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Distancia de rescate

Es verdad que los médicos salvan la vida de los enfermos, pero el arte cuida la vida de los sanos. No se puede poner la cultura en pausa

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Diario del coronavirus

No me gusta hablar por teléfono. Esto es un problema si eres teleoperadora, periodista o  tienes familia que vive lejos. De las tres, yo cumplo las dos últimas, pero dado que parece que se avecina una nueva crisis en el sector, no descarto hacer un pleno al quince en el futuro. Como en la estupenda novela de Javier Mestre sobre la precariedad del periodismo en España: Fábrica de cuentos. En ella, las responsabilidades familiares empujan a una joven periodista a abandonar su profesión para al menos vivir con la seguridad de una nómina a fin de mes como teleoperadora.

Me gustaría recomendaros su lectura para estos días pero, a no ser que tengáis el libro comprado con anterioridad, no sería responsable hacerlo. Os podríais apuntar el título y sumaros a la campaña que circula en el mundo del cómic llamada #YoEsperoAMiLibrero. En cuanto reabran las pequeñas librerías, en la medida de nuestras posibilidades, estaría bien visitarlas y compensar un poco estas semanas de pérdidas.

Vi el hashtag anoche en Twitter e Instagram durante mis más de cuatro horas de terco insomnio. También me encontré con la fotografía de José Ignacio García que mostraba la sección de cultura de un supermercado acordonada y forrada de plástico. Decía este diputado de Adelante Andalucía que “un país que no considera la cultura como de primera necesidad es un país que está jodido”. Lo mismo es que sí que estamos un poco jodidos, José Ignacio. Esta foto terrible, que da hasta miedo si amas los libros como parte de tu vida, coincide en el tiempo con la decepcionante intervención pública del ministro de Cultura, tan ausente y profiláctico como la sección del supermercado. Me pareció que el ministro Uribes nos decía que no era el momento para la cultura, que ahora hay que estar a lo importante. Es verdad que los médicos salvan la vida de los enfermos, pero el arte cuida la vida de los sanos. No se puede poner la cultura en pausa, envuelta en plástico como los muebles cubiertos por telas de una casa deshabitada indefinidamente. Necesitamos mascarillas, pero también relatos sobre enmascarados.

El diario del coronavirus

En mi insomnio de anoche solo podía leer vuestras cosas y mirar vuestras fotos. Salí al patio de Twitter y me encontré con otros sonámbulos. Fue como abrir la ventana en plena noche. Coincidí con un vecino despierto, Diego Fonseca, que os escribe por aquí unos relatos durante la pandemia. Como aquel tipo que sale al balcón con un megáfono cada día a decir “me aburro”, Diego estaba allí, en esa enorme habitación llena de gente pero, en verdad, solo, gritando que tenía “insomnio marca Stress del Virus de Mierda”. Le dije que yo también. Diego me confesó que tiene cuatro textos muertos “ahí”, “sin resucitar”, del “daily de eldiario.es”. Y añadió un emoticono de hombros encogidos donde yo no vi un emoji sino al propio Diego Fonseca hundiendo el cuello, con los ojos rojos, resoplando. Pero es que en la noche no se puede hacer nada, “solo hay parálisis”, le contesté. En la noche se puede bailar, beber vino, tener fantasías, vivir romances, follar o masturbarse, pero no puede uno levantarse y decir: voy a aprovechar este insomnio (marca Stress del Virus de Mierda) para terminar de escribir esos cuatro textos muertos que tengo por ahí.

Me cuenta mi amiga R. que en estos días ha terminado de escribir el borrador de su nueva novela. Me alegré por ella, pero qué insana envidia sentí. Me apuesto a que R. no lo ha conseguido en noches de insomnio. (Hay una excepción: que empieces a escribir por la tarde y te atrape la oscuridad mientras te enredas con las palabras, pero eso no lleva la marca Stress del Virus de Mierda). Mirando el techo con los ojos tan abiertos como si estuvieran utilizando conmigo la técnica de Ludovico, solo podía pensar a qué cosas se parecía este confinamiento: pensé en una base científica en la Antártida; pensé en el Nautilus habitado por el Capitán Nemo, su ayudante Consejo y su arponero Ned Land (busqué cómo se llamaban) navegando un abismo; pensé en la Estación Espacial Internacional (y miré en la web de la NASA quién está ahora mismo allí arriba); pensé cómo era cuando jugaba al escondite y nadie me encontraba; pensé en la vez que me quedé encerrada en un baño de un bar; pensé en las fantasías que todos hemos tenido, de pequeños, de pasar la noche en un Corte Inglés; pensé en los parques de atracciones cerrados en invierno y también en las cárceles y en los psiquiátricos. Pensamientos marca Stress del Virus de Mierda.

Por la mañana le pregunté a mi pareja si se había enterado de que me pasé media noche despierta. “Te lo he leído en Twitter”, me contestó. Maldición, pensé, ya he vuelto a contar las cosas en el orden incorrecto.

Me encanta contar cosas, soy un poco bocachancla en eso, lo admito. Pero no me gusta, como decía al principio, hablar por teléfono. Muy al contrario, estoy disfrutando muchísimo de las largas notas de voz que intercambio con mis amigos. Antes, en la vida preapocalíptica, mandaba un audio y pedía disculpas, pues me veía forzada a hacerlo por falta de tiempo para la escritura, aprovechando un transbordo de metro o la cola del supermercado. Y cuando recibía audios a cualquier hora, los miraba con cierto fastidio, incluso angustia. Ahora, disfruto con estos mensajes, que a veces parecen minipodcast, en los que el ruido del cotidiano de mis amigos me llega como ambientación sonora de sus palabras: risas lejanas de niños, pajaritos, otra vez la cola del supermercado pero esta vez lenta y distante.

El diario del coronavirus

Quizá se vea en una de las fotos que acompañan este texto, la que tiene una perspectiva desde mi cama y hacia la ventana, con un verdor maravilloso al otro lado: hay un libro de Samanta Schweblin que estoy leyendo; se llama Distancia de rescate. Debería haberlo leído hace seis años, cuando me lo regaló M., pero siempre hubo algo que se interpuso. Ahora le ha llegado el momento, en parte quizá porque me pareció importante sacar un título como ese de la estantería y traerlo hasta la mesilla de noche. Sin profilaxis ni precintos ni cultura en tiempo muerto, hoy agarré el libro y lo abracé contra mi pecho, como si fuera un peluche. Con la otra mano, busqué a tientas el móvil y presioné el botón de grabar audio, para hablarle a M., de quien hace meses que no sé nada. Muy pocas horas después he recibido su carta de respuesta, desde Buenos Aires, dándome detalles de su propio confinamiento. La distancia que nos separa es enorme, pero no tanto como para que no nos dé tiempo a rescatarnos.

En cambio, seguimos perdiendo a muchos. Cuando comencé a escribir este diario personal, había 36 fallecidos en España. Hoy, 25 páginas después, son 14.555. Se contabilizan 146.690 casos positivos por COVID-19 en nuestro país; 713.466, en Europa y 1.282.931 en el mundo. No hay día que no salgamos al balcón a las ocho de la tarde. Me asomo a la calle, saludo a mis vecinos y aplaudo con fuerza desmesurada, deseando que el esfuerzo me canse y caiga rendida pronto, para dormir lo que pueda; no me importará si me visitan pesadillas marca Stress del Virus de Mierda.

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