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Una crisis en 'pause'

El Apocalipsis debe esperar. Al menos ocho días, una eternidad para aquellos que han añadido impaciencia a su condición de francotiradores. Un consejo: no se rindan, porque el sábado llega el Almería al Heliodoro y hay una nueva oportunidad de perder un partido y de hacer ruido, mucho ruido. Y de prenderle fuego al Heliodoro. Lo que haga falta con tal de conseguir, por fin, la cabeza de Miguel Concepción servida en bandeja de plata, que ya metidos en la dinámica “cuanto peor, mejor” no hay que reparar en gastos. Ni en daños, que el Tenerife importa poco. Y hasta la entidad puede considerarse “daño colateral” si se gana esta guerra.

Volvamos al pasado. Y analicemos. El Tenerife ganó al Sporting en El Molinón en medio de un clima prebélico que anunciaba el fin del mundo. Para algunos, un caos como no se había visto en la entidad en más de medio siglo. ¿La razón? El presidente Concepción destituyó al entrenador y nombró un técnico interino en espera de contratar un nuevo 'coach'. O lo que es lo mismo, un  relevo en el banquillo, algo que pasa una semana sí y otra también en el fútbol español y que en la Isla algunos quisieron vender como una crisis de proporciones planetarias que inhabilitaba al presidente para seguir un minuto más al frente de la entidad.

Aclaro: me pareció un error la destitución de López Garai y me pareció un error el nombramiento de Sesé Rivero, más por la cantidad de ocupaciones que debe desatender ahora en el club que por su supuesta incapacidad. Pero recuerdo que este relevo en el banquillo se produjo en un club solvente económicamente y tras empatar ante el líder en una cita que congregó a diez mil espectadores en el Heliodoro. Y en la que, más allá del muy escasamente seguido cántico de 'Concepción, dimisión', no hubo muestras de reprobación hacia el palco, el banquillo o el césped. O lo que es lo mismo: hay una crisis, pero no se acerca el fin del mundo.

Más cercana al fin del mundo, al fin del mundo blanquiazul, fue la situación generada en el Heliodoro una noche en la que el Tenerife se quedó sin entrenador, sin director deportivo, sin directivos y sin presidente. Y con dos mil espectadores en las gradas y sesenta millones de euros de deuda, también se quedó sin futuro. No ocurrió en el Pleistoceno ni hace medio siglo, sino hace apenas 14 años. Y provocó que Miguel Concepción –sí, Miguel Concepción– diera un paso al frente y asumiera el mando de una nave a la deriva. Aunque algunos traten ahora de blanquear aquel esperpento y de teñir con tintes apocalípticos la crisis actual.

Otra aclaración: reitero por enésima vez que entiendo positivo para el Tenerife y para el propio Miguel Concepción que sus caminos se separen. Y que lo hagan más pronto que tarde, porque por encima de una buena gestión global, sobre todo en el aspecto económico, el desgaste de casi catorce años de mandato invita a una renovación. Eso sí, respetaré cualquier decisión que el presidente tome dentro de la legalidad y le agradeceré eternamente la valentía mostrada en su día –junto a un grupo de empresarios y Paulino Rivero, político que, más allá de las siglas, tiene la sangre blanquiazul– para salvar al club de su desaparición.

Mientras tanto, el autor de este texto se negará a participar en linchamientos y esperará a que el fútbol sea justo con los que realmente importan... y a los que muchos olvidaron estos días fabricados para anunciar el fin del mundo: unos jugadores comprometidos, unos técnicos honrados y unos aficionados a los que –creo que mayoritariamente– les preocupa más lo que ocurre en el césped que lo que se teje en despachos o comedores privados. Aunque esperará sabiendo que la crisis está en modo 'pause'. Y que volverá porque interesa que vuelva y porque, siendo justos, más allá del 0-2, el juego mostrado en El Molinón no invita al optimismo.

P.D. Sobra decir que el autor de este texto no apoyará con sus acciones –sus dos míseras acciones– a aquellos que pretendan asaltar el Tenerife desde el odio, el “cuanto peor, mejor”, subvencionando generosamente crisis prefabricadas y poniendo en riesgo el propio futuro de la entidad.

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