Adictos al odio
Tengo bastante manga ancha con los errores ajenos, esperando en justa reciprocidad que los ajenos no me tengan en cuenta los muchos errores propios. Por eso suelo aconsejar perdonar y no mirar atrás, por puro egoísmo, y eso se está poniendo imposible desde que existen redes sociales y todos tenemos hemeroteca y gente encantada de vivificar agravios. He reflexionado sobre esto y sobre los límites de la ofensa, del humor y el perdón a raíz del exabrupto de Rosa Belmonte en El Hormiguero. Como ya sabrán todos ustedes si viven en esta España tan grande y tan pequeña, la columnista dijo, en una pseudomención propia de estos tiempos, que Sarah Santaolalla era “mitad tonta, mitad tetas”. Un insulto en toda regla, vaya, con su machismo, su superioridad intelectual, su deshumanización. Sarah Santaolalla recibió la salida de tono y reaccionó como lo hubiera hecho cualquiera, con el agravante en su caso del efecto acumulativo: no hay día sin que le dediquen improperios, amenazas y escupitajos verbales los aguerridos miembros del facherío patrio, alentados por señores pagados por el PP por amenizar sus mítines. El incidente produjo su correspondiente barullo en X y al día siguiente tanto Rosa Belmonte como el programa El Hormiguero pidieron disculpas, ateniéndose a la pseudomención principal, esto es, sin referirse a Sarah Santaolalla.
Aquí me remito a mi primer párrafo porque yo hubiera dado por zanjado el tema después de la petición de disculpas. Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Inocente de mí. El populacho, o sea, los peores de entre nosotros, ya había olido sangre y cómo resistirse a un enfrentamiento más entre rojos y fachas. Es obvio que en este asunto particular Santaolalla tiene razón y es inadmisible que se dediquen a denigrarla por tierra, mar y aire, pero la propensión algorítmica a la exageración y al odio hace muy difícil pedir perdón y otorgarlo. Poco después de la petición de disculpas (más o menos sincera), los defensores de Belmonte saltaron al ruedo para defender a la agraviante, no a la agraviada, muestra de que disculparse hoy en día se considera un acto humillante e innecesario. Hubo quien comparó a Belmonte con Quevedo, otorgando sin querer a Santaolalla el papel de Góngora y olvidando la diferencia entre epigrama e insulto, por mucho que este último tenga el copyright de Amy Sherman Palladino, creadora de la serie “La maravillosa señora Meisel”, en cuyo guion está inspirado el improperio de Belmonte. Esta misma semana, el humorista Agustín Jiménez intentaba explicar al voxero Bertrand Ndongo las diferencias entre escarnio y sátira, entre insulto y comedia, entre texto y contexto, y definía al “gilipollas de Schrödinger” como aquel que considera si algo es broma o no es broma dependiendo de la reacción.
Las redes sociales quieren que el odio sea mucho más adictivo, más orgiástico, más excitante, más contagioso y más poderoso que el amor, por mucho que Bad Bunny diga lo contrario. Al fin y al cabo, “el amor es la extremadamente difícil comprensión de que algo más que uno mismo es real”, en palabras de Iris Murdoch. Por el contrario, el insulto y la animadversión son fáciles y excitan al algoritmo; no hay nada más anticlímax que ponerse de acuerdo en algo. Un buen enemigo, un enemigo popular y conocido, es lo mejor para afianzar la propia identidad. No somos nadie si no es contra alguien. Azuzar el acoso a Santaolalla enardece a las filas amigas y enfurece a las enemigas, un win-win malista en toda regla. Rebecca Solnit ha reflexionado en sus obras sobre cómo vemos a los desconocidos, a los que están más allá de nuestro círculo íntimo de familia y amigos. Cómo pasemos por la vida depende de si los reconocemos como humanos y posibles aliados o merecedores de ayuda y compasión o si los deshumanizamos convirtiéndolos en enemigos o chivos expiatorios. En las redes sociales y en la conversación pública actual, el estado natural es el enfrentamiento y cualquier evento, pequeño o grande, banal o catastrófico, desata todos los conflictos y agravios latentes. La hostilidad y la escalada del mal es el pan nuestro de cada día en X y el pecado máximo es no odiar suficiente.
De camino, el malismo está acabando con la comedia. Uno de los pilares del humor es reírse de uno mismo y de lo que considera querido, sagrado, esencial antes de reírse de los otros. La comedia no tiene límites porque, como dice el rey del caos Ignatius Farray, vive en las grietas de la realidad, en los márgenes de lo normativo, pero sí tiene asesinos. La muerte del humor es que se conviertan en eslóganes repetidos hasta la náusea el “me gusta la fruta” de Ayuso o el “mitad tonta, mitad tetas” de Belmonte. Y eso no hay Quevedo que te lo arregle. La commedia è finita.