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Tomar parte de la democracia

Abramos y potenciemos la participación ciudadana como fuente de legitimidad. Desde la complejidad y el respeto que supone vivir en común con nuestras diversas identidades, con los contrapuestos intereses y con nuestras plurales ideas

En determinadas ciudades de la clásica democracia ateniense el ejercicio de la toma de decisiones se realizaba de la siguiente manera. Se convocaba en el ágora a la ciudadanía con derecho de voto a debatir sobre un tema de interés. Al finalizar el debate se votaba separándose por grupos. Los que estaban a favor de una posición se ponían juntos; los que estaban en contra en otro grupo. Este sistema es ya imposible de practicar en las complejas democracias actuales; máxime para instituciones que representan a millones de personas como la Unión Europea. Pero existen mecanismos eficaces para que la ciudadanía pueda participar directamente.

Recientemente, he participado en la consulta ciudadana propuesta por la Comisión Europea sobre el posible cambio de horario. De forma sencilla y ágil, mi opinión se sumó a la de otros cinco millones de europeos. Fue, sin duda, un éxito de participación. Ahora, será la Unión Europea la que tome una decisión ante tan aplastante resultado por no realizar el cambio verano-invierno.

En la actualidad, la Comisión Europea tiene abiertas más de quince consultas ciudadanas en las que cualquiera pueda participar. Algunas sobre temas tan importantes tales como si las diversas medidas contra el cambio climático (en vivienda, en gases, en precios combustibles...) se deben acelerar o no.

Este sistema de consulta ciudadana es poco utilizado y divulgado por parte de los poderes públicos de nuestro entorno cercano. Y eso que los gobiernos autonómicos han impulsado numerosas leyes de participación ciudadana. Los municipios las usan más; aunque la mayoría de las consultas se centran en la oportunidad de cambiar las fechas de las fiestas patronales.

La razón de que se use poco este sistema de participación ciudadana directa puede estar motivada en el miedo a que este instrumento sea demandado para temas peliagudos; de fuerte confrontación social. Es decir, los poderes públicos se muestran timoratos a que se abra el melón de la votación.

Por ello, hay que tener las cosas claras. Cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa. Las elecciones legislativas tienen como fin conformar un gobierno mediante la elección de una cámara representativa; las elecciones municipales deben constituir nuestro ayuntamiento para asuntos de competencia local; los refrenda son utilizados para debates binarios donde sólo caben dos respuestas posibles; las consultas ciudadanas para la evaluación y recolección de opinión de políticas públicas; los procesos de exposición pública  para elevar propuestas ciudadanas; la escucha activa para prospectar sobre propuestas ciudadanas espontáneas. Todos estos mecanismos y más, deben ser manejados con la precisión necesaria. Cada técnica tiene sus ventajas y oportunidades. Cada una de ellas tiene un fin.

La democracia debe ser participativa y los poderes públicos deben fomentarla. Además, internet permite sencillez, agilidad y accesibilidad. Pero no estamos en una democracia telemática, ni virtual. El ejercicio de la democracia tiene sustancia. La política es de carne y hueso; debe basarse en la confianza ciudadana y ésta se logra con transparencia, cercanía; incluso con proximidad física. Por otro lado, la democracia supone frustración porque los deseos individuales se deben amoldar a la voluntad común y a la realidad que impera. Además, se basa en el respeto a las minorías desde el gobierno de la mayoría. Por todo ello, la política es fundamentalmente debate, contraste y búsqueda del consenso. Las votaciones suponen un estadio posterior a un previo clima de confianza, entendimiento y consenso sobre aquello que nos une como comunidad.

Así pues, abramos y potenciemos la participación ciudadana como fuente de legitimidad. Desde la complejidad y el respeto que supone vivir en común con nuestras diversas identidades, con los contrapuestos intereses y con nuestras plurales ideas. La libertad, Sancho, es uno de los dones más preciados que tiene el ser humano.

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