tareas sin que nada haya cambiado en sus vidas. Y sobre todo muestra como otras mujeres desde el otro lado del Mediterráneo compiten entre sí para poder acceder a este “paraíso”, para lo cual en un proceso de selección tienen que mostrar, además de sus manos. la mayor cantidad de hijos como prueba de que una vez hecha la faena no se les ocurrirá quedarse. Conclusión: si se logra eliminar a los “manijeros”, nombre que reciben los capataces, que, se supone también son extranjeros, que cometen abusos sexuales, se podrá seguir disciplinando a las trabajadoras que cometan el crimen de no batir récords en la recolección, sin que pueda hablarse de irregularidades.

La realidad es mucho más dura y mucho más extensa. Afecta también a zonas de Almería y Murcia, y se prolongan durante todo el año, ya que en lugar de trabajos temporeros hay una sucesión continua de labores agrícolas. El trabajo que realizan estas mujeres forma parte de un poderoso complejo agroindustrial, con los mayores avances tecnológicos en la producción y el transporte totalmente integrado con las poblaciones consumidoras más ricas del planeta. El complejo puede existir por la degradación del ambiente, del que la situación extrema del Mar Menor es el mejor ejemplo y por la superexplotación de las trabajadoras extranjeras y también locales sacando las máximas ventajas de la actual fase de desregulación del capitalismo donde han triunfado las principales ideas neoliberales.

Lo que parece un trabajo excepcional en determinadas épocas del año, es en realidad una producción continua con las características del trabajo industrial de la época fordista, con la particularidad que la recolección exige manos artesanas que sean capaces de tratar delicadamente el producto al tiempo que se hace de la forma más rápida posible.

Para lograr este resultado en lugar de garantizar condiciones estables se ha instalado una verdadera selva donde vale todo. Las jornaleras se levantan muchas veces por la madrugada sin saber cuál va a ser su lugar de trabajo. Esperando en determinados sitios, aquellas que finalmente han conseguido ser elegidas, amontonadas y somnolientas son llevadas en furgonetas, como una mercancía más, durante una o dos horas hasta el lugar de la faena. Una irregularidad frecuente es que ese tiempo no se abona. Si hay espera antes de empezar la faena tampoco se remunera. La jornada casi nunca suele ser de ocho horas adaptándose el horario a las necesidades de la producción. Otra de las características irregulares de estos trabajos es que se paga, no por hora trabajada, sino por unidad de producto recogido. Lo que se llama trabajar a destajo: dependiendo de las lechugas cortadas o de las cajas de tomates así se cobra. Sin descanso. Con 40 grados o bajo la lluvia. Sin medidas de protección. A veces al mismo tiempo que fumigan. A veces con presencia de mujeres embarazadas. Al final de la jornada otro trayecto de vuelta, tan amontonadas, y más somnolientas que en el viaje de ida. Así mientras dure la faena. Todo por unos tres euros la hora, o treinta la jornada, a veces la mitad de lo que fija el convenio. Una de las mayores ilegalidades es la falta de conocimiento, por parte de las interesadas, de las condiciones contractuales sin entrega del contrato. Este aspecto se agrava por el particular sistema de altas en la Seguridad Social, ya que no hay obligación de hacerlo de forma previa al inicio de las actividades, como es normal en el Régimen General. Todas estas circunstancias se tornan más angustiosas en el caso de las mujeres que vienen sin siquiera conocer el idioma.

Es en este marco en que por temor a las represalias se producen escasas denuncias de vejaciones por parte de las trabajadoras, visibilizando la escandalosa situación que sufren todas las jornaleras. Soportando las miradas erotizadas de los jefes y a veces de los propios compañeros, las insinuaciones, el desprecio por el hecho de ser mujer, la violencia verbal, los abusos y las agresiones sexuales, incluso las violaciones de los que deciden si te llamarán en la próxima ocasión.

La denuncia realizada por las temporeras de la fresa sobre estas prácticas pese al apoyo conseguido por organizaciones sociales y feministas fue rechazada por la justicia, normalizando y justificando  un “aquí no pasa nada”, acorde con todas las injusticias existentes en el sector que, cada vez se extienden más por el mundo laboral peninsular. Donde los convenios laborales se desconocen. Donde existen muy pocos inspectores. Donde reinan las empresas de trabajo temporal que no tienen obligación de dar alta a las trabajadoras antes del inicio de las tareas.  Donde no se suspenden las ayudas agrarias por incumplir las leyes laborales. Donde se abona por el producto recogido y no por hora trabajada. Es decir, el mundo de la flexibilidad laboral y sin normas cumpliendo el sueño del capitalismo del retorno a las condiciones de explotación sin regulaciones del siglo XIX. Todo esto es lo que 'Salvados' no dijo sobre las temporeras.

*Raúl Radovich. Economista agrario. Miembro de Cambiar la Región de Murcia.

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