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Rectificar es de sabias

De las razones para tanta precipitación, el Departamento de Educación, el Gobierno Vasco o el propio lehendakari sabrán los motivos; algunos, quizás podamos intuir algo relacionado con la política vasca y la sombra creciente de un proceso electoral paralizado, pero no nos corresponde averiguar

Sindicatos de Educación reiteran que, si no se negocian las medidas que garanticen la salud, no volverán a las aulas

Curioseando por internet me he encontrado con una expresión muy acertada que soltó el poeta británico Alexander Pope, hace más de cuatro siglos “Errar es humano, perdonar es divino, rectificar es de sabios”. Entre este pensamiento y aquellas otras frases (“Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir”) pronunciadas en 2012 por el rey emérito, al salir de la clínica donde le habían intervenido de la cadera dañada en el inesperado safari a Botsuana, se habrá producido un sinfín de rectificaciones, millones de disculpas de personas que, creyendo que actuaban de buena lid, se equivocaron. 

Es lo que tiene la rectificación pública, que, verdadera o ficticia, genera un cierto halo de comprensión hacia quien lo pronuncia. Suaviza la visión que se tiene de esa persona, permite atribuirle rasgos de perdón, quizás antes no imaginados. Nos demuestra que somos humanos, quienes yerran y quienes disculpan la equivocación.

Ha habido equivocaciones memorables, como las doce negativas que recibió J.K. Rowling de otras tantas editoriales, antes de encontrar a la pequeña Bloomsbury que le publicara “Harry Potter y la piedra filosofal”; serán incontables las veces en que se habrán arrepentido del error cometido no publicando la obra. O el trágico hundimiento del trasatlántico Titanic, maravilla de la tecnología de principios del siglo XX, considerado mundialmente el buque insumergible, pero que acabó con la vida de 1.800 de los 2.200 pasajeros/as que transportaba y, además, hundido.

El cine también ha cometido errores puntuales, que en su argot se denominan falta de raccord, o fallos en la continuidad, bien de la acción, visual o en el atrezzo. Probablemente muchos recuerden la escena de Troya cuando a Aquiles (Brad Pitt) le sobrevuela un avión, el reloj de pulsera en las manos de algún sioux o el cambio de vestuario de cualquier actriz en una misma escena que resultaría inverosímil en la realidad.

Cualquier equivocación, independientemente del tamaño que provoque, debería ser disculpable si conlleva una rectificación. Somos seres humanos, vulnerables como pocos - ¡qué gran lección nos está dejando este virus! - y reconocer nuestras miserias debería facilitar la comprensión de las de los demás. 

Sin embargo, se produce una situación distinta cuando quien se equivoca, en vez de reconocer su posible error, persiste, mantiene su actitud, se enroca en él y lo retuerce hasta hacerlo irreconocible. En ese momento, quienes hayan identificado la jugada, cambiarán su percepción y lo que podía ser disculpable se transforma en injustificable. Se espera inútilmente a una rectificación que nunca llegará y se abandona la esperanza en quien habría podido mantenerla fácilmente.

Algo de esto me temo que está ocurriendo con la actitud manifestada recientemente por el Departamento de Educación del Gobierno Vasco y su obcecación por ordenar la vuelta presencial a las aulas preuniversitarias. 

Inicialmente iba a ser el día 18 de mayo, de forma obligatoria y para determinados cursos de las etapas de Secundaria, Bachillerato y Formación Profesional; posteriormente el carácter forzoso se sustituía por el voluntario y se transfería la responsabilidad a familias y direcciones de centros que serían las que deberían decidir (una manera soez de cesión, trasladándola a otros agentes educativos). Un par de días después, la nueva fecha se retrasaba una semana, en esta ocasión porque el Gobierno de España -una vez más, culpable felón de los males que aquejan a este país- no ofrecía cobertura legal suficiente para iniciar el desconfinamiento escolar, algo que conocía sobradamente una semana antes el propio Departamento de Educación. Todos estos cambios decididos unilateralmente por la Consejería, sin consultar ni negociar con la comunidad educativa, a la que sólo convoca para comunicar decisiones trabajadas en el entorno de Lakua y con sus asesores/as correspondientes.

