Ya no necesito protestar contra el G7, porque se está derrumbando solo
Cuando 200.000 manifestantes se reunieron durante la cumbre del G8 en Génova hace 25 años, su argumento (nuestro argumento, de hecho: acudí a un coach, me tomó dos días y medio) fue que ocho naciones ricas no deberían dictar las reglas al resto del mundo. Si aceptas que el poder no concede nada sin demandarte algo a cambio, esta demanda quizá sea amplia, pero se resume en “renuncia a tu poder”. La manifestación era parte de un movimiento antiglobalización más extenso, en el que se habían identificado muchos de los mecanismos precisos por los que el mundo desarrollado explotaba al que estaba en vías de desarrollo.
Muchas de las tácticas y redes de protesta se habían perfeccionado en la batalla de Seattle en 1999, durante la cumbre de la Organización Mundial del Comercio, con una agenda amplia y versátil. Desafortunadamente, las autoridades también habían aprendido una o dos cosas, y tanto la elaborada seguridad de la zona roja del G8 de Génova como la brutalidad policial fuera de ella se recibieron con cierto asombro por los medios (liberales) del mundo, pero no por nadie con una memoria que excediera los dos años.
Génova también se convirtió en una zona de exclusión aérea, con el pretexto de las preocupaciones sobre el terrorismo. Dado que esto fue antes del 11 de septiembre, pareció que el establishment mundial estaba inquieto y paranoico. El perfil de los manifestantes era bastante claro: parecían anticapitalistas, pero no personas que pudieran hacer algo peligroso.
¿Alguien se sintió interpelado por aquellas protestas? ¿Las iniciativas del G8 contra la pobreza en los años subsiguientes tuvieron en cuenta aquel activismo o alguno de sus mensajes? Ciertamente era difícil pasar por alto lo que se llamó la coherencia interior/exterior, donde los activistas callejeros y las ONG sincoparon sus mensajes para insistir en que un orden basado en reglas tenía que ser prosocial o su autoridad moral estaría vacía y traería desorden. El G8 nunca admitiría haber escuchado a los manifestantes, y estos dirían que la cruzada del G8 contra la pobreza era solo una fase interina en un desarrollo neoliberal más amplio que estaba muy a favor de la pobreza.
Sin embargo, es interesante considerar esos movimientos de disidencia y rebelión desde el punto de vista del recién concluido G7: hubo protestas, de menos de 20.000 personas, confrontadas con firmeza por la policía en lo que era lisa y llanamente un arresto masivo sin instalaciones de detención.
El objetivo era más simple que nunca -una desigualdad de riqueza grotesca e insostenible- y una de las primeras acciones de los manifestantes fue incendiar un Tesla. No hay nada nuevo en quemar un auto, pero hay algo simbólico en este auto en particular. Desde que Elon Musk se convirtió en el primer billonario del mundo el viernes pasado, su riqueza ya ha subido a U$1,4 billones. Una persona con un euro está tan cerca del segundo hombre más rico de la Tierra como ese hombre lo está de Musk.
Los gobiernos nacionales, incluso los que todavía ponen “socialdemocracia” en su etiqueta, parecen paralizados por su poder, a veces echando internamente de menos los llamados al fomento de la sociedad civil, pero, a la hora de actuar, dedicando todo un capítulo de su agenda a prohibir las redes sociales para los menores de 16 años.
No hay duda de que las redes sociales, las de Musk y las otras, tergiversan la verdad a las personas (no solo a los niños) con fines de lucro, en detrimento de la democracia y la sociedad. Responder a eso con un llamado a la sociedad para que controle mejor a sus hijos es la señal más clara de que los gobiernos se unirán para hacer cualquier cosa, tan públicamente como puedan, para retrasar el momento de enfrentarse a las fuerzas del capital privado concentrado en unos pocos. Incendiar un Tesla tiene mucho sentido para los manifestantes, pero también pone de relieve la debilidad de los poderes estatales que antes parecían tan omnipotentes.
Mientras tanto, Friedrich Merz, de Alemania, declaró que era un éxito que la cumbre hubiera “encontrado un lenguaje común” en su apoyo a Ucrania. Pero el comodín en ese consenso fue Donald Trump, cuyas relaciones con Vladimir Putin son opacas y cuyo apoyo a Volodimir Zelensky parece más un control coercitivo, en el que no ha comprometido ninguna ayuda militar al país desde que asumió el cargo.
Si todo eso responde a una estrategia, o si la política exterior de Estados Unidos ahora se decide día a día por un estado de ánimo inestable, es secundario (aunque no es tan misterioso, a la luz de las declaraciones de Trump: “Yo soy el jefe”, dijo sobre la cumbre; “Si no se comportan, volveremos a lanzar bombas justo en medio de sus cabezas”, dijo sobre Irán). Estas naciones del G7 ya no están unificadas; no importa si la mayoría de ellas lo está o no: no hay un orden basado en reglas donde solo la mayoría de los participantes está jugando de acuerdo con las reglas. Es como ver un partido de fútbol con un caballo en el campo.
Mientras tanto, los líderes parecen personalmente inseguros de tal modo que uno puede compadecerlos profundamente y, al mismo tiempo, perder la paciencia. Según informaciones, Emmanuel Macron pasó la semana preocupándose por si Trump abandonaría antes la cumbre (como hizo el año pasado). Keir Starmer fue captado en un canal de noticias preguntando si el resto de los líderes estaban en una reunión a la que él no había sido invitado. El único sentido en el que todos estos líderes están unidos es en su determinación de pretender que su unidad se mantiene.
Nada de lo anterior quiere decir que la protesta esté fuera de lugar, ni que no se justifiquen sus objetivos. Pero los manifestantes están luchando hoy contra una entidad diferente: en lugar de ser fuertes y estar seguros de sí mismos, los jefes de Estado son inseguros y están en estado de negación. Pero tal vez el objetivo crucial de los manifestantes en la reciente reunión de las naciones ricas no era ninguna nación, sino el hombre más rico del mundo.
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