El bulo de la “enfermedad” de Sánchez
Han intentado expulsar a Pedro Sánchez del Gobierno de todas las formas posibles. Ayuso inició la vía de la agresión personal para tumbarle como ser humano al llamarle “hijo de puta” en el Congreso, en frase que corean miles de seguidores de derecha-ultra-derecha, incluso hasta un candidato a diputado de Vox en Castilla y León. Está estudiado y analizado: la deshumanización es una de las principales armas del fascismo. Ha sido calificado incluso como un componente central y estratégico de esa ideología en sí. Se trata de despojar a individuos o a grupos de sus características humanas, de debilitarlas en este caso, lo que facilita su persecución e incluso su aniquilación.
Tras ser tratado como un trapo con los más burdos calificativos y motes -tan falsos e injustos como “el galgo de Paiporta” que osó llevar Feijóo al Congreso-, su portavoz Cayetana Álvarez de Toledo se ha apuntado a liderar el clan agresor utilizando la salud del presidente del Gobierno. Varios medios de la fachosfera han lanzado el bulo de que es un enfermo cardiovascular que acude de noche a los hospitales. Como si un corazón enfermo pudiera esperar turnos. Los montajes fotográficos de los pioneros de la basura mediática –que asombrosamente aún deben vivir de subvenciones– da idea de la que están organizando y ya el resto de los cárteles mediáticos se apuntan a buscar la peor foto que encuentran de Sánchez. Que sin duda ha adelgazado, pero no al extremo en el que lo remodelan gráficamente también.
Creado el bulo, Álvarez de Toledo se lanza a pedir en el Congreso la “desclasificación” del historial médico de Pedro Sánchez. El propio presidente afirma que no es un enfermo cardíaco y que incluso, si lo fuera, la sanidad pública les ayuda a estos enfermos a llevar una vida activa. Es repugnante tener que aclarar que el historial médico de todos los individuos es un asunto personal y privado, y un delito hacerlo público sin autorización del interesado o requerimiento legal motivado. El acceso indebido a esos datos conlleva sanciones graves por parte de la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD). En España y en muchos países democráticos es así.
El presidente de un gobierno en un Estado de Derecho no es un rey cuyas enfermedades puedan desatar procesos sucesorios. Cuenta con vicepresidentes y ministros que le sustituyen dado el caso. Y es que, por supuesto, la salud de Pedro Sánchez le importa un comino a la marquesa portavoz; da la impresión de que, de poder, le autopsiaría en vivo dado el odio que manifiesta de continuo a su persona. Entonces, su intento es debilitarlo o inhabilitarlo. Fascismo puro. Muy supremacista de nuevo porque considera conceptualmente la enfermedad como un demérito. Creo que no se puede llegar a más, es un escalón prominente en la política sucia del Partido Popular.
Ahí tienen ellos a un Eduardo Zaplana, expresidente de la Generalitat valenciana, que pasa por ser un enfermo terminal... inmortal. De éste sí se dio algún dato de salud para justificar su salida de la cárcel. Eduardo Zaplana en noviembre cumplió 2.000 días en libertad por un informe de “enfermedad terminal cercana al 100%” que le fue diagnosticada en un informe. Casi cinco años y medio.
Y no me negarán que hay algunos (y algunas) líderes aquí y en el ámbito internacional que muestran trastornos de personalidad o adicciones y eso sí es un peligro para la sociedad. De hecho, el veneno que parece correr por las venas de Álvarez de Toledo podría considerarse un riesgo de salud pública. Lo que ha logrado ha sido muchas entrevistas y referencias extendiendo el bulo.
El tema ha traspasado ya fronteras y Político, el prestigioso medio que es una biblia en el Parlamento Europeo, escribe en tono jocoso: “El primer ministro español, Pedro Sánchez, quiere que sepáis que los rumores sobre su inminente fallecimiento han sido muy exagerados”.
Días intensos estos en los que la irracionalidad escala a cotas cada vez más altas. Y en el que este país es capaz de volver a burlarse de la ciudadanía con unos secretos oficiales que no lo son y que encima se ofrecen con lagunas para que la derecha pida la vuelta a España, canonizado, de Juan Carlos de Borbón, aquel señor que huyó a Abu Dabi perseguido por sus líos de dinero que nada tenían que ver en ese momento con el 23F. Y que puede volver y vuelve cuando quiere, pero no en las condiciones “reales” que le gustaría: a la Zarzuela. No le deja su hijo, el rey.
Durante algunos años había dejado de identificarme -oh, ilusa- con un poema del poeta catalán Salvador Espriu, Inici de càntic en el temple, que publicó en 1954, y otra vez vuelvo a leerlo. Porque no hay derecho a todo esto.
“¡Oh, qué cansado estoy
de mi cobarde, vieja, tan salvaje tierra,
y cómo me gustaría alejarme,
hacia el norte,
en donde dicen que la gente es limpia
y noble, culta, rica, libre,
despierta y feliz!
Entonces, en la congregación, los hermanos dirían,
desaprobando: “Como el pájaro que deja el nido,
así el hombre que abandona su lugar“,
mientras yo, bien lejos, me reiría
de la ley y de la antigua sabiduría
de mi árido pueblo.
Pero no he de realizar nunca mi sueño
y aquí me quedaré hasta la muerte.
Pues soy también muy cobarde y salvaje
y, además, amo
con un desesperado dolor,
a esta mi pobre,
sucia, triste, desdichada patria“.
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