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El marco ideológico de la guerra de Irán

Donald Trump y Benjamin Netanyahu, en la Casa Blanca el 29 de septiembre de 2025.
13 de marzo de 2026 22:19 h

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Acostumbrados a analizar las guerras en términos geopolíticos, nos olvidamos que detrás de ello hay un marco ideológico que las sustenta y justifica. La guerra no solo ha de verse como un recurso instrumental, sino como una ideología que organiza percepciones, afectos y legitimidades. Si se asume que “el fin” (la seguridad, el dominio, el control), puede justificar “los medios”, la violencia de la guerra tiende a presentarse como un simple trámite técnico, una etapa necesaria. Sin embargo, en las guerras los medios no son neutrales, ya que moldean el tipo de comunidad que se construye, el lenguaje moral disponible y las fronteras de lo humano y lo desechable.

La actualidad del pensamiento de Kant es nítida frente a las guerras contemporáneas que se justifican por “seguridad”, como la de Irán o la de Gaza. Sostener que “los medios sí importan”, como creemos la mayoría de la gente, no es un gesto moralista, sino una tesis explicativa, en la medida que los medios influyen causalmente en la formación, difusión y estabilización de las creencias que legitiman la violencia y la destrucción. Los medios no son un simple vehículo hacia una meta, sino el taller donde se fabrica la legitimidad. Quien naturaliza medios violentos para alcanzar fines “superiores”, incluida la guerra, termina produciendo una ideología donde la violencia deja de ser excepción y se vuelve criterio de pertenencia, pureza o destino colectivo, y eso es sumamente peligroso y trae consecuencias.

En la ideología de las guerras como Irán, no solo se excusa o ignoran los daños, sino que se reordena por completo el mapa ético. Ese reordenamiento que están impulsando Trump y Netanyahu, lo que llamamos “inversión moral”, convierte en deber aquello que, en una moral común, funcionaría como frontera infranqueable: no matar (no expulsar, además, en el caso de Gaza, donde se han vuelto a cerrar los pasos de la ayuda humanitaria). El tipo de violencia que Trump predica en esta guerra, la “la paz por la fuerza”, deja de vivirse como una falta dolorosa que provoca sufrimiento, y, junto a Netanyahu, la presenta como coherencia, mérito e incluso motivo de orgullo. La inversión moral estrecha el círculo de quienes “merecen” protección, pues solo el “nosotros” legítimo (los estadounidenses e israelíes), cuenta plenamente, mientras el “ellos” queda fuera del perímetro ético. Se consolida así una moral estructuralmente desigual: humanidad completa para unos, humanidad condicional o anulada, para otros. Y como esta moral alternativa necesita sostenerse, suele acompañarse de un giro en el régimen de verdad, de manera que “lo verdadero” es solo lo que sirve a su causa; lo que la contradice se denuncia como propaganda enemiga (el presidente Sánchez).

Vinculado a lo anterior, Netanyahu y Trump practican la “elasticidad moral”, que puede entenderse como un proceso en el que una coalición política y/o ideológica, la suya, revaloriza o reordena ciertos principios éticos, para adaptar su marco normativo a las circunstancias de la guerra. Este giro implica desplazar o rebasar límites que, en otros contextos, habrían señalizado lo que se considera inaceptable, permitiendo que actos previamente condenados pasen a ser vistos como tolerables o necesarios para alcanzar fines percibidos como superiores. Este mecanismo facilita la continuidad de la guerra al disminuir el costo moral percibido de las acciones violentas que conlleva, y al sostener una justificación ideológica que las faculta bajo fines superiores.

Otra cuestión es el pensamiento de suma cero y la creencia de que hay una “amenaza existencial”, que para ellos implica la convicción de que ganar es sobrevivir, y perder la desaparición. Convierte las concesiones, las negociaciones y el pluralismo en un peligro. El surgimiento de un enemigo no es un fenómeno espontáneo, sino resultado de un proceso que puede alargarse o evitarse, y en ocasiones incluso buscarse deliberadamente, cosa que ambos mandatarios practican a menudo. La coexistencia de imágenes de enemigo y la percepción de amenaza imaginadas o exageradas no solo justifican conductas hostiles como la guerra, sino que pueden convertirla en una ideología operativa. Al articular al “otro” como enemigo irredimible, se legitima la acción violenta como medio de “defensa”, y en ese marco, la violencia y la guerra deja de ser un acto aislado, para convertirse en una virtud táctica dentro de una narrativa que busca cohesionar a la propia comunidad, vista como “pura”, y deshumanizar al adversario.

