El fin de una civilización
Es como la barra libre de los desmanes, el desenfreno de los atropellos, sin pudor alguno por mostrarse. Tras dos años de pandemia sobreviene una guerra en Europa con duras realidades y sombrías perspectivas. Con añadidos. La civilización se está transformando ahora mismo. Y no sin avisar y no precisamente hacia mejor. Se precisa lucidez para verlo, sin engañarse; asirse fuerte a los soportes que cada uno tenga y rellenar cada mañana el temple que a menudo se vacía durante la jornada.
Avisó, pero quizás no hasta este extremo. Como cualquier imperio, como el Romano, sabemos de la decadencia agónica que camina a su fin en degeneración. El realismo sería esencial para frenar la tendencia, pero previamente se ha ido formateando una sociedad a la que en gran parte le extirparon los valores de la ética para sustituirlos por el egoísmo y con él la exaltación del dinero sin importar a costa de quién se logre. Una sociedad manipulada porque se deja manipular, y en la que potentes directores de este drama no dejan de actuar ni viendo ya el naufragio y las víctimas que arroja.
Días muy duros para quienes se esfuercen en usar la razón. Pero, en efecto, cada amanecer se intenta otra vez. En este viernes, la noticia a modo de estoque de descabello, apenas advertido, anunciaba que Facebook e Instagram permitirán temporalmente llamadas a la violencia contra los rusos. Incluso pidiendo la muerte de Putin y de los invasores de Ucrania. Con una ambigüedad vomitiva señalan que han cambiado “su política de incitación al odio tanto hacia los soldados rusos como hacia los rusos en el contexto de la invasión”. Hacia los rusos. Además autorizan las alabanzas al Batallón nazi ucraniano de los Azov. Facebook roza los 3.000 millones de usuarios en el mundo. Instagram anda por los 1.500 millones y 2.000 millones la jungla de WhatsApp cuyo dueño es también Mark Zuckerberg. No deja de ser llamativa la presencia de este personaje en tantas maniobras desestabilizadoras. Recordemos la multa a la que fue condenada Facebook por manipular las cuentas de 50 millones de usuarios para diseñar el mensaje político de Donald Trump y que también se le vinculó al contexto a la operación de Cambridge Analytica en el Brexit británico.
No hace falta animar el odio racista indiscriminado. Niños de padres rusos están siendo insultados hasta en España, en donde probablemente están viviendo toda su corta vida. Algunos pequeños intentan disimular su origen para pasar desapercibidos, según refieren sus profesores. Pero desde luego no ayuda nada fomentar arbitrariedades del calibre de suspender conciertos de Tchaikovsky (en Cardiff, Gales, Reino Unido, lo han hecho) o el Ballet Bolshoi en el Teatro Real de Madrid. Si algo puede atemperar a las fieras de cualquier lugar es la cultura. Y desde luego Putin es ruso, pero no es el pueblo ruso ni la cultura rusa.
España, por cierto, estrena su primer gobierno de ultraderecha. En Castilla y León, tal como se vio venir. Al presidente Mañueco (PP) le salió bien la jugada de quitar el foco de los procesos de corrupción en los que está inmerso, pero mal el lograr una mayoría que le permitiera librarse de Ciudadanos. Los ha cambiado por Vox, y les ha dado la presidencia del Parlamento, la vicepresidencia del Ejecutivo y tres consejerías. Lo primero en el acuerdo de gobierno es desactivar la Ley de violencia de género y atar corto a los inmigrantes. La memoria histórica en entredicho. La democrática, a la basura.
El presidente del PPE y ex presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, desaprueba el pacto español con la ultraderecha. Dice que Pablo Casado le dio garantías de que no habría tal alianza, pero Alberto Núñez Feijóo, aún más tibio que su defenestrado predecesor, ha dicho que no ve ningún problema. Los medios de apoyo de la ultraderecha en España, tampoco. Varios países europeos establecen un cordón sanitario a la extrema derecha. Aquí, todo lo contrario. Y así lo pagamos. Nunca se fue el fascismo franquista de las instituciones y de los corazones antidemocráticos de un nutrido grupo de españoles. Y han vuelto a colocar a sus herederos en puestos de decisión sin que les cause el menor problema.
