La corrupción generalizada del sistema crea monstruos
Se montó su fiesta de poder y adulación, pasando de la euforia al sopor (se dormía a ratos, literalmente). Ante una cuarentena de hombres poderosos, autócratas o dictadores, Donald Trump hizo tal despliegue de su personalidad que dejó a mucha gente espantada. Había solo tres mujeres y una de ellas era la enviada por Ursula von der Leyen. En Estados Unidos muchos dijeron sentir vergüenza de ver a su presidente convertido en el hazmerreír del mundo. Era mucho peor: prepotencia, egolatría, huida de la realidad, creyéndose además ocurrente y gracioso. Le aplaudían a morir, pese a todo, los presentes. Y encima se duerme en su fiesta, mostrando su decrepitud real. En conjunto, su delirio. El peligro cerval que representa.
Trump ha practicado, tan solo en el Caribe, más de un centenar de asesinatos extrajudiciales. Y ha sido por petróleo y por asentar más sus reales. Ha ordenado perseguir, apalear, deportar a miles de personas, migrantes, que no son completamente blancos o de color naranja como él. Ataca la justicia, la ciencia, la libertad de expresión. Cambia las leyes del comercio, insulta a Europa. Sus emisarios dicen que está creando un nuevo orden mundial que se regirá bajo su agenda… o su capricho. Y te preguntas cómo todo esto, y más, está pasando sin que nadie haga nada por evitarlo.
De momento sí lo ha hecho el Tribunal Supremo de su propio país. Ha anulado gran parte de los aranceles que Trump decidió imponer al resto del mundo. El Poder ejecutivo, le dicen, carece de esa facultad. De esta forma -y por 6 votos a 3- han tumbado su agenda política y económica y además tendrá que devolver los gravámenes que el Tribunal considera recaudados de forma ilegal. Es un principio interesante. Él ha reaccionado con rabia, dice que se avergüenza de los jueces que él nombró. Luego, amainando algo, que va a buscar nuevas fórmulas. En principio, un arancel global del 10% en virtud del artículo 122 de la Ley de Comercio, que le faculta aplicar hasta un 15% durante 150 días.
Trump es un megalómano clásico, poseído por delirios de grandeza, arrogancia, fantasías delirantes de poder, sentimientos de superioridad, omnipotencia, una autoestima exagerada que no se corresponde con la realidad y fuertes reacciones de ira si se le contradice. Este trastorno de la personalidad -a menudo adquirido- no se inscribe como enfermedad mental propiamente dicha. Tampoco la psicopatía, otro trastorno que a menudo aparece compartido en estos individuos. Se trata en ambos casos de personas absolutamente conscientes del daño que hacen, por tanto, responsables de sus actos -según precisan los expertos-, con una marcada falta de empatía o remordimientos. Manipuladores y narcisistas. Les confieso (en confianza) que en las épocas crudas de censura política en TVE preferí dedicarme a los sucesos antes que a nada que tuviera que ver con la política nacional, y no se imaginan los personajes que conocí y lo que aprendí de la condición humana.
La historia está llena de mandatarios con un marcado carácter psicópata cuando no de enfermos mentales incluso. Abundan en la monarquía por aquello de la endogamia. Reyes como Jorge III de Gran Bretaña e Irlanda que se tiró 60 caóticos años en el cargo (1760-1820). Ivan, el Terrible, de Rusia, Erik XIV de Suecia, nuestro Carlos II, el hechizado (35 años al mando), por no hablar de los emperadores como Calígula o Napoleón.
Lo que no solía ocurrir es que este tipo de personajes fueran elegidos en las urnas. Y ocurrió con Hitler y ha ocurrido con Trump como casos extremos, aunque, a poco que pensemos, nos surgen nombres de dirigentes electos con carencia total de escrúpulos y empatía que, además, parecen triunfar entre las nuevas “plebes”, precisamente por eso: por su maldad y arrogancia, y haciendo abstracción del mal que causan.
No me dirán que tiene alguna lógica la elección por votación democrática del “loco Milei” -que hasta así le llamaron-. Les ha clavado a los argentinos una reforma laboral que esfuma dos siglos de historia de los derechos labores. Y el tipo, del clan de Trump precisamente, ha ofertado enviar a Gaza al ejército con el coste que sea necesario.
O a Abascal en España tras haber declarado que “va a hacer exactamente lo mismo que Argentina y Estados Unidos”. ¿Qué parte de esto no entienden sus votantes?