Si esto ocurre es también porque la política se “sacraliza” y se convierte en un relato indiscutible de excepcionalidad o salvación, que fabrica enemigos, normaliza la deshumanización y presenta la agresión como un deber moral. Esa lógica se refuerza, no solo con la elasticidad moral que he comentado, sino igualmente con el miedo fabricado artificialmente, para satisfacción de la industria armamentista, y mediante mecanismos como la obediencia, la conformidad y el desplazamiento de la responsabilidad, tres aspectos que no estamos dispuesto a admitir, pues hemos decidido no ser vasallos de nadie y exigimos respeto por no haber tomado la iniciativa de hacer la guerra.

La instrumentalización de la amenaza no opera solo como una táctica comunicativa para movilizar apoyo o justificar el rearme y la guerra, sino como un dispositivo sostenido de producción de sentido, que organiza cómo una sociedad interpreta el mundo. Al fabricar enemigos, amplificar incertidumbres y explotar sesgos cognitivos, se instala un estado emocional de “alerta” que vuelve “razonables” medidas extraordinarias, y reduce el horizonte político a respuestas de fuerza y guerra. En este punto, la militarización actual debe entenderse también como una ideología, un marco cultural que naturaliza el miedo, define al “otro” como peligro permanente y presenta lo militar como solución inevitable, desplazando alternativas diplomáticas, cooperativas o democráticas. La moralización del conflicto bélico (bien vs. mal) desplaza el conflicto del terreno político, donde caben la deliberación, el compromiso y la negociación, al terreno de la guerra moral, donde ceder equivale a claudicar y negociar se interpreta como complicidad, de ahí que hayan roto las negociaciones con Irán, que iban bien. En ese marco, el adversario deja de ser un rival o competidor y pasa a ser un enemigo moral y alguien con quien no se discute, sino a quien se derrota, se expulsa o se elimina.

La gente, y con razón, está asustada. Pero hay que explicar que la narrativa del miedo es una estrategia recurrente de manipulación social, cuando organiza un discurso que presenta una amenaza como inminente, inevitable y devastadora, de modo que quien controla ese relato influye en decisiones, conductas y creencias. Apoyada en técnicas de marketing, esta lógica “vende” inseguridad y puede movilizar, paralizar o fracturar a la sociedad. El miedo puede volverse hiperreal, pues los medios no solo transmiten información, sino que producen realidad mediante simulacros de amenaza que moldean la opinión pública; así, el miedo, en primera instancia, opera como un producto cultural basado más en afectos que en hechos, pero una vez instalada la percepción de inseguridad, comenzada la guerra, se pueden aceptar políticas militaristas y guerreristas como algo que “ya es” inevitable. De ahí la llamada “doctrina del miedo”, la utilización deliberada del temor para justificar el rearme y la guerra, que se hace a través de la creación de enemigos, la amplificación de riesgos y el uso constante de discursos de emergencia, desplazando además otros debates sociales mediante la distracción.

Un apunte final. En la actualidad, el imperialismo y el neocolonialismo operan a través de violencias colectivas, como las guerras o las intervenciones militares, porque imponen de manera sistemática relaciones de subordinación entre sociedades bajo una ideología de dominación, que presenta las desigualdades de poder como algo “normal”, “necesario” o “inevitable”. Por eso Trump ha dicho que también será él quien decidirá quién gobernará Irán en el futuro, como ha hecho en Gaza. En su vertiente militar, se expresan en guerras como las de Irán y Gaza, intervenciones militares como la de Venezuela o Líbano y quizá Cuba, bases por doquier, venta de armas y “guerras preventivas” que disciplinan territorios y poblaciones. Estas formas de poder no solo producen daño material, sino que organizan el consenso y la coerción para sostener un orden global desigual. Frente a este panorama, merece reconocimiento la defensa de las posiciones de no intervención militar mientras existan vías diplomáticas reales, como ha hecho España. Apostar por la negociación, la mediación internacional y el derecho internacional no es ingenuidad, sino una forma de responsabilidad política que busca evitar la escalada de violencia y sus consecuencias humanas irreparables. Priorizar la diplomacia implica recordar que la paz duradera rara vez se impone por la fuerza, y que la contención, el diálogo y la cooperación siguen siendo herramientas fundamentales para resolver conflictos sin multiplicar el sufrimiento.

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