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Euskadi: ¿RGI o Renta Básica Universal?

La profunda crisis económica, política y social ha reavivado en los últimos años el debate sobre la necesidad de que se implante una Renta Básica Universal (RBU).  La cuestión es: ¿Necesita Euskadi una RBU o le basta   su actual sistema de garantía de ingresos, ampliamente respaldado por la sociedad y los políticos vascos?

El debate sobre la Renta Básica Universal está más vigente que nunca.

El debate sobre la Renta Básica Universal está más vigente que nunca.

Aunque desde algunos ámbitos la Renta Básica Universal (RBU) se plantea como la única herramienta capaz de responder a la pobreza, a los bajos salarios y a la escasez de empleo, el debate esconde mitos y medias verdades que dificultan un debate objetivo sobre sus verdaderas ventajas y desventajas. Esta es la opinión de Joseba Zalakain, director del Centro de Documentación y Estudios de la Fundación Eguía Careaga y uno de los mayores expertos en Euskadi en todo lo relativo a las prestaciones sociales.

Por eso, Zalakain se ha propuesto responder a la pregunta de si Euskadi necesita, realmente, una Renta Básica Universal. “Para dar respuesta a esa pregunta, es necesario determinar en qué medida la propuesta de RBU sería más eficaz que las actuales rentas garantizadas a la hora de erradicar la pobreza o de dar una respuesta a la crisis del empleo”, apunta.

Según Zalakain, la RBU no es necesariamente más útil que un sistema de renta garantizada adecuadamente diseñado. Es el caso de la RGI, que desde hace años permite “desvincular el empleo de la supervivencia, ofreciendo un ingreso mínimo a todos aquellos que no pueden trabajar, independientemente de su historial contributivo”. Tampoco la RBU es, necesariamente, más eficaz que la RGI a la hora de reducir la pobreza. “Dependerá de las cuantías y condiciones de acceso que se establezcan para cada prestación. La propia diferenciación entre renta básica y rentas garantizadas es en gran parte ilusoria. Las diferencias entre ambas se evaporan fácilmente dependiendo de cómo se implemente, en la práctica, cada una de ellas”.

Los promotores de la Renta Básica, explica Zalakain, plantean el debate entre dos alternativas: por una parte, su propuesta de Renta Básica incondicional y universal; por otra, un sistema en el que –más allá de la protección social contributiva y otras ayudas menores− las personas en edad de trabajar no pueden acceder a ningún sistema de garantía de ingresos. “El debate real se centra, sin embargo, entre la propuesta de Renta Básica universal e incondicional, por una parte, y el actual sistema de renta garantizada, condicional y selectivo, por otra [un sistema que, pese a las críticas que recibe desde los dos extremos del arco parlamentario vasco, reduce la extensión de la pobreza en un 40% y su intensidad casi en un 80%]”.

Una persona rebusca en un contenedor.

Una persona rebusca en un contenedor.

La defensa que habitualmente se hace de la propuesta de una Renta Básica Universal se basa en “una serie de mitos y mantras que subrayan los impactos positivos de la reforma y minimizan, u ocultan, sus efectos adversos”.

“Se exagera, por ejemplo, cuando se señala que la RBU eliminará, de un plumazo, la pobreza. Sin duda, una prestación universal, individual e incondicional de suficiente cuantía [asociada además a un incremento de la presión fiscal para los grupos más favorecidos] reducirá la desigualdad y las tasas de pobreza. Puede incluso garantizar a toda la población cubierta por el sistema ingresos superiores al umbral de pobreza previo al momento de su introducción. Pero, mientras la pobreza se siga considerando un fenómeno relativo, definido en función del ingreso mediano de la sociedad en un momento dado, será difícil que una parte de la población no se encuentre por debajo de un porcentaje [ya sea el 40%, ya sea el 60%] de ese umbral”.

Carácter universal

Según Zalakain, el propio carácter universal y no selectivo de la RBU es, en realidad, un mito. “Cuando se afirma que la RBU implica conceder una asignación económica a todas las personas, independientemente de su renta, hay también que recordar que para ello se establecería –al menos en la mayor parte de las propuestas analizadas− un tipo único en el IRPF cercano al 50%. De esa forma, aplicando el tipo del 49% a la realidad guipuzcoana, una persona soltera con un salario bruto de 28.000 euros anuales [unos 1.500 euros netos mensuales] recibiría efectivamente una prestación incondicional cercana a los 8.000 euros anuales, pero pagaría, al mismo tiempo, un IRPF cercano a los 14.000 euros por sus ingresos salariales, frente a unos 5.000 en la actualidad”.