Ahora que la civilización se hunde, España añade ese boquete. La guerra sobre Ucrania tiene la trágica e inasumible cara de las víctimas y la destrucción, y a la par desencadena la debacle económica. Una pugna marcada por la testosterona (en su peor significado) aunque hay mujeres en las filas del belicismo. De un lado el autoritarismo de Putin y la guerra que ha desatado; del otro, las medidas de castigo de EEUU y la UE que sufrirán millones de ciudadanos, en tanto unos pocos se enriquecen. Es ya una bomba nuclear económica de efectos sobre el sistema que teníamos, sí. Ésta, sí. La onda expansiva se extiende por múltiples sectores. Aumento de precio o desabastecimiento de productos. Energía, transportes, fertilizantes, productos alimenticios. Es lo que tienen las guerras. Siempre es mejor prevenir y en cualquier caso negociar y desde luego presionar procurando no ocasionar tantas víctimas.
Aquella Europa en la que no sabían encontrar interlocutores válidos desde fuera, la que se ha convertido en el museo del mundo, sigue tocada. No puede cerrar el grifo al gas ruso –como tan cómodamente hacen los EEUU dado que no les desestabiliza en absoluto-, porque varios países europeos, Alemania en particular, lo necesitan. Aunque se intenten otras vías, ésta les cuesta descartarla. Y Alemania sigue teniendo mucho poder. Bajar la calefacción como ha dicho el Alto Comisionado Josep Borrell es una petición desmedida cuando se contemplan los beneficios y el poder de las eléctricas en España. También esto viene de lejos. De cuando González y Aznar desarbolaron el patrimonio energético del Estado y el líder del PP lo remató al vender a Berlusconi Endesa. Viene también de férreos contratos varios que se han firmado con las compañías, de sus precios, de sus sueldos, de su negativa a reducirlos.
A Borrell se le ha arruinado en gran medida el jardín francés tan aseadito que veía como símil de Europa en contraposición ultranacionalista a la jungla del resto del mundo. Se parecería más a uno de esos laberintos de altos setos sin salidas. Pero hay que salir de él. De la guerra y de cuanto la causa y la alienta. Hasta los partidos conservadores de la UE ven a la ultraderecha como problema. En la España mediática, no. Se atreven a decir en alguna tertulia que no alcanzan a saber cuál es el drama del pacto en Castilla y León, desde una presunta derecha moderada, y a blanquearlo equiparando a Vox con Unidas Podemos. La memoria europea sabe que fue la ultraderecha nazi y fascista la que provocó la II Guerra Mundial. En España la teníamos en el gobierno y eso nubla un tanto la vista.
Al tirano Vladímir Putin le apoyan oligarcas ultrarreligiosos prediluvianos y grandes sectores de la ultraderecha política mundial. La española por supuesto. Y también lo saben en Europa y en medio mundo. Las guerras son varias como a estas alturas sabe o le conviene saber a cualquier ciudadano. Frente a grandes profesionales que están demostrando la labor esencial del periodismo, observamos algunas desviaciones a las que hay estar alerta. A veces son simples confusiones de criterio, otras no, pero en estos momentos tan críticos y dolorosos conviene estar alerta. Contextualizar cómo se inicia y desarrolla la guerra o tratar de razonar sobre el peligro de la escalada bélica, es visto como ser “prorruso”, un apoyo a Putin e incluso “cobrar de Putin”. ¿Hay alguien que cobra sobres de alguien? Es de temer que sí, pues. El pacifismo lo defienden periodistas de izquierdas, dicen, y de izquierdas son ahora los Derechos Humanos, al parecer. Es desolador. Pero se precisa racionalizar también esto. Todos los ciudadanos.
No sé si se puede llamar civilización a lo que ahora anda en precipitada desintegración, pero nada volverá a ser igual ya. La caída del Imperio tampoco es en realidad, porque precisamente son imperios los que ahora luchan sobre todos nosotros acorralados. Y no solo los más ostensibles: añadan, a su manera, China y Arabia Saudí. Y no solo imperios políticos, económicos y de poder sin duda. Lo más aterrador es que lo hacen sin el menor disimulo o escrúpulo, rotos intocables límites. Saben en qué sociedad trabajan, cómo proceder y quienes les guían. Y no son, como decía el poema, de amor o de solidaridad sus empresas. Lo que ocurre puede ser el inicio de una Era, de la barbarie o de la cordura.
Cuando algo termina, algo empieza también, con suerte. Salvo deflagración nuclear. En La máquina del tiempo, la novela que en 1895 publicara el británico H. G. Wells, llevada al cine en 1960, el autor previó la distopía del planeta en el que había derivado la Tierra. Los malvados e inteligentes Mordock vivían en el subsuelo alimentándose de las cacerías de los gráciles y atontados Eloi, que apenas se enteraban de lo que ocurría y les afectaba. Cuidado, porque a veces da la impresión de que esto ya está ocurriendo.
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