Lo de Aragón. ¿Tiene alguna lógica haber invertido décadas y esfuerzo titánico en luchar por el agua y en contra de los trasvases para acabar votando a Azcón y sus Centros de Datos que se llevarán la energía de Aragón, incluso tanta o más de la que dispone? Y con Vox colgado del cuello.
¿Y votar por la rebaja del salario mínimo y las pensiones, la protección -mayor aún que la actual- a las inmobiliarias que encarecen los pisos y los alquileres, o por la precarización de la sanidad? Y todo porque el socialismo es malísimo y corrupto, les cuentan, y ya no digamos nuestra (angelical) extrema izquierda que es como la llaman.
La inversión más rentable para los corruptos pata negra en estos momentos es en manipulación y fomento de la ignorancia. Porque estas gentes cuando están en el poder reparten mucho dinero en los círculos que les apoyan. Y en sus cuentas corrientes también. Se calcula que Trump se ha embolsado para él y su familia más de 3.000 millones de dólares ya en esta su segunda presidencia. Su Club de Paz no oculta ser una agencia inmobiliaria para la “reconstrucción” de Gaza como primer objetivo. Lleno de hoteles a pie de playa, el resort del que hablaron hace tiempo sobre los restos de los asesinados que aún deben yacer entre los escombros. Tiene colocado con mando en plaza a su yerno, Jared Kushner, que también habló en la puesta de largo de esta Junta de Paz a la que nadie ha calificado mejor que el Financial Times: tan llena de cleptócratas y dictadores que “es como tener al Cártel de Sinaloa dirigiendo Narcóticos Anónimos”.
Ayuda a vender productos tan contaminados como la Junta de Paz de Trump y otros muchos, la manipulación informativa. La derecha mediática ve mal que no hayan acudido los principales países de Europa a este increíble sarao, cuando la iniciativa personal de Ursula von der Leyen de mandar por su cuenta una secretaria de la UE está provocando hasta un cisma con petición de dimisiones.
En España está tan clara la promoción de esos negocios tan negativos para la ciudadanía que casi no es ni noticia el reseñarlos. Pero si contemplamos las hazañas de Ayuso con la educación o la sanidad, la asombrosa suerte que tiene con la justicia solo entenderemos que no explote todo por los aires por la apabullante promoción mediática de la que goza. Aunque, desde luego, algún mecanismo oculto debe haber también en ese hado judicial que la protege a ella y a los suyos. No me negarán que hace falta un papo importante para que el novio pida la nulidad de su proceso, apoyado en la condena del fiscal general que dictó el Supremo sin pruebas fehacientes, además. Este angelito que convive a todo trapo con Ayuso, desde un sueldecillo de técnico sanitario aunque con acceso a comisiones de dos millones de euros, está acusado de fraude fiscal, falsedad documental, delito contable y pertenencia a grupo criminal. Es que ni diseñado por alguno de los Rasputines de Ayuso. Y se supone que no sin colaboración.
No, todo esto no se entiende por lógica. Por la siembra de odio, violencia, tergiversación de los hechos reales, machaque infinito de bulos e insultos diariamente, quizás. Buscando réditos particulares espurios.
La democracia se impuso para acabar con las tiranías y mermar quizás un cierto grado de privilegios de los que ahondan flagrantes desigualdades. El Club de Trump, el del aberrante Epstein, los podridos intereses locales que apestan como el Madrid de Ayuso y similares, se amalgaman unos con otros y evidencian las graves disfunciones del sistema, su degeneración profunda. La que crea monstruos. Estamos viendo desde un genocidio hasta su miserable aprovechamiento comercial, desvergüenzas que se exhiben con absoluto descaro aquí mismo, hasta llegar a la depravación que unió a diversas élites en torno al abuso sexual y tortura de niñas y jóvenes por el placer sádico de la dominación. Es demasiado. Ahí tienen a un aspirante a la antigua y regia corona británica, sumido en el pavor por haber sido detenido. Cuenta tanto de impunidades y desequilibrios. Del miedo que invade cuando la justicia sí funciona. Esa cara de terror que hoy traían todas las principales portadas de su país.
Dudo ya si petará todo y si, cuando lo haga si lo hace, millones de incautos abrirán los ojos. Llegará tarde, siempre llegan tarde estas cosas, pero es que vivimos un retroceso de siglos y encima con Inteligencia Artificial y cuanto lo enmascara. Que merece la pena intentar darle la vuelta, sí. Eso siempre. Y que, de vez en cuando, alguien con poder se mueve, también ocurre.
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