La nueva prestación sería, por tanto, “absorbida por los nuevos tipos impositivos, y la presión fiscal real de esta persona pasaría del actual 17% al 20%, reduciendo sus ingresos, en relación a la situación actual, en un 4%. El deterioro sería mayor en caso de beneficiarse actualmente, por ejemplo, de una ayuda al alquiler o de una deducción fiscal. En términos netos, por tanto, la prestación universal no deja de ser degresiva y a la postre selectiva”.

Sobre la idea de que la Renta Básica supondrá una mejora en términos de estatus y de integración social, y que su concesión terminaría con el estigma que se asocia actualmente a los perceptores de las rentas garantizadas, Zalakain apunta que “la divisoria entre quienes no trabajan y perciben una renta neta y quienes trabajan y hacen una aportación neta en forma de impuestos no dejaría de ser también intrínsecamente estigmatizante”.

Sin embargo, para Zalakain también hay algunos aspectos positivos que se derivarían de la introducción de una renta básica individual e incondicional en el ámbito vasco. “Implicaría por una parte una más que notable simplificación de la gestión administrativa de las actuales rentas garantizadas; la reducción de la problemática del no acceso a la prestación de personas en situación de necesidad y el incremento de las cuantías mejoraría la situación de una parte significativa de las personas que actualmente perciben la RGI y/o que están en situación de pobreza”.

En todo caso, “estos tres beneficios podrían alcanzarse mediante la mejora del actual sistema de rentas garantizadas. Sería para ello necesario avanzar hacia un modelo de garantía de ingresos más normalizado, más ágil y de gestión más sencilla, menos condicional y mejor articulado con el resto de las políticas de empleo y de protección social”.

Optar por no trabajar

Así, el principal efecto que la introducción de la RBU tendría sería “con la posibilidad de optar voluntariamente por no trabajar; es decir, con la posibilidad de percibir una renta, aunque sea pequeña, sin necesidad de trabajar y/o de demostrar la imposibilidad de hacerlo. La incondicionalidad es la verdadera piedra angular, y el verdadero cambio, de la RBU”.

Y lo es porque, como los propios promotores de la RBU sostienen, otorga a los trabajadores “un poder de negociación muy superior al actual, en la medida en que nadie estaría obligado a aceptar, por necesidad, un empleo desagradable o mal pagado. Independientemente de la valoración que pueda hacerse de ese cambio en términos normativos o filosóficos, no cabe duda de que –frente al carácter condicional de las actuales rentas garantizadas−, dotaría a todas las personas de una mayor capacidad de elección y supondría un cambio radical en la correlación  de fuerzas entre el trabajo y el capital”.

De esta forma, ¿necesita Euskadi una Renta Básica Universal? “Depende de los objetivos y prioridades que la propia sociedad vasca se quiera marcar: si su objetivo es el de maximizar la libertad individual y dotar de un mayor poder de negociación a los trabajadores menos cualificados, Euskadi necesita efectivamente una Renta Básica Universal. Si, por el contrario, lo que la sociedad busca en un modelo de garantía de ingresos económica y socialmente sostenible, que desvincule el empleo de la supervivencia, que reduzca la pobreza y proteja a todas las personas que, por motivos ajenos a su voluntad, no disponen de los recursos económicos necesarios para hacer frente a sus necesidades, la extensión y mejora del actual modelo de garantía de ingresos –articulado en torno a la RGI− sería sin duda una vía más sencilla, más discreta y más barata”.

Para Zalakain, la contraposición radical que a menudo se plantea entre renta básica y renta garantizada es “más aparente que real, al menos en muchos de sus elementos. Por ello, frente a la propuesta de abolir el actual sistema de garantía de ingresos para introducir una RBU más cara y con menor apoyo social, no necesariamente más eficaz o más justa, resultaría más útil avanzar por caminos menos maximalistas y, en definitiva, más transitables”.

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