De las razones para tanta precipitación, el Departamento de Educación, el Gobierno Vasco o el propio lehendakari sabrán los motivos; algunos, quizás podamos intuir algo relacionado con la política vasca y la sombra creciente de un proceso electoral paralizado, pero no nos corresponde averiguarlo. De lo que no cabe duda es de que la tensión generada por este cúmulo de despropósitos consecutivos es de su absoluta responsabilidad y no es aceptable que la culpa la dirijan en cualquier otra dirección, a modo de ventilador descontrolado.  

La misma persona que una semana antes alardeaba de la autonomía de los centros como el remedio para guiar una incorporación adecuada, anuncia ahora que se tratará de una autonomía vigilada

Cuando quien tiene la gestión de tomar decisiones se encierra dentro de un círculo de intereses afines, busca aquiescencias en quienes siempre dirán lo que desea ser oído, pero se rechaza la diferencia y se ignora la controversia, está alimentando una decisión endeble, incapaz de conjugar las ventajas del pacto, ineficaz para un mundo complicado como el que nos está tocando vivir. 

Si el Departamento de Educación sigue empeñado en mirar sólo desde el cristal de quienes secundan su argumentación y no se detiene a escuchar y entender los motivos de las voces críticas, seguirá en su propio mundo de Yupi, pero ajeno a la realidad circundante. Y ahí está aún, para desgracia de la comunidad educativa a la que dice atender, pero con la que no comparte nada más allá que órdenes de obligado cumplimiento.

Se pueden entender las dificultades para una rectificación pública rotunda que es lo que esperábamos de la Consejería de Educación. Una Consejería acuciada por la falta de tiempo y legalidad para presentar una instrucción que diera cobertura lícita a cuantas personas (profesorado, personal de apoyo y limpieza, direcciones de centros y alumnado) había convocado para el lunes 18, de forma precipitada. Lo que no es disculpable es que la carta de la Consejera, con la que comunicaba nueva fecha para una semana después, fuese una enumeración de reproches al gobierno de Sánchez, acusándole de falta de lealtad (¿?) y un sensible agradecimiento para aquellas redes educativas (¿?) que habían manifestado su apoyo, ignorando a una importantísima parte de esa misma comunidad educativa que seguía indignada ante tanto despropósito. 

El último de los despropósitos en este interminable capítulo de esperpentos comunicativos, viene de la mano de unas declaraciones sabatinas de la Consejera en las que advierte (¿amenaza?) con revisiones del servicio de inspección educativa para aquellos centros escolares que opten por mantener la enseñanza a distancia  y no decidan volver a las clases presenciales, bien porque no vean garantías sanitarias y de protección suficientes, bien porque organizativamente les suponga un problema de difícil solución para un tiempo tan escaso del curso pendiente.  ¿Acaso no viene actuando durante este tiempo de pandemia el servicio de Inspección? ¿No están las direcciones de los centros en contacto permanente, enviando los formularios correspondientes de personal de presencia en los centros, entregando los planes de contingencia exigidos? El aviso de la Consejera recuerda en gran medida a esos carteles en las viviendas alejadas anunciadores de la presencia de perros peligrosos para los/as desaprensivos/as dispuestos a contravenir las normas. ¡Qué pena!

Vamos, el acabose, que diría el humorista Mota. La misma persona que una semana antes alardeaba de la autonomía de los centros como el remedio para guiar una incorporación adecuada, anuncia ahora que se tratará de una autonomía vigilada, con consecuencias no del todo satisfactorias, si los argumentos empleados por los centros educativos no coinciden con los incluidos en unas instrucciones vagas, imprecisas. Ya sospechábamos que esa creencia repentina en la autonomía escolar obedecía más a razones coyunturales que al convencimiento real para empezar a transformar lo recogido desde el año 1993 en la Ley de la Escuela Publica Vasca, actualmente en vigor. La confirmación ha llegado a través de esas innecesarias declaraciones.

En fin, que como decía el bueno de Confucio (a quien recomiendo leer más para destensarse ante tanta confusión desmadejada) “si el gobernante rectifica su propia conducta, el gobierno es asunto fácil, y si no rectifica su propia conducta ¿Cómo puede rectificar a los demás?”. Verbigracia, que a quien le corresponda, se aplique el cuento.

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