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Motas sobre verde

Me han cambiado las vacas de enfrente de casa

Un ganadero ordeñando a mano una de sus vacas en el Mercado Nacional de Ganados de Torrelavega (Cantabria) | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Un ganadero cántabro ordeñando una de sus vacas | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE / Cantabria

Como saben este es mi primer artículo después del largo verano, así que seguro que esperaban algo especial. Yo también venía dispuesto a hacerlo. Un tema serio, digo, con sesudas reflexiones, con ponderación de pros y contras, con una conclusión clara, diáfana y una alternativa absolutamente válida y certera sobre cómo solucionar en diez minutos problemas que personas mucho más listas que yo se ven incapaces de afrontar desde hace años. Escojan la temática, hay varias. Ya saben, un texto difícil de afrontar, espeso, de los de leer con el ceño fruncido, levantar de vez en cuando los ojos de las letras, asentir con gravedad y esbozar una leve sonrisa. Este tío sí que sabe, coño. Y luego compartir en redes sociales. Tú me representas, joder, pones en mi boca palabras bonitas para expresar mis pensamientos. Todo muy cuñado, vaya. Que es lo que se lleva.

Pero es que esta semana me han cambiado las vacas de enfrente de casa. Y claro, le tenía que contar a alguien el asunto.

Bien, yo desde mi casa podía ver un pequeño prado donde había sueltas un puñado de vacas frisonas. Una veintena, más menos, vacas gordas y bien alimentadas, que cada noche paseaban morosas, deteniendo gozosamente las prisas de los coches más estresados, para ir a dormir a un pequeño establo situado a unos cientos de metros. Yo me quedaba como un tonto mirándolas durante horas, porque igual tienen algo de telúricos los bovinos en esta tierra, y porque las manchas de blanco y negro sobre verde húmedo es algo que siempre acaba por agradarme. Pueden llamarme simple, si quieren, pero a mí me gusta.

El caso es que ahora bastantes de esas vacas se han marchado, y han sido sustituidas por otras, grises y achocolatadas. Y parece como si le hubiesen desgajado una parte al paisaje, y éste ahora fuera menos armónico, tuviese un retinglar más grave. Que no es cosa baladí, claro, si nos ponemos a pensarlo. A mí, desde que ocurrió, hasta me salen más raras las frases, más caóticos los artículos.

En realidad soy víctima de un hábito adquirido. Y es que si el paisaje es un ente en continua formación, algo vivo y cambiante que poco tiene que ver con el que disfrutaron (o no) nuestros mayores, tanto desde un punto de vista objetivo como desde otro, mucho más importante en este caso, meramente objetivo, nuestra percepción sobre el mismo será, también, cultural. Cronológica, incluso, por cuanto tiene mucho de conocimiento adquirido desde tiempo inmemorial. Pero, en este caso, tomamos la expresión en su sentido estricto, porque tiempo inmemorial es aquel del que no se guarda memoria. Tres generaciones, vaya.

Decía lo de hábito adquirido porque, en realidad, lo que pensamos que siempre estuvo ahí formando parte de la estampa típica en Cantabria (la vaca frisona, la blanca y negra) en realidad lleva poco más de un siglo. Ni siquiera las vacas fueron durante mucho tiempo los animales más numerosos en nuestras brañas, aunque a alguno le parezca imposible.

La cosa viene de finales del siglo XIX. En España se ha producido un salto demográfico brutal (las décadas de 1860 y 1870 fueron especialmente llamativas) y se hacía complicado alimentar a tantas bocas con los sistemas de producción preexistentes. En otras palabras, que se buscaba una forma nueva de engañar al hambre, sobre todo al hambre de los niños. Y allí es donde a alguien se le ocurrió que el tema de la leche podía ser una buena solución. Que igual no llena mucho, pero alimenta, vaya. Y todo empezó a cambiar.

Cambió, por ejemplo, la ordenación física del territorio en Cantabria. Se llevó por delante la vaca un montón de pequeños bosques autóctonos, sobre todo en zonas bajas cercanas a la mar. La idea era tener cada vez más prados verdes donde pudieran pastar los animales. Así que esa fotografía tan montañesa de las fincas casi colgadas sobre los acantilados con reses pastando sobre ellas es, paradójicamente, moderna. Incluso artificial.

Pero hubo otra consecuencia, una quizá menos evidente a simple vista. Las propias vacas cambiaron. Donde antes existían solamente (o principalmente, no se me pongan exquisitos) razas autóctonas, ahora hay, sobre todo, razas importadas que tenían una mayor producción de leche. Y así las frisonas, las vacas blancas y negras, fueron sustituyendo poco a poco a las tudancas, a las pasiegas, incluso a las campurrianas y lebaniegas, de las que ya no queda, cuentan, ningún ejemplar.

Eran las de aquí razas fuertes, adaptadas a climas de montaña, que podían vivir durante mucho tiempo en praderías de montaña, respetando así las viejas formas de aprovechamiento comunal que se venían practicando desde, al menos, la Edad Media. Pero eran, también, animales que no producían leche en mucha cantidad. Hay por ahí un viejo dicho según el cual las vacas de Cantabria "dan más patadas que leche". Algo así, vaya. Y tiene mucho de cierto. Eran animales pensados para el trabajo, para su consumo como carne, y solo de forma muy subsidiaria para el aprovechamiento lácteo.

Inciso. Dicen que la vaca pasiega proporciona una leche de calidad excelente, y que es la base tradicional, claro, de productos como el sobao y la quesada. Y que nada tiene que ver el resultado final de estos dulces usándose tal materia prima u otra. Dicen, ¿eh?, el escribano ni quita ni pone ripio…

Retomo. Es por eso, la diferencia morfológica entre razas autóctonas y las frisonas, por lo que se roturó buena parte de la Cantabria "más baja" para que animales menos resistentes pudiesen soportar inclemencias y lluvias sin disminuir en su producción lechera. O, dicho de otra forma, se cambió la postal en todos los sentidos, en el telón de fondo y en los animalitos que se ven en primer plano…

Por eso, a lo mejor, no debería estar tan sorprendido cuando miro por mi ventana y no veo brochazos de blanco y negro mugiendo allí abajo. Porque, en realidad, esto, lo de los cambios y demás, ya ha pasado antes, y en realidad no hace mucho tiempo que ocurrió. Pero a mí, de primeras, no pudo por menos que impactarme. Porque soy, de natural, fácil de impactar, aclaro. Así que quería venir aquí, y contárselo a ustedes. Y ya si quieren la semana que viene empezamos con cosas más serias y con reflexiones y con el mal humor y con la exigencia de emborronar en gris la realidad polarizada. Pero eso será dentro de unos días. O no.

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